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El nuevo libro de Murakami
Aomame
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Haruki MurakamiFoto Archivo
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Detalle de la ilustración de la portada de 1Q84, novela de Haruki Murakami
 
Periódico La Jornada
Viernes 11 de febrero de 2011, p. 4

De la novela 1Q84, de Haruki Murakami (Kioto, 1949), publicamos para los lectores de La Jornada –con autorización de Tusquets Editores–, la segunda parte del capítulo inicial del libro del autor japonés que ayer fue lanzado en español

Aomame frunció de forma imperceptible el ceño, echó un vistazo al reloj y, a continuación, alzó la cara y miró alrededor del coche. A la derecha había un Mitsubishi Montero negro ligeramente cubierto de polvo blanco. En el asiento del acompañante, un hombre joven había abierto la ventana y fumaba con aire de hastío. Tenía el pelo largo, estaba bronceado y llevaba un cortavientos granate. En el maletero había apiladas varias tablas de surf sucias y ajadas. Delante de ese coche se había parado un Saab 900. Las lunas tintadas estaban completamente cerradas y, desde el exterior, era imposible ver quién iba dentro. El vehículo estaba muy bien encerado. Tan bien que si se pusieran al lado, la cara se le reflejaría.

Delante del taxi al que Aomame se había subido se encontraba un Suzuki Alto rojo con una matrícula abollada del barrio de Nerima en el parachoques trasero. Una madre joven agarraba el volante. La hija pequeña se aburría y no paraba de moverse encima del asiento. La madre le llamaba la atención, con cara de estar harta. A través del cristal podían leerse los movimientos de la boca de aquella madre. Era exactamente la misma escena de hacía diez minutos. Durante aquel intervalo, el coche no debía de haber avanzado ni siquiera diez metros.

Aomame reflexionó durante un buen rato. Fue liquidando mentalmente diversos factores por orden de prioridad. Pasó algún tiempo hasta que llegó a una conclusión. La música de Janácek entró, entonces, en el último movimiento.

Aomame sacó unas pequeñas gafas de sol Ray-Ban de la bandolera. Luego tomó tres billetes de mil yenes de la cartera y se los entregó al conductor.

–Me bajo aquí. Es que no puedo llegar tarde –le dijo. El conductor asintió y tomó el dinero.

–¿Quiere recibo?

–No me hace falta. Y quédese con el cambio.

–Gracias –dijo el conductor–. Tenga cuidado, que sopla mucho viento. ¡No vaya a resbalar!

–Lo tendré –respondió Aomame.

–Una cosa más –el conductor habló dirigiéndose al espejo interior–. Me gustaría que recordara lo siguiente: las apariencias engañan.

Las apariencias engañan, repitió Aomame en su cabeza, y frunció ligeramente el ceño.

–¿Qué quiere decir eso?

El conductor eligió las palabras.

–En fin, podría decirse que lo que está a punto de hacer no es algo normal. ¿No es así? La gente normal no desciende por unas escaleras de emergencia en la autopista metropolitana en pleno día. Sobre todo una mujer.

–Sí, es verdad –dijo Aomame.

–Y cuando se hace algo así, el paisaje cotidiano..., ¿cómo se lo podría decir?... Tal vez parezca un poco diferente al de siempre. A mí me ha pasado. Pero no se deje engañar por las apariencias. Realidad no hay más que una.

Aomame pensó en lo que el conductor acababa de decirle. Mientras pensaba, la música de Janácek terminó y el público empezó a aplaudir al instante. ¿Dónde habría tenido lugar el concierto de la grabación que habían retransmitido? Fue una ovación apasionada. A veces también se oían gritos de bravo. Le vino a la mente la escena del director de orquesta sonriendo y haciendo reverencias hacia el público puesto de pie. Alzaba la cabeza, alzaba los brazos, le daba un apretón de manos al concertino, se daba la vuelta, levantaba ambos brazos, aplaudía a los miembros de la orquesta, se volvía hacia el público y, una vez más, hacía una profunda reverencia. Al cabo de un buen rato de aplausos grabados, éstos empezaron a enmudecer. La sensación era semejante a escuchar con atención una interminable tormenta de arena en Marte.

