Opinión
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Escaleras secretas
E

n el libro Papel máquina (Editorial Trotta, Madrid, 2001), Jacques Derrida (JD) trata de explicar su relación con la tecnología y la manera de concebir la tarea del intelectual en nuestro mundo. Finaliza con una entrevista que le realiza Antoine Spire (AS) en Le Monde, en el año 2000, página 284, que me permito resumir y profundiza aspectos de los acontecimientos que vivimos en el México actual (páginas 345-347).

AS –¿Lo imperdonable perdonado? El perdón no es olvido…

JD –Un perdón que conduce al olvido, o incluso al duelo, no es, en sentido estricto, un perdón. Éste exige la memoria absoluta, intacta, activa un mal, un culpable.

AS –Según usted, el perdón viene también del hecho de vivir juntos en la misma sociedad. Vivimos, en efecto, bajo el mismo cielo que los verdugos nazis, los asesinos de Argelia, los culpables de crímenes contra la humanidad, etcétera.

JD –En la medida en la que no se condene a muerte a los criminales de los que acaba usted de hablar, se ha iniciado en efecto un proceso de cohabitación y, por tanto, de reconciliación. Ello no equivale a perdonar. Pero cuando se vive juntos, incluso si se vive mal, hay una reconciliación en curso.

AS –Volvamos sobre, ¿quién perdona qué a quién? Cuando lo imperdonable son crímenes contra la humanidad las víctimas ya no tienen la palabra. Ahora bien, ¿no les corresponde perdonar en primera instancia a las víctimas? ¿Se puede perdonar en nombre de las víctimas, en su lugar?

JD –¡No! Sólo las víctimas tendrían eventualmente el derecho de perdonar. Si están muertas o desaparecidas de algún modo, no hay perdón posible.

AS –Las víctimas deben pues seguir vivas para perdonar a su verdugo, ¡no puede ser de otro modo!

JD –Sí.

AS –Pero, ¿en qué es imperdonable? ¿En que ello ha herido, en que ha matado algo en la víctima? ¡Perdonar lo imperdonable no puede ser nunca la muerte!

JD –Otra aporía: en la escena del perdón, por mucho que exija la singularidad de un cara a cara entre la víctima y el culpable, ya hay un tercero de antemano que es parte implicada. Incluso si son dos, en el cara a cara, el perdón implica también un tercero desde que pasa por una palabra o alguna huella iterable en general. La escena del perdón puede, por tanto, incluso prolongarse tras la muerte, por muy contradictorio que esto parezca con la exigencia del cara a cara entre dos seres vivos, la víctima y el criminal.

AS –Dirijámonos a la cuestión del secreto. ¿La preservación de la identidad de cada uno supone la preservación de nuestros secretos?

JD –El secreto no es sólo algo, un contenido que habría que ocultar o guardar para uno mismo. El otro es secreto porque es otro. Yo soy secreto, estoy segregado como (un) otro. Una singularidad está por esencia segregada. Ahora, hay quizás un deber ético y político en respetar el secreto, un cierto derecho a un cierto secreto. La vocación totalitaria se manifiesta desde que este respeto se pierde. No obstante, de ahí la dificultad, hay también abusos de secreto, explotaciones políticas del secreto de Estado, como de la razón de Estado, archivos policiales y otros.

Ciertos archivos no deben permanecer inaccesibles. La política del secreto reclama responsabilidades diferentes según las situaciones. Una responsabilidad que debe de ser cada vez singular, excepcional, el principio de toda decisión, secreta en cierto modo.

AS –¿Y dónde se detiene entonces la vocación de la literatura de dar cuentas de este secreto?

JD –La literatura guarda un secreto que en cierto modo no existe. Detrás de una novela, o un poema, lo que en efecto es la riqueza de un sentido por interpretar, no hay un sentido secreto que buscar. El secreto de un personaje, por ejemplo, no existe, no tiene ningún espesor fuera del fenómeno literario. Todo es secreto en la literatura y no hay secreto oculto tras ella, he aquí el secreto de esta extraña institución respecto de la cual y en la cual no dejo de debatir(me) –más precisamente y más recientemente en ensayos como Passions o Dar (la) muerte, pero también, ya, en lo que es de parte a parte una ficción. La tarjeta postal.