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Nosotros ya no somos los mismos

El personaje a quien estudiantes de su tiempo consideraron que podría ser rector

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Una universidad uncida a cualquier credo, denominación religiosa, ideología, organización política y, por supuesto, a la consigna de la utilidad, la ganancia y la plusvalía, se pervierte y desnaturalizaFoto Carlos Ramos Mamahua
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l pasado lunes la multitud me vapuleó largo y tendido. El regaño colectivo exige: o nos explicas detalladamente quiénes y cómo eligen al rector y nos das tu opinión, aunque sea añosa y medio percudida, o nos das la historia completa de ese prohombre al que ustedes consideraron como la gran solución para evitar un cisma universitario. Deja ya de cronicar como autor de telenovela: terminas cada columneta con una suficiente dosis de suspenso/chantaje para que la gente se quede picada y no se pierda el siguiente capítulo. ¿Qué se puede responder? ¡ Mea culpa!

Avancemos entonces en la historia, la legislación vigente: la ley orgánica que rige la vida de la UNAM es un ordenamiento jurídico que debería tener credencial del Inapam. Cuenta con 70 años de edad y constituye el acta de nacimiento de la actual Junta de Gobierno. Sus antecesoras fueron promulgadas en 1933 y en 1929. Esta última es la que registra por vez primera el concepto de autonomía que, ciertamente, parecía más una estratagema para evadir otros problemas académicos y políticos que una verdadera intención de transformar, de base, la estructura fundamental de la Universidad Nacional. Los primeros meses de ese 1929 se suscitaron fuertes protestas estudiantiles, tanto en la Escuela de Jurisprudencia como en la Escuela Nacional Preparatoria. En la primera, por el régimen al que se pretendían sujetar los exámenes y, en la segunda, por la implantación de un nuevo plan de estudios. Además, la demanda histórica: renuncia del secretario y subsecretario de Educación Pública, del rector y, por supuesto, de los jefes policiacos. Estos reclamos llevaron a fuertes enfrentamientos entre los estudiantes, policías y bomberos. Todo esto se desvaneció con la inesperada y, según opiniones, ni siquiera litigada demanda de reconocimiento de la autonomía. En todo caso, se trataba de una autonomía totalmente light, pues dentro de la normativa se estipulaba, entre otras cosas, la presencia (simplemente informativa) de un representante de la SEP pero, lo inaceptable: el Ejecutivo propondría la terna de la cual se debería elegir al rector. Y, que yo tenga memoria, desde endenantes las ternas del Ejecutivo siempre son de una persona. La siguiente ley orgánica data de 1933, en ella se reconocía la participación universal en la elección de las autoridades. (Hay quien dice que votaban hasta los históricos vendedores de muéganos). Para 1944 los conflictos electorales habían hecho crisis. Parece que los tatarabuelos de los verdes ya estaban inventando los votos similares: lo mismo, pero más barato. Con agudeza habían comprobado la conveniencia de analizar el costo beneficio: lo que te cueste burlar la ley es barato, si los beneficios de hacerlo reditúan, dejan experiencia y posicionan. El rector Rodulfo Brito Fouché, un abogado profundamente conservador, enemigo jurado del proyecto nacionalista del presidente Cárdenas, patrocinó grupos de golpeadores a los que se conoció como britostapo, que actuaban tanto en Tabasco, su tierra nativa, como en las sedes universitarias. No son pocos los escritores que lo catalogan como un franco filifascistoide.

El 28 de julio de 1944 Brito Fouché fue, por segunda vez, sacado de la universidad, pero los problemas continuaron. Como nunca ha vuelto a suceder, la UNAM tuvo en ese momento dos consejos universitarios y dos rectores: Gual Vidal y Aguilar Álvarez. En el folletín del lunes 14 relataré la sabia solución que se alcanzó en ese tiempo, no sea que se pueda ofrecer el próximo mes.

