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Premios nacionales

Francisco Hernández asegura que los temas tormentosos son un camino trillado

Contra lo que se piensa, un alma feliz puede escribir poesía

Con pocas palabras hay que hacer sentir al lector eso que no sabía que se podía sentir, expresa

El galardonado en Lingüística y Literatura dice desconocer dónde publicará sus 2 nuevos libros

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El poeta señala que nunca es fácil publicar, por eso a los jóvenes les digo que escriban lo que les haga vibrar, sentir, lo que les guste, lo que les apasione.Foto Pablo Ramos García
 
Periódico La Jornada
Miércoles 2 de enero de 2013, p. 2

El poeta Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946) recibe el premio Nacional de Ciencias y Artes, en el rubro de Lingüística y Literatura, con emoción y tranquilidad, pero también, afirma, con la sensación de traer puesto un saco que me queda grande, y con una pregunta latente: ¿será que con un reconocimiento como éste podré ya sin ningún problema dedicarme a leer y escribir el resto de mi vida?

De acuerdo con el jurado, el autor es una de las voces representativas de la nueva poesía mexicana: su obra es muy versátil y maneja con igual vigor los temas sensuales, el humor negro y la añoranza. Aunque escritos de forma breve, los temas abordados en su obra también son el desencanto por el mundo, la violencia, el erotismo, el tiempo, la muerte y la palabra, entre otros. Algunos de sus libros se caracterizan por una visión trágica de la existencia.

Él simplemente se reconoce y describe como un hombre feliz: Sólo he escrito poemas, un diario, un par de antologías; no traduzco, no he escrito cuentos, ni novelas, ni ensayo, ¡qué fortuna que por escribir coplas y versos se pueda ganar un reconocimiento como este!, pues tanto nos han dicho que la poesía no sirve para nada o, como decía un poeta chino, que sólo sirve para renovar el espíritu de la vida.

Pero la poesía sirve para mucho más, reitera el galardonado, en entrevista con La Jornada. Por eso no comprendo qué miedo le tienen algunos políticos, miedo a ser débiles o imaginativos. En otros países hasta hay políticos poetas, algún alemán o serbio escritor, o que leen y no les da vergüenza, no se sienten menos por eso. Pero acá les preguntan y lo confunden todo, no saben. Es como si el tiempo se les viniera encima y eso favorece su ignorancia. No puede ser, pero así es, lamentablemente. ¡Ellos se lo pierden!

Lectura a fuerza

Francisco Hernández recuerda cuando su padre le decía: quiero que seas un hombre útil; ¿cómo te vas a dedicar a escribir versos?, quiero que estudies medicina o ingeniería. No obstante, fue precisamente su progenitor quien, un día inolvidable, allá en San Andrés Tuxtla, le rompió al adolescente Francisco una revista de historietas y le puso en las manos un ejemplar de la Historia de la literatura hispanoamericana.

“Empecé a leer a fuerza –reconoce el poeta–, pero en casa estaban otros libros: de Juan Ramón Jiménez, de Rubén Darío. Comencé a imitar esos versos rimados, pero también los que escuchaba de todos los soneros jarochos de la región. Luego llegué a la ciudad de México; aquí entré en contacto con las librerías y se me abrió el panorama a Pablo Neruda, a Octavio Paz, poetas maravillosos que me enriquecieron. Me abrieron un mundo amplio, riquísimo, y ahí comenzó a crecer el espíritu de la vida.

Cuando gané el premio de poesía Aguscalientes en 1982, que fue la primera emoción, el primer reconocimiento a lo que escribía, y la primera vez que me publicaron en una editorial reconocida, le mandé a mi padre el diploma. Lo envolví y le comenté a mi madre que se lo diera y dijera que era un obsequio de parte mía, una artesanía típica de Aguascalientes. Cuando lo recibió, no comentó nada, sólo me mandó de regalo una loción. Ya después fue aceptando que la poesía no era una imposición ni algo que hacía por capricho, sino algo que no me iba a quitar de encima. Sucede que mi padre tuvo un primo que escribía versos y murió de alcoholismo. Tenía miedo de que me fuera a pasar lo mismo. Cuando empecé a beber y a escribir poemas, eso pensó.

Simplemente por gusto

El autor afirma que nunca se propuso dedicarse a ser poeta: “lo hice, lo hago, simplemente por gusto. Ingresé a una escuela de publicidad y me dediqué a esa profesión durante 29 años. Nunca me estorbó para escribir poesía.

