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Toros

Al público torerista de la Plaza México no le interesan los toros, sólo tres apellidos

Encierro de Villacarmela con edad y trapío, desaprovechado por toreros sin rodaje

Sin sello o sin celo, los alternantes no pudieron resolver lo que las reses planteaban

 
Periódico La Jornada
Lunes 28 de febrero de 2011, p. a46

Sólo el tiempo demostrará la gravedad de los daños causados a la fiesta de toros de nuestro país por la empresa de la Plaza México, desentendida, por lo menos hace 18 años, de hacer toreros y de fomentar los partidarismos pero obsesionada por importar figuras que, cumplidos sus falsos compromisos pues lidian novillos en vez de toros, regresan a España a enfrentar reses con edad y trapío en una competencia empresarial que obliga a dar servicio y a observar, sin excusas, un reglamento que apuntala una tradición y protege los intereses del público.

Esto y más pensaba ayer mientras en un coso semivacío tres toreros rayando los 30 hacían esfuerzos por sacarle provecho al ejemplarmente presentado encierro de Villacarmela, con el insustituible trapío que sólo puede dar la edad de cuatro para cinco años, con los naturales problemas que plantea un toro, no su aproximación, pues a más edad menos docilidad y más exigencia de cabeza y de técnica por parte de sus lidiadores. Transmisión o sosería, buen estilo o aspereza son circunstanciales, lo esencial es que un toro tenga la edad, la presencia y la peligrosidad que lo caracterizan.

Ahora si hace más de tres lustros la dependiente y maternal empresa de la Plaza México prefiere el novillote de la ilusión para las figuras que importa y el toro hecho y derecho para toreros sin rodaje, el resultado está a la vista: mayor dependencia y total carencia de diestros nacionales con capacidad de convocatoria. Vaya extraña manera de planear y cuidar un negocio en el que la emoción no reside en tres o cuatro apellidos sino en el auténtico toro de lidia.

Un asistente a la asamblea anual de los ganaderos celebrada en enero pasado me decía: ya estamos bastante divididos, por lo que sería más honesto separarnos en dos agrupaciones, una, la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia (Anctl) y otra, la Asociación de Criadores de Novillos para Figuras Importadas (Acnfi). Ni se engañarían ellos ni engañarían al público.

En la decimoctava corrida de la temporada, en un desalmado cartel que no lo hubiera hecho peor un antitaurino, partieron plaza el diestro francés Juan Bautista –a ver si no protesta Sarkozy porque le negaron la oreja–, el regiomontano Óscar López Rivera y el jalisciense Aldo Orozco, para lidiar, es un decir, seis arrogantes ejemplares de Villacarmela, de don Alejandro Arena, con nombres alusivos al inolvidable ganadero don Luis Javier Barroso, cuyo ejemplo desafortunadamente cundió entre pocos ganaderos.

Juan Bautista dejó ir dos astados que exigían mando para luego aprovechar su embestida, seca la de su primero, al que mató muy bien por lo que fue sacado al tercio, y noble la de su segundo, al que despachó de entera caída, por lo que acertadamente el juez negó la oreja que los mitoteros pedían pero no impidió que diera la vuelta. ¿Cuántos diestros mexicanos merecían esa oportunidad?

Óscar López Rivera quiso toda la tarde pero no pudo, ya que, salvo en Latinoamérica, los toreros se hacen toreando. No logró mandar a su primero, que merecía un trasteo más estructurado, y toreó muy bien de capa a su segundo, un bello cárdeno que traía las orejas con alfileres, pero mal aprovechó su embestida y mató peor.

Y Aldo Orozco, el único con merecimientos para estar en el cartel luego de su valerosa faena a uno de San Marcos en la octava corrida, se topó primero con uno soso y débil, con el que escuchó un aviso, y luego con otro escaso de fuerza pero de buen estilo al que debió aprovechar mejor.