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American Curios

Guerra de clase

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El presidente Barack Obama, su esposa, Michelle (a la derecha), y la madre de ésta, Marian Robinson (a la izquierda), dan dulces a los niños en el famoso trick-or-treat de Halloween, en los escalones del pórtico norte de la Casa BlancaFoto Reuters
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ace cuatro años, Warren Buffett, el tercer hombre más rico del planeta, comentó que, por supuesto, hay una guerra de clase, pero es mi clase, la clase rica, que está librando la guerra, y estamos ganando.

Esta elección intermedia en Estados Unidos es un frente de esa guerra de clase. Los intereses empresariales y los ricos han declarado la guerra contra todo lo que se atreva a imponer controles sobre ellos, limitar sus actividades o tocar sus fortunas, y lo afirman explícita y abiertamente. La gran mayoría de los fondos que se invierten en lo que ya es la elección intermedia más cara de la historia –se espera que superará, tal vez por mucho, 3.5 mil millones de dólares– proviene de donantes multimillonarios, empresas y agrupaciones que representan a la clase rica.

Por ejemplo, la Cámara de Comercio ha invertido unos 75 millones de dólares en estas elecciones, casi todo para apoyar a candidatos republicanos. En enero, el presidente de la cámara baja, Thomas Donohue, anunció que su asociación tenía la intención de llevar a cabo el más grande, y más intenso, esfuerzo de educación electoral y promoción de temas en nuestra casi centenaria historia. Está cumpliendo su promesa.

La organización American Crossroads, proyecto de Karl Rove, ex estratega electoral y político de George W. Bush, recibe donaciones hasta de un millón de dólares de millonarios en apoyo de candidatos conservadores por todo el país.

Empresas multinacionales canalizan fondos mediante estas organizaciones –gozando de leyes que permiten que éstas oculten la identidad de algunos donantes– para promover su agenda empresarial de debilitar los controles gubernamentales sobre sus operaciones, los impactos de la reforma de salud, los esfuerzos por frenar el cambio climático y otras cosas consideradas antiempresariales que inhiben los negocios, así como impulsar políticas que favorecen la libre empresa y el libre comercio.

Muchas empresas aprovechan un fallo reciente de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos (conocido como el caso Citizens United), que otorgó a las empresas los mismos derechos de libertad de expresión que tienen los individuos, gracias al cual pueden financiar propaganda a favor o en contra de candidatos para promover su agenda. Ese fallo argumentó que los gastos independientes realizados por empresas en el debate electoral no generan corrupción o la apariencia de corrupción y, aunque éstas pueden generar influencia sobre o acceso a funcionarios electos, eso no implica que esos funcionarios sean corruptos. Y la apariencia de influencia o acceso no causará que el electorado pierda fe en esta democracia. Esto fue denunciado como un grave abuso contra el proceso democrático por campeones de reformas electorales que buscan reducir la influencia del dinero en los comicios.

Un editorial de The Nation advierte: Atestiguamos un asalto a la democracia por empresas multinacionales, las cuales, liberadas por el fallo de Citizens United, buscan conseguir el mejor gobierno que el dinero pueda comprar.

Por ello, varios comentaristas concluyen, como el profesor de políticas públicas y ex secretario de Trabajo de Bill Clinton, que el próximo martes los estadunidenses decidirán si trasladar aún más de nuestro gobierno a las empresas que han estado saqueando a Estados Unidos.

Vale recordar que los últimos años han sido muy buenos para los más ricos. En 2007, el 1 por ciento más rico de los hogares concentraba 23.5 por ciento del ingreso nacional, la mayor concentración desde 1928 (un año antes de estallar la gran depresión). Aunque los más ricos perdieron un poco de sus fortunas en esta última recesión, ya la están recuperando. En 2009, el nivel de desigualdad entre los más ricos y los demás llegó a su punto más alto desde que el censo empezó a rastrear el ingreso por hogar en 1967, reportó Reuters.

Al parecer, muchos de los intereses más ricos del país no desean ceder nada. La ofensiva contra el presidente Barack Obama y su Partido Demócrata es curiosa para algunos, ya que las acusaciones de la ultraderecha de que es socialista carecen de toda base; de hecho, más bien es lo contrario. Como indica E. J. Dionne, columnista del Washington Post, en un artículo en The New Republic, “Obama, a fin de cuentas, ha estado trabajando horas extras para rescatar al capitalismo. Wall Street está muy bien y los ricos se están enriqueciendo otra vez... Prácticamente nadie, y menos Obama, ha cuestionado las bases del sistema de mercado o ha propuesto algo más que regulaciones económicas un poco más estrictas –después del colapso financiero más grande desde la gran depresión– e incrementos de impuestos bastante modestos sobre los ricos. Pero aun estos pasos aparentemente son demasiado para quienes financian todos esos espots de televisión, lo cual debería llevar a los votantes a preguntarse: ¿quién paga por todo esto? ¿qué quieren de verdad? ¿y quién les dio el derecho de comprar una elección?”

Para economistas sociales como Les Leopold, esta guerra de clase no fue declarada por los de abajo, pero las mayorías ya no pueden evadir esta batalla ante la realidad de que, mientras los más ricos se enriquecen aún más, continúa el desempleo de millones, se recortan programas sociales y se limita el acceso a la salud y la educación. Señala que la primera pregunta, y la más difícil, es la de la vieja canción sindical: ¿de qué lado estás? Leopold, en el Huffington Post, afirma que en esta nueva lucha de clases, esa decisión ya se tomó por los ricos.

En esta elección, tal vez a un nivel más explícito que en otras, se manifiesta abiertamente esta guerra, y se ha lanzado una ofensiva que algunos advierten podría estar amenazando esta democracia con enormes montos de dinero que buscan determinar algo que será proclamado oficialmente como la voluntad popular al cerrar las casillas el martes. El gran periodista veterano Bill Moyers señaló recientemente que aquí el dinero es el puñal dirigido al corazón de la democracia.