Opinión
Ver día anteriorJueves 28 de enero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
La muerte de Büchner
E

l Teatro El Milagro presenta una pequeña temporada con obras de diferentes estados (algunas ya vistas en sus sedes y en muestras nacionales) y colabora en la producción del estreno nacional de La muerte de Büchner de Edén Coronado dirigiendo el grupo del que es uno de los fundadores a pesar de su juventud, El rinoceronte enamorado, antes de que se escenificara en su natal San Luis Potosí. Con este texto –y con algún montaje anterior– Edén se aparta del interés inicial y públicamente declarado por su colectivo de hacer un teatro que hable de su región, para encarar un tema de fuertes resonancias existenciales que le mereció el premio de dramaturgia Manuel José Othón. Tomado el título de una de las tres obras dramáticas de Georg Büchner, La muerte de Dantón, la obra se propone narrar los últimos momentos del innovador dramaturgo alemán con intrusiones de recuerdos de su vida, su padre y su amada Minna y la presencia espectral de sus personajes biografiados literariamente, Dantón y Jacob Michael Reinhardt Lenz, el demente dramaturgo del movimiento Sturm und Drang (Tormenta e Ímpetu) que inició el romanticismo, autor de una obra, El soldado, que se tiene como antecedente de Woyzeck y de quien Büchner escribió una novela –que desconozco– basada en un incidente de su vida.

Es bien sabido que Georg Büchner concibió su obra acerca del revolucionario francés en momentos en que su propio movimiento de socialismo de vanguardia organizador de un levantamiento campesino, había fracasado, muchos de sus amigos presos y él refugiado en Suiza en donde impartió cátedras y en donde murió. Al mismo tiempo, la llamada Restauración que en toda Europa restablecía las monarquías tras la muerte de Napoleón se prestaba al desaliento de toda aspiración progresista. Es esta línea de pensamiento pesimista, la del hombre vencido por algo más fuerte que su voluntad, la que elige Coronado por encima de otra que apuntan algunos estudiosos, la del escritor progresista que delata en su obra la injusticia clasista de su sociedad al ubicar a su protagonista en el momento de su muerte, diseccionado por sus recuerdos y sus fantasmas en una obra de gran aliento que, quizás, merecería ser escenificada por un elenco de mayor fuerza actoral.

La sólida trayectoria de El rinoceronte enamorado le ha permitido convocar a teatristas consagrados de otros lares para diversas escenificaciones. Ahora cuenta con dos creadores teatrales de singular importancia que ya han trabajado con el colectivo. Uno, el muy talentoso director Mauricio Jiménez que encarna como actor al médico padre del protagonista, el que sin duda resulta el más convincente a juzgar por su actitud y gesto facial, pero al cual por desgracia no se le escuchan sus parlamentos –y no por mí, que ya tengo problemas con la edad, sino confirmado por otros espectadores que se quejaron de ello–, lo que sorprende porque se le ha visto y oído actuar en otros montajes. El otro es el dramaturgo y actor Enrique Ballesté fundador del importante y ya desaparecido grupo Zumbón, quien ha sido actor y autor con el grupo y que representa a un disminuido Dantón, muy alejado no sólo de su corpulencia física (según decía La naturaleza lo había dotado del cuerpo de un atleta y los rasgos rudos de la libertad por sus marcas de viruela y su nariz rota), sino de la mundana arrogancia que mantuvo aun en sus momentos postreros de abatimiento y de derrota. Bernardo Gamboa, en quien recae el mayor peso del montaje como Büchner está bien aunque poco matizado, lo mismo que Antígona González como Minna –ambos de gran expresión corporal demostrada en la escena de amor que me parece excesiva en una obra de palabra y concepto–, y Antonio Herrero en su demente fantasma de Lenz.

La dirección del propio autor juega con la mesa de disección que al volcarse se convierte en otro objeto, parte de la escenografía diseñada por Edita Rzewska –autora también del vestuario– y por Edén, que se complementa por los dos grandes bastidores transparentes al principio y fin del corredor que viene a ser el espacio escénico y es apoyada por la iluminación de Gabriel Pascal. La escenificación, que añade la música de Darío Parga deja el deseo de conocer en lectura este texto en que los diálogos tienen resonancias de la obra de Büchner.