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Izquierda enclaustrada
L

as oportunidades electorales de la izquierda mexicana para alcanzar el poder se presentan, hoy día y de nueva cuenta, casi irremontables. Cada día el oficialismo –que hermana la plutocracia con la élite priísta secundada por el PAN– se prepara, de manera concienzuda, para asegurar contra viento y marea su muy onerosa continuidad. Las nuevas alianzas mediáticas, el centralismo autoritario de la presidencia y la conformación subordinada de los organismos electorales así lo confirman. Cualquier reto al modelo imperante, venga de donde venga y sin importar quién lo encabece, quedaría, además de aislado, sellado con indelebles estigmas. El entorno externo, financiero, político, empresarial, de seguridad pública, militar y hasta religioso, por si fuera poca cosa, respaldará sin mayores cuestionamientos las medidas que se ejecuten para que la estabilidad del sistema imperante prosiga sin mayores sobresaltos. La voluntad popular para estos menesteres seguirá, según rezan tales axiomas, subordinada al interés supremo de aquellos que saben conducir los asuntos nacionales por la senda de la prosperidad y la prometida grandeza. Un control ciertamente ejecutivo, dirigido por aquellos que ya lo han hecho durante los últimos cuarenta años.

No se trata tampoco de forzar un perfil de izquierda que delinee, como viene ensayando la chiclosa blandura de los que se presentan a sí mismos como modernos dialogantes. Es decir, esa mezcla incolora que parte de la total aceptación del mandato del mercado. A pesar de ese totalitario supuesto de fe absoluta, se pueden montar diseños de política pública distintos: trátese de algunas de cariz justiciero que implica ese elusivo bienestar compartido. Sean también las de corte independiente en materia política externa o aquellas que empalmen el crecimiento productivo con el empleo generalizado y remunerador. En respuesta a tales emergencias, sólo se oye el monocorde discurso de los oráculos oficialistas: fuera del supuesto del mercado como entidad regulatoria suprema sólo campea la aventura anarquizante.

El mandato vigente es único, terminal: la continuidad del modelo se sostendrá ante cualquier eventualidad de cambio sustantivo. Para marchar de acuerdo con este modo de entender la vida, la historia, el prestigio, los derechos humanos, la acumulación del capital o la misma identidad nacional, todo estará permitido, tal como han demostrado, desde las alturas, sin titubeos o timoratos desplantes, ante los tres ensayos de rebeldía electoral que se han vivido en el México contemporáneo. En uno (1988) se arguyó que el sistema priísta, bien atrincherado para entonces, no podía ser irresponsable y entregar el mando a unos improvisados que pondrían en riesgo la integridad de la República. En las dos ocasiones restantes (2006 o 2012) porque un líder carismático, calificado de mesiánico, llevaría la ruina a las instituciones o facilitaría la llegada de doctrinas y personajes indeseables, como Chávez o Castro. Se sostuvo, con feroz disonancia, que se podría implantar aquí un destructivo populismo o, de manera más radical, se daría cabida al siempre temido comunismo. Con seguridad, afirmaron los rectores nacionales, se empujaría a la sociedad hacia una rijosa discordia. El control de las conciencias acarrearía el fin de los medios de comunicación privados y la crítica libertaria de que México goza. Estas y otras necedades se siguen planteando hasta con orgullo de clase, conseja esparcida por los que saben. Menospreciar la vigencia, el peso de esas posturas impregnadas de franco racismo, es ignorar el fuerte sustrato del autoritarismo restaurado. Esa corriente que rechazan a los nacos al frente de la Presidencia. No se tiene, valga el cielo, que volver a contemplar, con desagrado, a otro indio en la Presidencia, se oye por ahí.

Pero la realidad también se mueve independiente de las previsiones y deseos de los gobernantes, y de las maniobras y presiones de todos aquellos (que son muy pocos) de sobra beneficiados por el sistema establecido. Se llevan cerca de cuatro décadas de nulo crecimiento (2 por ciento anual del PIB promedio). Si se toma en cuenta el aumento de la población el incremento per cápita productivo es cero. Este sólo señalamiento presenta una terrible y cruenta verdad que no valida los ideales discursos cotidianos para aliviarla. La inseguridad que se padece se encarga de contrariarla de manera tajante y cotidiana. Pero, además, el modelo de acumulación desigual ha entrado en una zona de amplias turbulencias que lo ponen en franca tela de juicio. La hegemonía del pensamiento neoliberal sufre por doquier serios quebrantos. La otrora indiscutida centralidad americana, que respalda tal modelo, ya no puede sostenerse en todo momento y lugar. Sudamérica ha puesto un hasta aquí a la soberbia imperial. Los estadunidenses no reconocen ese rompimiento que les afecta de manera directa e intentan, con sonados fracasos, desestabilizar a los que se desenvuelven de manera incómoda a sus intereses. China, sin embargo, es todo un coágulo de poder que crece y se desparrama por doquier. Varios países, asociados o por sí mismos, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) buscan alternativas comerciales, financieras o diplomáticas para ensayar rutas novedosas.

La izquierda mexicana, esa que abriga una alternativa al modelo vigente, tiene sólo una palanca de apoyo, adicional a la mayoría de votantes que pueda conseguir en lo interno: las alianzas externas. Sin ellas, quedará encapsulada a la intemperancia del imperio que, bajo el cobijo financierista, militar o comercial, hará posible, de nueva cuenta, cualquier violencia sobre la voluntad expresada en las urnas.