Opinión
Ver día anteriorViernes 25 de abril de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La muerte pasea...
M

ientras vivimos somos. Palabras de doble matiz, sombras fugaces que se quedan. Huellas que se alargan hasta perderse e iluminar el ser enlazado al tiempo, al origen. Revelaciones poderosas y misteriosas que no desaparecerán y serán siempre nuevas. Lava que surge de varios colores que vienen del espacio y llegan al agujero negro de los volcanes que observan desde su magia musical oculta abierta a los poetas.

Tiempos de negros pensamientos con imágenes sacudidas por más sonidos negros, transparentes. Memorias de flor y sobrevivencia en letras de la sociedad que les tocó vivir y expresaron con la pluma. Cantos y danzas de aves y flores con ritmo lento. Gotas de tinta sangre emparentadas con la noche sublime de la mano de nuestros escritores que supieron traspasar los sentidos y llegar al ser: moviéndose sobre los talones efímeros de lo transitorio; vivir.

Angelina Muñiz-Huberman, la espléndida escritora hispano- mexicana lo expresa en un verso fúnebre letanía, en la Revista de la Universidad de México (marzo, 2014), dedicado a la memoria de José Emilio Pacheco, que me atrevo a extender a los escritores recién fallecidos: Carlos Fuentes, José Ma. Pérez Gay, Luis Villoro, Octavio Paz (que renació y volvió a morir), Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Federico Campbell y Emmanuel Carballo (cómo lo siento, Beatriz).

La muerte que no existe pasea
No existe porque no es nada
No existe porque no vive
No existe porque ausenta
No existe por insuficiencia
No existe por vacío
No existe por elipsis
No existe por falta
No existe por error
No existe por desprevenida
No existe por defectuosa
No existe por negadora
No existe por supresora
No existe por acabada
No existe por repetitiva
No existe por partida
No existe por descreída

No existe porque no es original.
Común y corriente, sin novedad,
sin palabra, sin inteligencia
sin advertencia, sin derecho,
sin fortuna, sin propiedad,
sin nada que aportar

El fin de todas las cosas
que acaso veredes…

Jeroglífico misterioso que traspasa la ternura en un abismo insoldable. Temporalidad pura nueva visión que trasciende el mundo, fugacidad del instante. Vida-muerte, sólo tiempo; sueños y lenguaje. Poesía que se registra en el espíritu musical desatado en tiempos y espacios vueltos lenguaje. Palabras que hablan de memorias que antes fueron imágenes.

Alucinación convocada por el ruido ritmado de las letras bajo la presión de una fuerza desencadenada –desamparo original– por la trágica herida que llevaban nuestros poetas al igual que todos. Voz de la antigua herida contada por el agua que le reflejaba.

Vida sol que apareció en Alcalá de Henares, España, al recibir el Premio Cervantes de Literatura Elena Poniatowska, dándole una larga cambiada a la paseante muerte.

Mientras vivimos somos.