Opinión
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Josephine Baker canta: amo mi país y París
N

o puede decirse que las relaciones entre México y Francia hayan sido siempre cordiales. Baste recordar la invasión francesa y el fusilamiento del emperador Maximiliano, a quien abandonó Napoleón le petit, como lo llamó Víctor Hugo. Partidario de la abolición de la pena de muerte, escribió a Juárez, en cuya persona vio la encarnación de la democracia, pidiéndole indultar al usurpador vencido: esto daría una gran dimensión al presidente legítimo de una República triunfadora sobre dos viejos imperios. La carta, en la época no había aviones, ya no se diga Internet, llegó a su destinatario cuando Maximiliano ya había sido fusilado.

De Gaulle visita a México en marzo de 1964, exactamente un siglo después del ofrecimiento de Napoleón III de la corona de emperador mexicano a un Habsburgo. El presidente francés pronuncia un discurso en español, critica la hegemonía estadunidense-soviética y propone a México la amistad entre ambos países con su famoso: Marchemos la mano en la mano.

Yo recuerdo con nitidez esa visita. Al aeropuerto fue invitado a recibir a De Gaulle un grupo de alumnas del Colegio Francés. Me conté entre ellas. Antes de pronunciar su célebre frase en el Zócalo, nosotras, adolescentes de 15 años, tuvimos la mano en la mano perdidas en su gigantesca mano. Aún puede verse, en un documental de la época, la visita de Yvonne De Gaulle a la escuela. Cantamos La Marsellesa, los himnos nacionales y el de nuestro colegio: Et quand au Mexique la douce France est arrivée… près des enfants s’est attardée… / elle ouvrit un grand collège / oh, oh, oh, en plein Mexico.

Llegué a París en 1975 y me fui quedando. No fue una decisión, fue un destino. Creo que nunca se me ocurrió no volver a mi país. Hablo un francés rico y correcto, con un acento que decidí conservar. Podría escribir en francés: no es mi lengua. Por ello escribo en español, mi territorio de escritora. Cuando renuevo mi permiso de estancia en este país, los funcionarios se sorprenden y me ofrecen la nacionalidad, tan deseada por miles de inmigrados. Les digo que prefiero ser mexicana. Me miran con desconcierto unos segundos antes de decir: la entiendo, viva México. Lo mismo me dicen con quienes intercambio algunas palabras: ¿Mexicana? Qué suerte. ¡Viva México! ¿Por qué París, y no Madrid, Barcelona, Nueva York o Londres? Por eso. Lejos de cualquier racismo o superioridad colonial, México fascina a los franceses.

Durante 40 años, he tenido la suerte de platicar con mexicanos de paso por París con una holgura de tiempo sin prisas cuando se viaja. Ellos y yo. Ellos curiosos de París y yo de ellos, de lo que me cuentan de su visión de México. Recibo confidencias que se hacen durante el viaje, Carlos Montemayor o José Emilio Pacheco. Pláticas imborrables con Toledo u Octavio y Marie José Paz, visto con placer sus collages. Amistades inolvidables con los mexicanos que perduran más tiempo en esta ciudad: Soriano, Bertha y José Luis Cuevas, Gironella, Carmen Parra, Daniel Leyva, Graciela Iturbide, Pitol… He escuchado proyectos y conflictos de nuestros embajadores. Carpizo expuso en casa del escritor Bellefroid y mía el de la Asociación de Amigos de México en Francia. Natalia Loaeza hizo todo para que ésta prosiguiera después de que Carpizo partió. Por desgracia, era difícil sin apoyos oficiales.

Observo las políticas de México y Francia. Tengo muchos amigos entre escritores, artistas, editores, galerías, conservadores de museos franceses. He ayudado a la publicación de obras mexicanas como la de Pacheco y otros. Contribuido con prefacios y presentaciones de pintores de ambos países. Todo esto sin haber tenido ningún puesto oficial en organismo alguno.

Escribo y hago periodismo. Me place ser extranjera. O más bien peregrina.

Rectificación: Planeta no ha sido comprado por otra empresa, me aclara Calafell, delegado en Latinoamérica. Presento mis excusas. Creo intentar y ejercer un periodismo verídico.