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Ver día anteriorMiércoles 3 de octubre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Confirmaciones y perfil
L

as lecciones dejadas por la contestada reforma laboral son ya de uso corriente. Se enfatizan tanto el impacto regresivo en el bienestar de los asalariados como el empuje a la desigualdad y el lento crecimiento que ocasionará su aplicación. Similar fenómeno definitorio ocurre con los rasgos que se han estampado en el perfil del presidente electo debido a la orientación del retardatario contenido aprobado por los diputados. Las modificaciones a la existente legislación laboral, ya muy alterada por vicios, trampas y subterfugios deformantes, se insertan, qué duda, en un cuadro diseñado desde las altas sedes del poder mundial. El modelo vigente, impuesto por los intereses globales dominantes del círculo empresarial-financiero, asigna un lugar indigno y poco rentable al factor trabajo. La productividad, reza la consigna, tiene que buscarse en cualquier lugar y momento que se tenga a mano. Pero, eso sí, resguardando el imperativo de maximizar utilidades y salvaguardar, en primerísimo lugar, los rendimientos exigidos por el capital.

Apegados al concierto general de someter a los trabajadores, los panistas, ya para esta altura claramente subordinados a los mandones del PRI, aprovechan a dúo la favorable coyuntura nacional para arrellanarse con sus reales mandantes. De pasada todos ellos transigen, también, con el sindicalismo en su más vetusta versión y le dejan intactas sus prerrogativas para que retocen y sigan avante con sus tropelías. Atrapado en esta tenaza, crucial en su inclinación y significados, el presidente electo, Peña Nieto, sucumbe (eso sí, poniendo lozana cara) para cumplir, con aquiescencia personal, los compromisos adquiridos en su larga campaña en pos de la Presidencia: ensanchar privilegios económicos y asegurar la continuidad a los grupos de presión que lo patrocinan.

La oposición de izquierda –tomada en sus reacomodos poselectorales y con endeble consistencia programática por parte de sus grupos dominantes– no atina a formular una efectiva estrategia que capte y defienda a los afectados. El golpe a los trabajadores es claro e intenso y será sentido con aturdido dolor en los días por venir. La reacción, bien atrincherada no sólo dentro del país, sino en el vasto mundo desarrollado (y también en el que no lo es tanto), sigue imperturbable en su intentona para demoler el estado de bienestar. Grecia, Portugal o España son ejemplos señeros de este cruento proceso. México, siempre alumno distinguido, va dejando una estela de sacrificios, muchos de ellos inútiles, que no menguan sino, por el contrario, se tornan ácidos y demoledores. El malestar popular poco importa en las cúspides acostumbradas a salir victoriosas en esta clase de disputas. El desprecio con el que ve a la masa trabajadora, y más aún a la subempleada, no ha sufrido merma alguna. Ni siquiera la violencia generalizada los arredra. Se han acostumbrado al reflejo que les llega desde su propio aparato de consentimiento. Confían, porque han sido probados con éxito, en sus instrumentos de persuasión desmovilizadora. Ningunean la resistencia que van encontrando en el camino. Resistencia que, por lo visto, no alcanza a concentrar y, menos aún, a canalizar el descontento ya agravado por otros golpes asestados.

Sin haber tomado las riendas del Poder Ejecutivo, Peña Nieto suma desde estos momentos de transición una carga negativa para su deseada imagen de renovador. A su propia definición conservadora se agrega ahora la abierta sumisión a los núcleos de poder. No ha habido sorpresa alguna al respecto. Simplemente se recarga en sus patrocinadores y se empapa de sus gustos, gozos y pretensiones. Era lo esperado. Sólo sus difusores han sido contrariados, aunque ninguno de ellos resiente el poco eco que tuvieron los esparcidos deseos de verlo entronizando la proclamada modernización. De sopetón, con una sola movida de fichas, todo vuelve a la normalidad y el nuevo PRI ocupa el sitial de su vieja cultura a la que nunca renunció. No saben hacer otra cosa y, menos aún, ingeniarse rutas y propósitos reivindicadores independientes de las trilladas maneras y formas de gastado uso.

El mercado interno es donde se sentirán las consecuencias de la pauperización de la masa trabajadora. El consumo, una vez más, no podrá empujar la maquinaria productiva. El crecimiento, por tanto, seguirá lastrado y no se generarán los empleos que se han prometido con irresponsable aliento. Los arrestos reformadores del priísmo se irán apagando hasta que, frente al próximo reto, llegue a su extinción total. La prueba venidera no tardará y la otra reforma pendiente, la fiscal, tan necesaria para aumentar la capacidad de maniobra de un gobierno, resentirá similares avatares. Los poderes fácticos no accederán a perder sus privilegios y la recaudación seguirá en el inocuo rango del 9 a 10 por ciento del PIB acostumbrado. Poco importará para este propósito que se toque el IVA o se lleve a cabo otra miscelánea como las que se acostumbran negociar. De modo que aquí pasó lo de siempre: se declara, desde las alturas, haber dado un paso al frente después de la puñalada asestada a millones. No el mejor por cierto, dicen; ni siquiera el necesario, aceptan, pero sí afirman que se va en la dirección correcta.