Sociedad y Justicia
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Hubo llanto en algunos de los miles de aficionados que siguieron el duelo México-Argentina

El ¡sí se puede! se apagó en el Zócalo al minuto 25 de juego

La euforia generada por la revancha del Mundial de Alemania terminó en una marcha de silencio

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Seguidores de la selección nacional observan el partido entre México y Argentina en una pantalla gigante colocada en el Zócalo capitalinoFoto Cristina Rodríguez
 
Periódico La Jornada
Lunes 28 de junio de 2010, p. 42

El globo tricolor terminó de desinflarse. Y si ayer casi 70 mil pares de ojos observaron en el Zócalo capitalino la contundencia de la derrota, los de Víctor Roque, un adolescente, no resistieron y lloraron.

En la afonía de la plancha ardiente, al terminar el encuentro con Argentina, se desmoronó: estoy muy herido. Víctor fue el reflejo este domingo del sentimiento colectivo porque, otra vez, la selección perdió y ahora los aficionados no tuvieron siquiera el consuelo del ya merito. Es una lástima que no podamos superar el sueño del quinto juego, dijo entre sollozos.

Antes del silbatazo final, muchos comenzaron a abandonar la plaza, moviendo la cabeza de un lado a otro, agotados más por la decepción que por el calor y la espera, de pie, frente a la pantalla gigante instalada frente a Catedral.

La masa, que inició con gritos de ¡aaaaaagh! en las primeras jugadas de la selección nacional, se demudó. Por la avenida Madero avanzó hacia Bellas Artes una inusual marcha de silencio. Y todo por un revés en el futbol.

El ánimo de la revancha del Mundial de Alemania llevó a miles de personas al Zócalo. A las 10 de la mañana, muchos ya se habían apretujado frente a la pantalla, en el mejor lugar, y poquito antes de la una, la policía de la ciudad cerró el acceso.

Una vez más se impidió la entrada con cualquier tipo de bebida. El negocio estaba adentro: 10 pesos las cocacolas.

De la mano de su mamá, muy temprano, Manuel –un chico de nueve años de tercer año de la escuela Francisco Zacarías– subió en la estación Popotla del Metro. Ya en el Zócalo, su mamá le pintó en el pecho y la barriga desnudos: ¡Dale, México, dale!

Con esa sola frase acaparó entrevistas para la televisión y la radio, fotografías, y su presencia fue más notoria que los bigotudos con sombrero y los enmascarados.

Entre los patrocinadores, Sony organizó un duelo México-Argentina en su versión Sudáfrica de futbol para Play Station 3, que ganó otro adolescente, de nombre Rubén. En ese mundo virtual, México ganó 1-0, con un golazo de Cuauhtémoc Blanco.

El tiempo ya estaba encima, la raza se desesperaba antes del comienzo del cotejo, y los organizadores aún introdujeron un breve homenaje a Carlos Monsiváis.

Mientras en la pantalla aparecía una fotografía del cronista, y una breve biografía en letras blancas sobre un fondo negro, un animador patinó: “¡Aplausos para Monsi, que estaría aquí si estuviera con vida!”

Bajo el pleno sol de verano, los fieles seguidores del Tri observaron un bonito juego y sufrieron nuevamente la maldición del travesaño. Y los gritos de ¡sí se puede, sí se puede! se apagaron al minuto 25.

El Zócalo se congeló a pesar de los 30 grados centígrados, y la pifia de Ricardo Osorio desfondó el ánimo.

Al medio tiempo, las empresas que pagaron la infraestructura montada en el centro de la capital regalaron una pantalla de plasma.

–¿Cómo te sientes? –le preguntaron las animadoras al chavo que se llevó la tele.

–Me siento triste… ¡Pero muy feliz por mi pantalla!

–Al minuto 15 del segundo tiempo, David grababa en video el derrumbe de la selección.

Por fin, al 70 se despertó la ilusión, apenitas para apagarse 20 minutos después.

Y otra vez la realidad del futbol nacional. Los botes de las cocas y las bolsas de papitas las arrastraba el viento. Ayer, la afición ni siquiera tuvo el consuelo de que los mexicanos jugaran como nunca. Se conformaron con perder como siempre.