Reinicio la crónica de la entrevista con nuestro candidato secreto, tan secreto que, como ya lo platicamos, hasta él mismo lo ignoraba. Nos quedamos en el momento en que intentaba explicarnos por qué no consideraba adecuado dar en ese momento una opinión sobre el proceso electoral. Yo, exultante, lo interrumpí notificándole nuestra decisión: ¡maestro, nosotros a lo que venimos es a ofrecerle la rectoría! Ya describí su reacción inicial. Luego, de manera emocionada pero calma, nos dijo: por favor, escuchen mis razones. A continuación, con una voz pausada (no carente de énfasis o emociones), nos relató los avatares que llevaron a la declaración de la autonomía. Nos explicó que la lucha del 29 era la batalla inicial de una larga lucha que apenas comenzaba. Sin autonomía, los fines esenciales de toda universidad: la libertad de cátedra, la investigación científica, la difusión universal de la cultura y el acceso a todas las expresiones artísticas del ser humano serían una entelequia. Nos habló de los grandes riesgos que implicaba otorgar igual peso a los chamacos de iniciación universitaria que a los alumnos de posgrado, o a maestros o a los académicos, en la toma de decisiones de las grandes causas de la institución, pero también de los peligros de concentrar en 15 personas, por lúcidas y honorables que fueran, los asuntos torales que a todos concernían. Yo comencé a temer ser víctima de un ataque sicótico porque mi mente se escindía peligrosamente a cada momento. Por una parte estaba allí 1961, embelesado oyendo un hermoso discurso, entendido éste no como pieza retórica, sino como el desarrollo de un tema, de una serie de ideas concatenadas con una coherencia, una secuencia y un esplendor del idioma que emocionaba. Pero por la otra, mi imaginación, impertinente, me ubicaba en el Palacio de Bellas Artes donde en 1928 se celebraba el Concurso Internacional de Oratoria del periódico El Universal. Cuentan viejas voces que llegó el turno a un jovencito veinteañero, vestido atildadamente (era la época), tal vez porque no era de elevada estatura se paraba cuan erguido le era posible. Arregló el micrófono a su tamaño provocando ya algunas risas. Apenas saludaba al jurado e iniciaba el prólogo de su intervención cuando desde el fondo de la sala surgió un vozarrón que le exigió: ¡Habla como hombre! La audiencia festejó el gracejo e interrumpió al orador, pero sólo por segundos. Su imagen pareció crecer y tratando de contener una furia que lo desbordaba, contestó: Como hombre habla quien lo hace de frente, con la luz sobre el rostro y una voz limpia y honrada. Como hombre habla quien se atreve a exponer su pensamiento sin tapujos ni cobardías. Sin buscar complacencias, favores o aplausos y sin más propósito que expresar sus ideas, sus principios, su verdad. No lo hace como hombre el que tiene miedo de oír, el que se oculta en la oscuridad y el anonimato, el que no hace uso de su potente voz para proponer, sino para ofender…

Quisiera seguir con esta plática pero, contra lo que dijo Yuri Gagarin: El espacio es infinito, (en realidad no lo dijo, pero así tiene más efecto), el espacio de la columneta no lo es, se acaba y no quiero dejar fuera el final de esta croniquita.

Compañeros –nos dijo quien segundos antes era nuestro candidato– la única posibilidad de que yo fuera rector es que lo solicitara expresamente al señor presidente de la República, mi amigo Adolfo López Mateos. Hacerlo sería cambiar mi progenie universitaria, que es lo más preciado que tengo, por un honor que al sólo demandarlo no merecería. Transitar ese camino me despojaría de la dignidad que un rector debe portar como prenda indispensable. Y si por alguna razón, por válida que fuera, el Presidente accediera a esta imposible, inmoral solicitud, seríamos ambos cómplices del mismo desatino.

Tengo la esperanza de volver a referirme al campeón internacional de oratoria de 1928, al presidente del Comité del Movimiento Estudiantil del 29, al doctor honoris causa de la UNAM, al recipiendario de los premios Manuel Buendía, Fernández de Lizardi y Elías Sourasky, al primer titular de la cátedra de Literatura Mexicana, al fundador del Partido Popular, al rechazante permanente de embajadas encargos públicos y canonjías, al consejero universitario de antaño y defensor apasionado de los jóvenes del 68, al receptor del primer autorretrato de esa maravilla que se llamó Frida Khalo. Sí, fue un privilegio haber estado cerca de Alejandro Gómez Arias.

Dos últimas ideas aprendidas en estas andanzas: una universidad uncida a cualquier credo, denominación religiosa, ideología, organización política y, por supuesto, a la consigna de la utilidad, la ganancia y la plusvalía, se pervierte y desnaturaliza.

El rector de la UNAM no tiene necesariamente que ser amigo del Presidente. Menos aún ser enemigo del gobierno, a menos, claro, que se trate de un gobierno enemigo de la universidad.

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