Opinión
Ver día anteriorDomingo 17 de febrero de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
La tortura: la tragedia y la farsa
N

o me la podía quitar de la cabeza.

La famosa fórmula de 18 Brumaire, de Luis Bonaparte (1852), de Marx, de que la historia sucede dos veces: primero como tragedia, después como farsa –acuñada en realidad por Engels, que en una carta a su amigo calificó el coup d’état de 1851 como una parodia del golpe de 1799, apuntando a la noción hegeliana de la repetición de la historia (Marx & Engels collected works: letters 1841-1852, Vol. 38)–, ha sido usada tantas veces y en tantos contextos que ya se volvió bastante riesgosa.

Pero mientras pensaba en la historia de las prisiones secretas de la CIA en Polonia, esta premisa y sus variaciones me resultaban perfectas para hablar de nuestro penoso involucramiento en la red global de tortura.

El tema vuelve, entre otros, por el reporte de Open Society Justice Initiative, según el cual 54 países colaboraron con Estados Unidos en secuestros, transporte e interrogatorios extrajudiciales de los presuntos terroristas, entre ellos Polonia donde hubo –al menos– un centro de detención (Globalizing torture: CIA secret detention and extraordinary rendition, www.opensocietyfoundations.org) y por la película Zero dark thirty (La noche más oscura), sobre la caza de Osama bin Laden (véase la columna anterior: La tortura: el mensaje y los mensajeros, La Jornada, 10/2/2013).

Aunque en su inicio se nos informa que la película está basada en la información de primera mano, la CIA negó que fuera una reconstrucción exacta, y efectivamente mezcla hechos con ficción.

Así que cuando –según la leyenda en la pantalla– la acción se trasladaba a un CIA black site, gdansk, Poland, donde la protagonista, agente Maya, iba a interrogar a un detenido en un barco convertido en una prisión flotante, pensé que era una creación artística. Según lo que ya sabíamos, entre 2002 y 2003 funcionaba en Polonia un black site, pero en el poblado Stare Kiejkuty, en el noroeste del país, en una escuela de inteligencia (cerca de un aeropuerto que recibía los llamados vuelos secretos de la CIA). Se cree que allí fueron recluidos y torturados, entre otros, Khalid Sheik Mohammed, el supuesto autor intelectual del 9/11, y Abu Zubaydah, el número dos de Al Qaeda.

Pero lo de Gdansk es inquietante: ¿por qué esta ciudad? ¿Por ser un símbolo identificable con Polonia –la cuna de Solidaridad y un escenario de huelgas y negociaciones históricas? ¿O realmente hubo algo allá? Todo ocurre después de 2004: teoréticamente es posible que cerrada la otra prisión, los detenidos hayan sido pasados a los barcos (la CIA los usaba, aun cuando Obama ya prohibió la tortura).

La prisión en Stare Kiejkuty, donde se violaban los derechos humanos, convenios internacionales, leyes y la Constitución polaca, ya era una burla de la democracia y del estado de derecho, pero una prisión igual en Gdansk, un símbolo de la lucha no violenta por la dignidad y derechos humanos, ya sería un colmo.

La última vez que en Polonia funcionaba una cárcel donde se torturaba sin ninguna cobertura de la ley fue a principios de los 50, durante la más oscura noche estalinista; esto se repitió sólo 50 años después, ya como farsa que mandaba al basurero (de la historia) el glorioso pasado de la oposición y el saldo de casi dos décadas del cambio democrático.

Para entender cómo fue posible que nos prestáramos a las prácticas que la CIA no podía realizar en su propio suelo, hay que remontarnos a la tragedia de la transformación pos 1989, durante la cual nosotros mismos fuimos torturados por la doctrina del choque, con la que se desmovilizó el mundo de trabajo y la sociedad entera; se bajaron los estándares laborales y –al parecer– éticos.

Sólo así se comprende la apatía con que fue recibida la existencia de un centro de tortura y por qué los políticos que lo permitieron y encubrieron (de ex comunistas hasta la elite de la ex oposición) jamás sintieron presión para esclarecer el asunto.

El único político que se dio a la tarea de investigarlo fue Józef Pinior, socialista, una leyenda de Solidaridad y un feroz crítico de la transformación. Según él, una de las razones de la indiferencia ante la tortura es el modelo del capitalismo que nos fue impuesto, que nos privó de voluntad (Przekrój, 19/8/2012), y que al permitir la instalación de un black site Polonia se volvió una república bananera, algo que Zero dark thirty conservará en el imaginario popular –sea cierto lo de Gdansk o no (Gazeta Wyborcza, 7/2/2013).

Uno de tantos autores que usaron la fórmula engelsiano-marxiana sobre la recurrencia de la historia fue Slavoj Zizek, quien tituló así uno de sus libros –Primero como tragedia, después como farsa (2009)–, donde analiza la “doble muerte del liberalismo: de la tragedia de 9/11 a la farsa de la crisis financiera, subrayando que esta doctrina murió dos veces: primero cómo idea política, luego cómo teoría económica.

El movimiento de Solidaridad también murió, o más bien fue asesinado dos veces: en 1989, en aires de tragedia se liquidó su potencial político y la capacidad de defender los intereses laborales (aunque el primer porrazo provino del gobierno comunista, que con el golpe de Estado/ley marcial de 1981 sofocó la autorganización obrera), y en 2002, en aires de farsa se remató lo que quedaba, sus valores e ideales.

* Periodista polaco