Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 24 de agosto de 2014 Num: 1016

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

El libro artesanal
y su valor humano

Edgar Aguilar entrevista
con Iván Vergara

México en las cartas
de Cortázar

Ricardo Bada

El día en que menos
nos esperan

Antonio Valle

La dimensión poética
de Cortázar

Xabier F. Coronado

A cien años de
la Gran guerra

Annunziata Rossi

Una cita en
Montparnasse

Esther Andradi

Columnas:
Galería
Ricardo Guzmán Wolffer
Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Prosaismos
Orlando Ortiz
Cinexcusas
Luis Tovar


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La Jornada Semanal

 

Luis Tovar
Twitter: @luistovars

La intolerancia y la dicha

Excede con holgura los límites del espacio disponible aquí, pero valdría la pena intentar así sea un mero esbozo en torno a tres ideas que son hechos que son situaciones, todo a la vez: en primer lugar que, si alguna vez lo ha sido, continúa siendo verdad que narrativamente es más difícil y –puede que por eso mismo– escaso el relato de la felicidad; en segundo lugar que fama, celebridad, perdurabilidad y memoria puede llegar a parecerle a Masdeuno que son, si no sinónimos, sí ideas afines, pero en el fondo no lo son; y en tercer lugar que, sin que importe si se le mide en lapsos más largos o más cortos –digamos siglos, generaciones, décadas, o lo que dura un movimiento cultural desde su aparición hasta su relativa desaparición–, hay lecciones de humanidad que parecieran no aprenderse nunca, o no del todo o sólo de manera insuficiente; tan apenas que más tarde, en cada presente, sucede que el estado de las cosas ha vuelto al punto cero.

Hay algo profundo entrelazando los anteriores tres conceptos, a manera quizá de vasos comunicantes porque parecieran alimentar indiscriminadamente cada uno al resto, y en ese vínculo secreto da la impresión de estar cifrada una porción importante de uno de los rasgos atávicos humanos más esenciales, poderosos y, por ende, perdurables: el rechazo a la diferencia o, dicho mejor, a todo aquello que, por diferente y, en tanto ajeno a lo que Uno es, al parecer no puede mirarse sino bajo la forma de amenaza, por supuesto sin que necesariamente lo sea y, de hecho, sin que la mayoría de las veces lo sea en absoluto.


James Broughton

Por ahí puede transitar, entre varias otras vías, la reflexión suscitada por el documental biográfico Big Joy: las aventuras de James Broughton (Big Joy: the Adventures of James Broughton, EU, 2013),  codirigido por Stephen Silha, Eric Slade y Dawn Logdson. La dicha inmensa del poeta cineasta performancero beatnik hippie fundacional que vivió la vida como si se tratara de una celebración interminable, debió saberle a peligro a más de uno, quizá precisamente por dicha y por inmensa, pero también –y en tiempo y territorio de suyo mal dispuestos a nada que se aleje “demasiado” de la norma y de la gris cordura– por ajenas, inmensidad y dicha.

A la excentricidad, nombre dado a uno de los rostros más visibles de la diferencia en libertad o la libertad en diferencia, le ocurre siempre que los muchos, los iguales, primero la miren extrañados; luego, por lo regular la ven hacer sus cosas acaso algo sonrientes, como quien le festeja, desde lejecitos, las gracias a un niño o una mascota pero sólo un rato, para volver a ocuparse –Cortázar centenario dixit– de Hasuntos Himportantes; pero más tarde y de manera invariable, acaban por impacientarse y mandan callar, para lo cual cuentan con una gama de variantes que sin problemas alcanzan la represión pura y dura, pasan desde luego por el ejercicio de la siempre hipócrita censura y también se hacen servir del ostracismo, el soslayamiento y el para ellos conveniente olvido.

Hay una parte de Big Joy que no debería ser notable y, aun en estos tiempos y lamentablemente, necesaria: es aquella que pormenoriza, da contexto y de a ratos hasta “justifica” la soberana, privada, personalísima decisión de Broughton de vivir, como dijera Carlos Pellicer, que también formó parte de los Universales e Inatacables Cuarenta y Uno, “ese amor que es de otro modo”.

Las preguntas respectivas surgen sin necesidad de esforzarse demasiado: si James no hubiera ganado nada en Cannes en aquellos años de una ruptura y apertura que él precisamente contribuyó con mucho a inaugurar, ¿importaría si era gay, si un día de su casi vejez salió del clóset para literal escándalo de propios y extraños? ¿Tendría sentido mencionarlo?¿O lo tiene si y sólo si el aludido –aquí Broughton, cualquier otro a lo largo de la historia– vivió ese tránsito desde una celebridad poco después periclitada por razones ajenas a su preferencia sexual? ¿O acaso ésta, la celebridad, aminoró en desvirtud de una condición excéntrica que no era tolerable como sí podían ser las otras, las artísticas y estéticas estrictamente, ceñidas rajatablamente al ámbito espaciotemporal del evento en sí –película premiada, poema festejado, performance bienvenido–, pero nunca prolongadas al ejercicio de la vida cotidiana y, menos que menos, puestas a la orden de esa dicha que supo ser inmensa? ¿O, en fin, será que una felicidad como la de Broughton, sin permisos que pedir y sin fisuras que vuelvan más interesante su relato, una dicha de ese tipo, integral y vivida minuto por minuto, responde mal y poco a los cánones tácitos de la exhibición pública de la intimidad?