“En la publicidad también se necesita la precisión en el lenguaje, como decía Aldus Huxley, para encontrar la palabra precisa para convencer, en unos cuantos segundos, a las personas de que compren algo que ni siquiera necesitan.

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Francisco Hernández, premio Nacional de Ciencias y Artes, en su casa de la colonia RomaFoto Pablo Ramos García

En eso se parecen un poco la publicidad y la poesía, aunque en esta última no se trata de convencer para comprar algo. Es más difícil: con unas pocas palabras hay que hacer sentir a los lectores eso que no sabían que se podía sentir, o descubrirles un mundo, un espacio, un rumbo. No una alucinación, sino la imaginación.

Entre la publicidad y la poesía

El poeta señala que gracias a que aparecieron las becas para escritores pudo dejar las agencias de publicidad y dedicarse de lleno a la literatura.

“Creo que, contra lo que se piensa, un alma feliz es capaz de escribir poesía. Neruda es uno de ellos. Aunque por ahí escuché a alguien que asegura que la poesía feliz no tenía historia y en México hay poetas con almas retorcidas, también existen escritores con una extraordinaria fortaleza, como Eduardo Lizalde, por ejemplo, quien no creo que sea un atormentado, al contrario. Lo más fácil al escribir poesía es irse por el lado tormentoso; es un camino trillado, se piensa que si uno se mete por ese túnel la poesía cae del cielo, y no.

“Es mejor estar lúcido. En mi caso, cuando dejé de beber, lo que empecé a escribir fue rimado, versos octosilábicos, sonetos. Me sentí más sereno, con calma para ponerme a estudiar, para pedir a mis amigos que sabían más de eso que me indicaran cómo se hacía. Así cambió mi forma de escribir, que antes era soberbia; no me importaban los poemas rimados, pensaba que eran tonterías. Pero me regresé y empecé por donde se debe. Esa fue una gran lección.

“Con todo, es muy difícil sentirse poeta. Todavía me cuesta mucho trabajo hablar de ‘mi obra’. No. Le llamo ‘mi escritura’. No sé si tengo ya una obra. Poeta es un saco grande. Poeta es Octavio Paz o Saint-John Perse, y no creo que lo anduvieran diciendo. Simplemente me pongo a escribir y ya. Que los demás me digan que soy poeta, pero cuando lo hacen no me la creo. Si poeta es escribir algo extraordinario, creo que todavía me falta”.

Entre los más de 20 libros que Francisco Hernández tiene publicados destacan Mar de fondo, Moneda de tres caras, Población de la máscara. 62 autorretratos, Diarios sin fechas de Charles B. Waite y La isla de las breves ausencias.

La candidatura del autor para los premios nacionales de 2012 fue idea de la poeta Minerva Margarita Villarreal, quien consiguió que la Universidad Autónoma de Nuevo Léon lo propusiera.

Aun con uno de los máximos premios literarios bajo el brazo, Hernández siente inquietud con respecto a dónde publicará los dos libros inéditos que tiene ya listos sobre su escritorio. No se confía, sabe que en el país es difícil encontrar una editorial para la poesía.

“Nunca es fácil publicar, para nadie. Quizá para algunos consagradísimos, pero no para todos nosotros. Por eso a los jóvenes les digo que escriban lo que les haga vibrar, sentir, lo que les guste, lo que les apasione. Esa pasión hará posible, antes que nada, que transmitan algo a los posibles lectores, no importa si son sólo tres o cuatro, ya llegará el momento de publicar.

La escritura de poesía no se puede detener; continuará porque es una de las formas más claras de estar vivo. Pero la producción de poemarios y el hecho de que se vendan menos que las novelas o los libros de autoayuda entorpece su difusión. Pero uno se las ingenia. Más que cuando yo empecé, han surgido editoriales independientes y son una alternativa. Ahí están y no se rajan. Si nadie me publica esos dos libros inéditos que tengo, acudiré a ellas.

–¿Qué va a hacer con el monto de su premio?

–Como ya dije, tener la tranquilidad de leer y escribir, pero también pienso viajar a Berlín, pues cuando escribí Moneda de tres caras, donde aludo a Robert Schumann, Friedrich Hölderlin y Georg Trakl, está presente esa ciudad de oídas; ahora quiero vivirla.