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Nosotros ya no somos los mismos

Peña Nieto y AMLO, en el imaginario colectivo

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Aunque inicialmente la protesta fue convocada por el movimiento #YoSoy132, posteriormente se sumaron otros ciudadanos que no se integraron plenamente al proyecto original, sino que se expresaron y comportaron de manera autónomaFoto José Carlo González
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esumiendo: 1. El pasado primero de diciembre, Enrique Peña Nieto rindió protesta como Presidente de la República. 2. Algunos sectores sociales manifestaron, en diferentes grados y formas, su inconformidad por el acontecimiento mencionado. Aunque inicialmente la protesta fue convocada por el movimiento #YoSoy132, posteriormente se sumaron otros ciudadanos que no se integraron plenamente al proyecto original, sino que se expresaron y comportaron de manera autónoma. Se dio también la presencia de grupos, para mí, totalmente desconocidos, que se autodenominaban anarquistas y cuyo protagonismo fue evidente. 3. Mención especial merece la presencia activísima de individuos, hasta la fecha no identificados, aunque sí perfectamente registrados en múltiples grabaciones y filmaciones que, por pura coincidencia, vestían igualitos, usaban prendas que inducían al sospechosismo (un guante negro, no blanco, que conste), y que confraternizaban con miembros de las fuerzas del orden atrás de las vallas de contención. Se me hace que se conocen y vienen juntos, aventuraban los perspicaces. 4. Desencadenada la evitable violencia, ésta produjo múltiples actos de vandalismo y muy tipificables delitos, más allá del nebuloso enunciado del 362 del CP. 5. Como era de esperarse, las fuerzas del orden, prontas y responsables, se lanzaron contra los “gamberros, hooligans, porros, halcones” destructores de bienes públicos y particulares, pero, como rapidez y eficacia suelen ser excluyentes, no tuvieron tino con las aprehensiones y tan sólo pudieron presentar al Ministerio Público a poco más de un ciento de malhechores. Eso sí, para que no hubiera luego reclamos de indolencia, incuria o falta de ganas en el cumplimiento del deber, fue imprescindible violar (pero sólo un tantito) la ley y atropellar algunos derechos, pero de esos tan poco relevantes, que todos los humanos los tienen, o sea, nada que digamos de importancia.

6. Pero como ya sabemos, las desgracias no vienen solas. Resulta que con las prisas, las policías (¿cuántas y cuáles participaron?) apañaron a un atajo de inútiles que en vez de estar cumpliendo con su labor delictiva en el sitio donde fueron aprehendidos, estaban en otro lugar e irresponsablemente se dedicaban a tomar fotos, videos y hasta cinito, en lugar de agredir a la autoridad y destruir cuanto tuvieran enfrente. Se me ocurre: si al final, de los cien detenidos inicialmente, tan sólo 14 resultaron culpables, pues estos jóvenes son artículo de exportación. Si ellos, que apenas conformaban poco más de un pelotón, lograron en minutos destruir la Alameda, sucursales bancarias, lobbies de hoteles, oficinas, casetas telefónicas, ¿qué haría una compañía (33 elementos), o una división (99)? Con su ayuda, las fuerzas de ocupación de EU tardarían apenas 48 horas en dejar hecha cisco a la legendaria Bagdad. 7. ¿Puede haber delitos sin delincuentes? ¿Seguirá vigente nuestra costumbre de escamotear al sujeto responsable de la acción de un verbo que incrimina?: Se perdió el reloj, decimos. ¿El reloj se perdió porque se fue a buscar algunas manecillas que lo habían abandonado? ¿El vaso se cayó y se rompió? Era de esperarse, ¿no ven que estaba lleno de whisky? El primero de diciembre hubo múltiples delitos. ¿Producto de la contaminación ambiental, o surgieron por generación espontánea? (¡fértil y generosa esta tierra nuestra, de la que brotan toda clase de delitos, sin que le cuesten a naiden el menor trabajo!).

Estos renglones llevaba escritos y me disponía, de acuerdo con mi personal interpretación, a tratar de dilucidar a quiénes les convenía lo ocurrido el día 1º del presente, cuando me entero: La Asamblea Legislativa reforma el artículo 362 del Código Penal del DF, a fin de que los inculpados de los recientes desmanes puedan salir libres bajo caución. En verdad no daba crédito. ¿Así que el gobierno prefirió el rebuscado camino de la reforma a la ley (que seguramente exigió algunas componendas en busca de necesarios allanamientos opositores) al directo y honorable procedimiento de reconocer errores, excesos en el ejercicio de la violencia y graves violaciones a los derechos humanos? Para mí, este es un acto de soberbia, miedo, pequeñez y complicidad. Una costosa maniobra de encubrimiento, no de los halcones individuales (Epigmenio, Santos, El quirrirus o El anteojo), sino del alto mando que pudo llevar a cabo este, por suerte, fracasado operativo. La reforma realizada a contentillo, con especial dedicatoria, es tan lamentable como las aprehensiones hechas contra derecho. Debo de estar muy decrépito, pero por primera vez estuve de acuerdo con Gutiérrez Candiani, del CCE, y con Ricardo Navarro, de la Canaco: Si hay culpables, tienen que pagar las consecuencias; si son inocentes tienen que estar fuera. El Ministerio Público tiene que demostrar quién es inocente. No hay que fabricar culpables.