–Realidad no hay más que una –repitió el conductor despacio, como si subrayara un fragmento importante de un libro.

–Por supuesto –dijo Aomame. Efectivamente. No puede haber más que una cosa, en un tiempo y en un lugar. Einstein lo demostró. La realidad es serenidad persistente, soledad persistente.

Aomame señaló el equipo de estéreo.

–Sonaba genial.

El conductor asintió.

–¿Cómo se llamaba el compositor?

–Janácek.

–Janácek –repitió el conductor, igual que si memorizara una contraseña importante. Después empujó una palanca y abrió la puerta trasera automática–. Cuídese. Espero que pueda llegar a tiempo.

Aomame se apeó del coche con el pequeño bolso bandolera de piel en la mano. Cuando se bajó del vehículo, el aplauso seguía sonando en la radio. Se dirigió al espacio para evacuación en caso de emergencia, que estaba a unos diez metros más adelante, y caminó con precaución por el borde de la autopista. Cada vez que un camión de transporte pesado pasaba por el carril contrario, el pavimento temblaba por el efecto de la alta velocidad. Más que a un temblor, se parecía a una marejada. Como caminar por la cubierta de un portaaviones en un mar encabritado.

La niña pequeña del Suzuki Alto rojo asomó la cabeza por la ventanilla del asiento del acompañante y se quedó mirando a Aomame boquiabierta. Entonces se dio la vuelta y preguntó a su madre:

–¡Eh! ¡Eh! ¿Qué está haciendo esa chica? ¿Adónde va? ¡Yo también quiero salir! ¡Eh, mamá! ¡Yo también quiero salir! ¡Eh, mamá! –le pidió en voz alta insistentemente.

La madre sólo negó con la cabeza, en silencio. Después echó una rápida mirada de reproche a Aomame. Sin embargo, aquélla fue la única voz que se oyó en los alrededores, la única reacción perceptible. Los demás conductores se limitaban a dar caladas a sus cigarros, fruncían ligeramente el ceño y la seguían con la mirada, como si vieran algo deslumbrante, mientras ella caminaba a paso ligero, sin titubear, entre el muro lateral y los coches. Era como si, de momento, se reservaran sus juicios. A pesar de que los coches no se movían, el que alguien caminara por el pavimento de la autopista metropolitana no era algo habitual. Requería algún tiempo asimilarlo y aceptarlo como un episodio real. Aún más teniendo en cuenta que quien caminaba era una chica joven con minifalda y zapatos de tacón.

Aomame caminaba con paso firme y decidido, con la barbilla erguida, la vista fija al frente y la espalda recta, mientras sentía en la piel las miradas de la gente. Los zapatos de tacón castaños de Charles Jourdan golpeaban el pavimento con un ruido seco y el viento mecía los bajos del abrigo. Ya había comenzado abril, pero el viento aún era frío y contenía un presentimiento de agresividad. Encima del traje verde de lana fina de Junko Shimada, llevaba un abrigo de entretiempo beige y un bolso bandolera negro de piel. El pelo, que le llegaba hasta los hombros, bien cortado y arreglado. No llevaba ningún complemento, ni nada que se le asemejara. Medía un metro y sesenta y ocho centímetros de estatura, y tenía todos los músculos cuidadosamente forjados, sin un gramo de grasa de más, aunque el abrigo lo ocultaba.

