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Sudando la independencia
¿Q

ué hace que un pueblo quiera ser independiente, cómo lo logra y para qué sirve? Son preguntas a las que Woodrow Wilson, uno de los principales impulsores de la libre determinación de los pueblos en el siglo XX, no respondió cabalmente. En 1918 el presidente de Estados Unidos tenía en mente a los países que surgieron tras la atomización del imperio austrohúngaro y también a los que estaban cayendo bajo la órbita soviética.

Wilson pensaba en un reacomodo de fronteras en Europa más que en las colonias de países europeos en otros continentes. Estos últimos accederían a su independencia durante la segunda mitad del siglo XX: muchos de África, no pocos de Asia y algunos de Latinoamérica y el Caribe. Pero hay algunos pueblos que aún no consiguen su independencia y en algunos países independientes hay movimientos separatistas de cierta importancia.

El pasado 9 de julio Sudán, que se independizó en 1956, perdió casi un tercio de su territorio. Hasta entonces, con sus 2.5 millones de kilómetros cuadrados, había sido el país de mayor extensión territorial en África. Ahora es medalla de bronce en ese rubro, después de Argelia y la República Democrática del Congo. Jartum permitió la separación de su región sureña, que ahora se llama Sudán del Sur.

En teoría Sudán aceptó su desmembramiento en aras del principio del derecho de los pueblos a la libre determinación. En la práctica Jartum tuvo que ceder durante las negociaciones con los rebeldes en un proceso que culminó en los acuerdos de 2005 y que ahora llevaron a la independencia de la parte sur del país. La presión de los países occidentales fue decisiva y el presidente al-Bashir, que estaba contra las cuerdas por las acusaciones de genocidio en Darfur (la región occidental de Sudán), tuvo que ceder.

Ha nacido un nuevo Estado, Sudán del Sur, pero no le fue nada fácil obtener su independencia. Desde 1955 sus habitantes venían librando una guerra para separarse de Jartum. Ese conflicto duró, con algunos años de tregua, casi medio siglo y cobró la vida de casi dos millones de personas.

El Estado-nación se remonta (más o menos) a mediados del siglo XVII y desde entonces ha sido un factor determinante en la organización política de los pueblos. Querámoslo o no, pero así es, y hoy las Naciones Unidas (ONU) son por antonomasia el foro que agrupa a los estados-naciones. Cuando la ONU admite a un nuevo miembro está reconociendo su existencia como Estado-nación. El proceso de admisión consiste en dos pasos: el Consejo de Seguridad debe recomendar una admisión y luego la Asamblea General la tiene que endosar. En otras palabras, cualquier miembro permanente puede vetar la admisión de un nuevo Estado.

No cabe duda que entre los éxitos de la ONU el relativo al proceso de descolonización ocupa un lugar privilegiado. Desde su fundación fue una de las cuatro metas que se fijó la organización. Las otras son la seguridad internacional y el desarme, el desarrollo económico y los derechos humanos.

Muchos de los estados que han accedido a la independencia en los últimos 60 años han resultado poco viables. África quizás sea el continente que más ejemplos nos ofrece de cuán frágil y violenta puede ser la vida de un país independiente. Piensen en Somalia, en el ex Congo belga, en Rwanda donde en 1994 se masacró a casi un millón de seres y en otros casos parecidos de lo que ahora suele llamarse un Estado fallido. La pobreza, la falta de educación básica, la ausencia de infraestructura, la voracidad de algunas empresas trasnacionales y sobre todo las diferencias étnicas y/o tribales han sido algunas de las causas principales del panorama lamentable que presentan muchos países africanos. Sus fronteras siguieron en gran medida las trazadas por las potencias coloniales hace un siglo y sirvieron en parte para exacerbar tensiones internas.

Entre los 51 estados originarios de la ONU en 1945 hubo sólo cuatro de África: Egipto, Etiopía, Liberia y Sudáfrica, que eran los únicos países independientes de ese continente. Ahora, con la llegada de Sudán del Sur, son 54 los miembros africanos de la ONU, en su gran mayoría ex colonias británicas y/o francesas. Únicamente falta la República Árabe Saharaui (antigua colonia española del Sáhara occidental) por ingresar a la ONU, aunque ya ha sido reconocida por la Unión Africana.

Frente a la sede de la ONU en Nueva York ondean las banderas de sus ahora 193 países miembros. El mensaje parece claro: si está mi bandera es que existo como Estado-nación. Pero esa independencia a veces resulta dudosa, por muy difícil que haya sido el camino para lograrla.

El próximo mes es probable que la ONU tenga que decidir si reconoce o no la existencia de otro Estado. Se trata de Palestina. Aquí no puede haber dudas acerca de cómo proceder. En noviembre de 1947 la ONU aceptó la partición de Palestina en dos estados: uno árabe y otro judío. Se pensó que sólo mediante una partición sería posible dar cabida a las aspiraciones nacionales de cada parte y concederles a los dos pueblos su lugar como estados independientes dentro de la ONU.

Jerusalén se convertiría en un cuerpo separado y habría una unión económica entre ambas partes. Se trazó un mapa que resultó ser un verdadero rompecabezas con pedazos de un Estado envueltos por el otro.

Al año siguiente la ONU admitió al Estado de Israel y 63 años después el caso de los palestinos árabes sigue sin solución. El reconocimiento de Israel por la ONU en 1948 es una cara de una misma moneda. Ahora le corresponde a la ONU aceptar la otra cara.

No puede aducirse el argumento de que la aceptación de un Estado palestino complicaría el proceso de paz que viene arrastrándose durante cuatro décadas. Ese proceso continuará de cualquier forma, pero ¿qué tiene de malo darle a los palestinos lo que los israelíes consiguieron de la propia ONU en 1948?