La reforma enturbió una de las fuentes originarias del derecho: la ley. La reforma al Código Penal del DF no es otra cosa que la píldora del día siguiente.

Y ya nada más por especular, pensemos: uno de los 14 se trepa en su macho y no acepta que después de maltratado, vejado, tal vez torturado y privado de su libertad, de la noche a la mañana lo dejen en libertad, pero pagando una caución y quedando sometido a proceso. Él rechaza el ofrecimiento y exige que el debido proceso siga adelante: llévese a cabo una exhaustiva investigación, aportemos las partes pruebas de todo tipo y sometámonos al recto, autónomo y transparente dictamen de un juez, exige. ¿Los cargos que se me imputan son punibles de acuerdo a la antiquísima legislación a la sazón vigente (o séase unas horas antes)? Pues que en esos términos se me juzgue y sentencie. ¿Cometí los delitos que se me imputan (aunque ahora con la reforma se hayan encogido), o no lo hice? Señáleseme la pena que debo purgar o declárese, sin tapujos ni condiciones, mi inocencia. Me niego a pagar un solo centavo para conseguir mi libertad, infamemente conculcada, y ser, toda mi vida, un ex delincuente.

¿Lo sacan con la misma violencia que lo ingresaron? No lo pueden dejar libre porque no ha pagado su fianza; no lo pueden tener dentro, sin un juicio en el que todas las cuestiones hoy ocultas salgan inevitablemente a la luz. Imagino el revuelo afuera del juzgado… Y afuera del país. ¿Sería ésta la única forma de llegar a conocer el nombre del dueño de la mano que meció la cuna?

Cuando el asunto a tratar en esta columneta resulta demasiado peliagudo para mí solo, acostumbro realizar un breve pero representativo y a profundidad estudio de opinión: amas de casa, estudiantes, funcionarios públicos y privados, desempleados, académicos, choferes, policías, testigos de Jehová (nada más para desquitarme), y frecuentemente algunos entrometidos a los que no les pregunto, pero intervienen, me ayudan a formar un criterio más plural y objetivo. Así lo hice en esta ocasión y ¡no van ustedes a creer lo que encontré en el imaginario colectivo! Los responsables son: el gobierno de Peña Nieto en un extremo, y Andrés Manuel, en el otro. Esta es la percepción que se tiene en las antípodas, en el territorio de los ultras. Luego les siguen García Luna, la profesora, Calderón y Kalb (es el mismo, pero elegante), Ebrard y Mancera. Nadie sospecha de ninguno de los dos principales partidos de oposición. El PAN no tiene cómo, ni con quién. Sus últimos machines fueron Anacleto González Flores y sus cristeros band, Javier Bully Lozano, Molinar Herodes Horcasitas y un clon de Fernández de Cevallos muy disminuido y averiado, que ha hecho realidad la vieja sentencia de “no todo lo que relumbra es D’oring,” ni siquiera pintan. El PRD está libre de toda sospecha. Sus jerarcos principales están dedicados a demostrar al presidente Peña Nieto que ellos, aunque sea juntos, le pueden hacer mejor el trabajo que le encomendó a Rosario, y sin riesgo de veleidades. El próximo lunes, Reyes mediante, abordaremos tan controvertidos diferendos.

Acaba de morir Pedro Ojeda Paullada. Vivió para la política y el servicio público. Hombre del sistema encarnado por el Partido Revolucionario Institucional, le fue leal en las duras y las maduras. Actor importante en momentos aciagos, se le responsabiliza de acciones autoritarias y represivas. No conozco una denuncia personal y concreta. Desempeñó cargos varios del más alto nivel, y al final, de mediana importancia, pero nunca, hasta sus últimos días, abandonó el trabajo cotidiano. Lo que haya hecho respondió únicamente a sus personales convicciones. Su forma de vida y el patrimonio que hereda no describen a un hombre ávido de acumulación y enriquecimiento. Sin que mediara el oropel de un sacramento, del que tantos, falsariamente, presumen, honró siempre el voluntario compromiso con su compañera de vida, y con la familia que hicieron juntos durante 60 años.