Opinión
Ver día anteriorLunes 9 de diciembre de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
La moda china
L

a forma china de producir y gobernar podría estar contaminando el planeta mucho más que los productos chinos.

Con el cambio de una sola palabra, el Partido Comunista Chino precisó hace un mes el sentido de las reformas que emprendió en los años ochenta. Hasta octubre, el papel del mercado era oficialmente básico; a partir de ahora será decisivo.

El 21 de enero de 2012, The Economist, uno de los más inteligentes y mejor documentados intelectuales orgánicos del capitalismo, caracterizó bien esta evolución china en un informe especial: El surgimiento del capitalismo de Estado: el nuevo modelo mundial emergente. Reconoció que la intervención estatal ha acompañado al capitalismo desde sus comienzos, pero observó que nunca antes había operado en escala semejante y con herramientas tan sofisticadas. Brasil, China y Rusia ejemplificarían este modelo.

La revista no tomó en cuenta la tradición intelectual que llamó capitalismo de Estado la experiencia de los países del socialismo real y en ese informe no se atrevió a reconocer lo que poco a poco ha estado admitiendo después: el nuevo estilo se ha extendido al mundo entero, tras el fracaso del neoliberalismo. El criterio de la ganancia norma ahora todas las inversiones, hasta las de infraestructura; tiene prioridad sobre la gente y el ambiente e incluso sobre el crecimiento económico.

Hasta hace unos 20 años pensábamos ciegamente que China podría transformarse sin poner en peligro su propia condición y al planeta. Circulaba en bicicleta. Hoy sabemos que fue una ilusión. Cien millones de automóviles arrinconan ya a 700 millones de bicicletas, confinadas ahora a un solo carril en vez de los seis que antes tenían. Se vuelve a usar la expresión atribuida a Napoleón: El peligro amarillo.

Los chinos saben que están en aprietos, pero no ven cómo salir del camino hacia el abismo que tomaron. Aparentemente piensan que lo mejor que podría ocurrirles es topar con pared. Hace unos años su subsecretario de Ecología declaró a Der Spiegel que el milagroso crecimiento económico chino se detendría porque el medio ambiente no podrá sustentarlo. Comentó también: “Creer que la prosperidad económica va automáticamente de la mano de la estabilidad política es un gran error… Si la distancia entre pobres y ricos se hace mayor, el país y la sociedad se desestabilizarán.”

El futuro los alcanzó. La inestabilidad ya está ahí. 80 mil movilizaciones masivas por año lo confirman. En vez de la sociedad armoniosa que buscaba el plan quinquenal surgió una sociedad en conflicto… que se extiende por todas partes. Es tan ridículo e irreal llamar a lo que ahí ocurre socialismo de mercado como hablar de capitalismo liberal o democracia representativa en el resto del mundo. Estamos ya en otra era. Para continuar el despojo y controlar la protesta social es indispensable desmantelar la fachada democrática. El capitalismo de Estado sólo puede funcionar en un régimen despótico.

Pocos gobiernos se subordinan tanto al capital privado y al criterio de la ganancia como el de Peña Nieto, pero esa orientación no es muy distinta a la adoptada por los gobiernos supuestamente progresistas de América Latina. Lula decía con orgullo: “Un obrero metalúrgico… está haciendo la mayor capitalización de la historia del capitalismo” ( Proceso, 1770, 3/10/10). Algunos quieren deslindarse. Por ejemplo, según García Linera, el vicepresidente de Bolivia, ahí el Estado no se comporta como un capitalista colectivo propio del capitalismo de Estado, sino como un redistribuidor de riquezas colectivas ( La Jornada, 7/2/12). Aplicar una parte del plusvalor generado por las entidades públicas a una política asistencial o redistributiva no cambia el carácter del régimen y en realidad es una función típica de los administradores estatales del capitalismo. Gustavo López, que encabeza en Uruguay el anticapitalista Unidad Popular, que intentará el año próximo desplazar al Frente Amplio, señaló hace unos días que éste promueve la desposesión y el saqueo y que Mujica cambió su antiguo sueño de transformar el mundo por la mera administración del capitalismo. Los defensores de la venta de Pemex argumentan que México sólo estaría tomando la decisión que ya tomaron Brasil, Ecuador, Argentina o hasta Cuba: asociarse con el capital transnacional.

¿Es posible, en las condiciones actuales del mundo, seguir atribuyendo a los aparatos estatales un carácter meramente instrumental? ¿Seguir abrigando la ilusión de que nuevos operadores podrán dar un golpe brusco de timón y encaminarse en otra dirección? ¿Tiene aún sentido tratar de conquistar esos aparatos? ¿O es necesario desplazar la lucha a otro espacio, bajo la convicción de que sólo será posible sustituir el régimen dominante reorganizando la sociedad desde abajo, al crear la nueva sociedad en el vientre de la antigua?

[email protected]