Observando con detenimiento su rostro de frente, podía verse que la forma y el tamaño de sus orejas diferían considerablemente a ambos lados. La oreja de la izquierda era bastante más grande que la de la derecha y un poco deforme. Pero nadie se daba cuenta de ello, porque, por lo general, las llevaba escondidas bajo el pelo. Al cerrar los labios, éstos formaban una línea recta y sugerían un carácter arisco en toda circunstancia. Una naricita fina, unos pómulos un tanto salientes, una frente ancha y unas cejas largas y rectas acusaban aún más esa tendencia. No obstante, tenía una cara más o menos ovalada y proporcionada. Gustos aparte, podría decirse que era bella. El único problema era la excesiva dureza en la expresión de su cara. En aquellos labios cerrados con fuerza no afloraba una sonrisa a menos que fuera necesario. Ambos ojos parecían no cansarse de mostrarse fríos, como excelentes vigías en la cubierta de un barco. Por eso, su cara nunca dejaba una impresión vívida en los demás. En muchos casos, lo que llamaba la atención de la gente, más que las veleidades y los defectos de aquellas facciones estáticas, era la naturalidad y elegancia de su gesto. La mayoría de la gente era incapaz de entender bien el rostro de Aomame. Una vez que apartaban la mirada de ella, ya no podían describir su cara. Aunque debía de tener un rostro particular, de algún modo, los detalles de sus rasgos no calaban en la mente. En ese sentido, se parecía a un insecto ingeniosamente mimetizado. Cambiar de color y forma, integrarse en el paisaje, llamar la atención lo menos posible, ser recordada con dificultad; eso era lo que Aomame buscaba por encima de todo. Desde que era pequeña, se había ido protegiendo de esa manera.

Sin embargo, cuando pasaba algo y fruncía el ceño, las frías facciones de Aomame cambiaban hasta límites dramáticos. Los músculos faciales se crispaban de manera enérgica, cada uno en una dirección; se acentuaba hasta los extremos la asimetría entre ambos lados de su semblante, se le formaban arrugas profundas aquí y allá, los ojos se le retraían rápidamente hacia dentro, la nariz y la boca se le deformaban con violencia, el mentón se le retorcía, los labios se le levantaban y dejaban al descubierto unos grandes dientes blancos. Entonces, como si cortaran la cuerda que sujetaba una careta y ésta se desprendiera, de repente se convertía en otra persona. Quien la veía se quedaba atónito ante aquella aberrante metamorfosis. Era un salto sorprendente desde el gran anonimato hacia un abismo sobrecogedor. Por eso siempre tenía cuidado de no fruncir el ceño delante de gente desconocida. Únicamente torcía la cara cuando estaba sola o cuando quería amenazar a un hombre que no le agradaba.

Al llegar al espacio de estacionamiento para urgencias, Aomame se detuvo y miró a su alrededor buscando las escaleras de emergencia. Las encontró pronto. A la entrada de las escaleras había una verja de hierro que le llegaba un poco más arriba de la cintura, y le habían echado el cerrojo a la puerta, tal y como el conductor le había dicho. Le amargaba un poco tener que saltar la verja con la minifalda ceñida que llevaba, pero, mientras no atrajera las miradas de la gente, no iba a resultar demasiado difí-cil. Se quitó los zapatos de tacón sin titubear y los metió en el bolso bandolera. Si caminaba descalza, quizá se le romperían las medias, pero podía comprar unas nuevas en cualquier tienda.

La gente observaba en silencio cómo se descalzaba y se quitaba el abrigo. Por las ventanillas abiertas de un Toyota Celica negro, que estaba parado justo enfrente, sonaba de música de fondo la voz aguda de Michael Jackson. Billie Jean. A Aomame se le ocurrió que era como si estuviera en medio de un show de striptease. ¡De acuerdo! Miren si quieren. Seguro que se están aburriendo, metidos en este atasco. Pero, señoras y señores, no voy a desnudarme más. Hoy sólo toca zapatos de tacón y abrigo. Lo siento mucho.

