Opinión
Ver día anteriorDomingo 11 de julio de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Katyn
E

n septiembre de 1939, luego de la firma del pacto entre Hitler y Stalin, Polonia es invadida por el ejército soviético. La primera secuencia de Katyn, la cinta más reciente del polaco Andrzej Wajda (81 años), muestra a un grupo de ciudadanos de clase media que huyen de las tropas de ocupación nazi y se cruzan en medio de un puente con otros que a su vez huyen del avance de la milicia estalinista. De modo muy breve el cineasta plantea y resume la situación de un país atrapado geográficamente entre dos estados totalitarios que, a partir de un armisticio momentáneo, lo someterán sucesivamente durante medio siglo. Un personaje expresa su convicción fatalista: Polonia nunca será libre.

Basada en el libro Post Mortem: la historia de Katyn, de Andrzej Mularczyk, la película refiere uno de los episodios más siniestros de la Segunda Guerra Mundial: la masacre llevada a cabo en 1940 en el bosque ruso de Katyn, de 12 mil oficiales polacos, a los que seguirán otros diez mil prisioneros de guerra en distintos campos de detención, a manos de la policía secreta soviética, bajo las órdenes directas de Stalin. Las víctimas fueron enterradas en una fosa común en el bosque, y de ahí fueron exhumadas por los nazis en 1943 cuando la URSS y Alemania eran ya enemigos abiertos.

La propaganda hitleriana denunció el crimen, pero una vez concluida la guerra, el poder soviético logró revertir la acusación e incluyó a la masacre de Katyn en el gran número de atrocidades nazis. Todo mundo en Polonia supo durante décadas de la autoría real del crimen, pero el silencio y el miedo hicieron de esta falsificación uno de los mayores tabúes de la historia contemporánea. El director de Cenizas y diamantes y El hombre de mármol, tenía 13 años en el momento de la masacre, y su padre, Jakub Wajda, fue una de las víctimas directas. Katyn es la crónica de un cineasta octogenario con coherencia moral y vigor suficiente para señalar y corregir décadas de distorsión y de mentiras.

Al relato de ficción que protagonizan tres mujeres que esperan el regreso de un marido, un hijo o un hermano desaparecidos, negándose empecinadamente a aceptar la versión soviética, se añade material de archivo que ilustra lo sucedido. Un leve tono de serie televisiva amenaza con hacer naufragar a la cinta en las aguas del melodrama histórico, pero muy pronto se imponen la fuerza de las interpretaciones y el registro puntual de las atmósferas opresivas. La desesperación del oficial Andrzej, obligado por los soviéticos a separarse de su esposa e hija, encaminado a un destino incierto, mientras su padre, un profesor de Cracovia, es arrestado por los nazis por supuesto sabotaje ideológico, es sólo el inicio de la espiral de absurdos y arbitrariedades que transforman a Polonia en una mazmorra terrorífica.

Las mujeres viven esta situación en un total desamparo, aunque paulatinamente cobran una impresionante fortaleza espiritual. Su capacidad de resistencia adquiere tonos épicos, los mismos que el cineasta había registrado en la lucha ciudadana de Kanal (1957) contra la opresión totalitaria.

Luego de señalar el estado de pánico e inquietud colectiva durante el inicio de la guerra, Wajda refiere el espanto mayor que es el clima de pacificación represiva impuesto por el régimen comunista luego de la victoria sobre los nazis. Un clima que favorece el autoengaño y la traición, engendrados por el miedo, y que en una escena portentosa lleva a un joven militar polaco a darse un tiro en plena calle al percatarse del tamaño de su complicidad con la sistematización soviética de la mentira. La masacre de Katyn es descrita de modo descarnado en una de las recreaciones estilísticamente más sobrias en la carrera de Wajda. Una lección de historia sobre el poder de la simulación para sostener por largo tiempo una impunidad y una infamia. Una película indispensable.

Katyn se exhibe hoy domingo a las 18:15 horas y el próximo martes a las 16 y 20:30 horas, en el ciclo de cine polaco contemporáneo que presenta la sala 4 de la Cineteca Nacional.