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En el país de la impunidad
E

n el país de la impunidad no nos cansamos de denunciar, rezaba la manta que colgaba como telón de fondo en el acto en que la sociedad civil de Las Abejas recordó, el 12 de agosto, el sexto aniversario de que la Suprema Corte de ricos y criminales (como la llaman Las Abejas) decretó la excarcelación de los presos detenidos como responsables de la masacre de Acteal; sentencia basada, no en la demostración de la inocencia de los presos –algunos de ellos estaban ya sentenciados y hasta confesos–, sino en esa muletilla legalista que utilizan los jueces y los ministros cuando les conviene: las fallas en el debido proceso. En la misma conferencia de prensa denunciaron Las Abejas el asesinato de Manuel López Pérez, ocurrido unas semanas antes de ese nefando aniversario: el primero de los miembros de su organización en morir de manera violenta después de que el holocausto de los 45 mártires –como los conocen en Acteal– detuvo la espiral de violencia que se había desatado en el municipio de Chenalhó. Es verdad que los responsables de este último asesinato no fueron los paramilitares liberados por la Corte y que la tragedia sucedió en el vecino municipio de Pantelhó, en circunstancias que no parecen tener relación con el proyecto de contrainsurgencia que desembocó en la masacre de Acteal. Pero de que existe un vínculo entre el homicidio del 23 de junio pasado y el del 22 de diciembre de 1997, indudablemente existe, y es ni más ni menos que el señalado en la manta de Las Abejas: la impunidad.

Se trata de una impunidad que, como señalan Las Abejas, no es privativa de Chenalhó y ni siquiera de Chiapas, sino que reina a sus anchas en todo el país. Y además no es sólo impunidad, sino algo peor: la corrupción e inversión total de la justicia. Los que deberían estar adentro están afuera y los que deberían estar afuera están presos. Libres andan los autores materiales e intelectuales de Acteal, como libres andan los verdaderos responsables de los crímenes de Ayotzinapa, de Tlatlaya, de Ostula, mientras se mantiene tras las rejas a Nestora Salgado, a Cemeí Verdía, al doctor Mireles. Libres andan El Chapo y Chuayffet, mientras los defensores de derechos humanos y los periodistas que enfrentan al poder son perseguidos y asesinados impunemente. Estos son datos que pueden llegar a cansarnos de tanto repetirlos, pero, como decía la manta, no hay que cansarse de denunciar.

Sin embargo, más allá de la denuncia, hace falta entender en profundidad lo que está pasando, entender que la tormenta que viene ya está aquí desde hace rato y que nuestro problema es que a pesar de tanto ver lo mismo seguimos sin aquilatar la naturaleza y la magnitud de lo que nos sucede.

Cuando el papa Francisco dijo que Argentina se estaba mexicanizando –comentario que tuvo que ser escamoteado diplomáticamente para no herir susceptibilidades–, no estaba hablando a la ligera ni superficialmente. Probablemente tenía detrás de su afirmación los análisis de una organización que combate el tráfico de personas a la que era muy cercano desde sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires. En una reciente entrevista el vocero de la organización La Alameda puso de relieve el trasfondo del comentario papal. En Argentina, afirmó, “atravesamos un proceso parecido al que vivió México hace 10 años, cuando la corrupción estatal prolongada se fusionó con el crimen organizado, generando un estado de mafiosidad. Y lo mismo nos ocurre ahora a nosotros: cada comisaría de Buenos Aires tiene un mapa del delito en su propia jurisdicción absolutamente exacto, pero no para combatirlo. El Estado está ausente o está presente de manera mafiosa… Ninguno de estos delitos se puede cometer de manera reiterada y por un tiempo prolongado si no hay complicidad o reticencias a nivel estatal… No se puede traficar droga si no hay complicidades en la frontera, si no hay aquiescencia en las comisarías de los barrios, si no hay coberturas en el sistema judicial, en fin, sin ‘corredores’ y ‘nichos’ de corrupción en el Estado nacional” (Trata y narcotráfico: segundo round en el Vaticano, Va tican Insider).

Todo esto es una verdad evidente, tan evidente como la fuga de El Chapo. Pero a esa corrupción en el Estado nacional habría que agregar el marco internacional. Mucho antes de que se llegara en México a los extremos de interpenetración del Estado y el llamado crimen organizado que ahora padecemos, el imperio había tejido sus redes de corrupción para asegurar sus propios fines. Una película estrenada este verano que no fue apreciada en México como debiera, Maten al mensajero, narra la historia real de cómo un reportero de California, Gary Webb, fue siguiendo la pista a la súbita y abrumadora aparición del crack en las barriadas negras y latinas de Los Ángeles en los ochentas y cómo el hilo que descubrió lo fue llevando hasta las puertas de la CIA y de la operación Irán- Contra, con la que el gobierno de Reagan combinó la venta de droga y la venta de armas a su supuesto gran enemigo para apoyar a la contrainsurgencia en Nicaragua. Los hilos de la maraña se extienden –aunque esto ya no lo narra la película– a nuestro propio país, vía Caro Quintero, el otro fugado, o mejor dicho, aunque para el caso es lo mismo, otro excarcelado por las autoridades con el cuento de las fallas en el debido proceso, tal como hicieron con los paramilitares de Acteal.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando se juntan la corrupción y la prepotencia de los poderes locales con las del poder imperial? Resulta de gran interés constatar que toda la historia de la institución que preside el papa Francisco comenzó justamente con una conjunción perversa de esta naturaleza. Los poderes locales de Jerusalén, formalmente poderes religiosos pero de hecho poderes políticos, conspiraron con el poder del imperio romano para ejecutar a un profeta galileo que andaba alebrestando a la población. La forma concreta de ajusticiamiento –crucifixión a la entrada de la ciudad– era una particularidad de la época, pero en la lógica político-sicológica del terror inducido era exactamente lo mismo que dejar cadáveres colgando en los puentes o exhibir cabezas de decapitados con el letrero “pa’ que aprendan a respetar”. Y no está de más anotar que el golpe se llevó a cabo con la complicidad de un pueblo manipulado para que pidiera liberar a Barrabás, al que días después Pedro, el predecesor de Francisco, le espetó esta frase que resume perfectamente la situación que vivimos en México: Ustedes han sentenciado al inocente y han dejado libre al asesino. Dirían Las Abejas: son los usos y costumbres del poder.

*Colaborador en el proyecto educativo de Las Abejas