Aomame se ató el bolso bandolera para que no se le cayera. El flamante Toyota Crown Royal Saloon negro del que acababa de bajarse se veía a bastante distancia. Recibía de frente el sol de la tarde y el parabrisas deslumbraba como un espejo. Ni siquiera se veía la cara del conductor. Sin embargo, debía de estar mirándola.

No se deje engañar por las apariencias. Realidad no hay más que una.

Aomame inspiró y espiró profundamente. Luego saltó la verja siguiendo con el oído la melodía de Billie Jean. Se había arremangado la minifalda hasta la cintura. ¡Qué más da!, pensó. Si quieren mirar, que miren a gusto. Porque aunque miren lo que hay dentro de la falda, no van a ver a través de mi persona. Aquellas bellas y esbeltas piernas eran para Aomame la parte del cuerpo de la que más orgullosa se sentía.

Cuando se bajó al otro lado de la verja, Aomame se colocó los bajos de la falda, se limpió el polvo de los brazos, se volvió a poner el abrigo y se colgó la bandolera al hombro. También empujó el puente de las gafas de sol hacia atrás. Tenía las escaleras de emergencia ante los ojos. Eran unas escaleras de hierro pintadas de gris. Unas escaleras que sólo buscaban la sencillez, el pragmatismo y la funcionalidad. No habían sido fabricadas para que las utilizara una chica en minifalda, calzada con tan sólo unas medias. Junko Shimada tampoco diseñaba trajes teniendo en cuenta que se utilizarían para subir y bajar escaleras de evacuación en la Ruta 3 de la autopista metropolitana. Un pesado camión pasó por el carril contrario y las escaleras temblaron. El viento silbaba por entre los huecos del armazón de hierro. Con todo, allí estaban las escaleras. Ahora sólo le faltaba bajarlas hasta tocar tierra.

Aomame se volvió por última vez, con la postura de quien, tras un discurso, se queda de pie en el estrado, esperando las preguntas de la audiencia, y miró de izquierda a derecha y de derecha a izquierda los vehículos que formaban una fila sin intersticios sobre el pavimento. La fila de coches no había avanzado ni un ápice con respecto a hacía un rato. La gente se había detenido allí, sin nada que hacer, observando todos sus movimientos. Se preguntaban azorados qué demonios estaría haciendo aquella chica. Las miradas, en las que se entremezclaban preocupación y despreocupación, envidia y desdén, se vertían sobre Aomame, que había pasado al otro lado de la verja. Los sentimientos de aquella gente se balanceaban como una báscula inestable, incapaces de caer hacia un mismo lado. Un silencio plúmbeo los envolvía. No había nadie que levantara la mano e hiciera preguntas (y aunque hicieran preguntas, Aomame no tenía intención de contestarlas). La gente sólo aguardaba en silencio una ocasión que nunca llegaría. Aomame irguió levemente el mentón, se mordió el labio inferior y los evaluó por encima desde el fondo de aquellas gafas de sol de color verde oscuro.

Seguro que ni os imagináis quién soy, adónde voy y qué voy a hacer a continuación, empezó a decir Aomame sin mover los labios. Vosotros estáis ahí atados, no podéis ir a ningún sitio. Apenas podéis avanzar y ni siquiera podéis dar marcha atrás. Pero yo no. Yo tengo un trabajo que hacer. Una misión que debo ejecutar. Por eso, permitidme que vaya pasando.

Por último, Aomame sintió ganas de contraer la cara con todas sus fuerzas hacia toda aquella gente. Sin embargo, abandonó la idea. No tenía tiempo para cosas superfluas. Una vez que contrajera la cara, le llevaría trabajo devolverla a su expresión habitual.

Aomame dio la espalda al público enmudecido y comenzó a descender con paso cauteloso las escaleras de evacuación para emergencias, sintiendo la tosca frialdad del hierro en la planta de los pies. El viento frío de principios de abril le mecía el cabello y, a veces, le dejaba al descubierto la deforme oreja izquierda.