Opinión
Ver día anteriorLunes 28 de diciembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Halo: Celan y gritos
A

ri Benjamin Meyers (Nueva York, 1972) se estableció en Berlín en 1996 por evidente empatía cultural. Autor de una Sinfonía X bastante crossover y de la atractiva ópera Nico: la esfinge de hielo (sobre la cantante y diva alemana que en los años 60 del siglo XX hizo chuza en Nueva York con Bob Dylan, Andy Warhol, Velvet Underground y Jim Morrison, luego de trabajar en La dolce vita de Fellini; tuvo un hijo con Alain Delon). Con la Redux Orchestra, Benjamin Meyers ha experimentado el pretendido dadaísmo de la música que está por fuera de la música misma: la música de las cosas, por así decir.

Chris Spencer, guitarrista de hierro y vocalista de incontenible furia, hecho y cocido en el más crudo rock de los años 90, arrabalero, pero experimental, estaba que ni mandado hacer para la energía de Benjamin Meyers. Reunieron en Alemania a los roqueros Franz Xaver, Phil Roeder y Nikko Wenner, y armaron la banda de hardcore Celan, con el tremor del gran lírico de lengua alemana Paul Celan (1920-1970).

El pensamiento musical es clave en la lírica celaniana. Sus grandes poemas (Fuga de muerte, Stretta) se alimentan del aliento vasto, si lo hay, de Bach, aunque la crítica contemporánea lo asocie mejor a Anton Webern, por buenas razones. Abundan musicalizaciones de sus versos, y al menos Michel Nyman ya creó un importante álbum de lieder para la cantante Ute Lemper, quien aporta la intensidad dramática que Nyman solo nunca hubiese logrado.

Hoy, Paul Celan está en todas partes. Su fama de intraducible y oscuro ocasionó una carrera por entenderlo que hace abundantes las versiones de su obra al castellano, el inglés y el francés. En México fue explorado tempranamente por Mariana Frenk y Gabriel Zaid (y en Argentina por Rodolfo E. Modern), pero quien lo presentó de lleno entre nosotros y lo tradujo con paciente intensidad desde la década de 1970 fue José María Pérez Gay, quien publicó en 1998 la impecable antología Sin perdón ni olvido (Cuadernos de la Memoria, Universidad Autónoma Metropolitana, México).

En España han proliferado las traducciones de poemas y libros Celan en los pasados 20 años. Uno de sus primeros intérpretes ibéricos fue José Ángel Valente. En 1999, Luis Reyna Palazón tradujo la poesía completa (Editorial Trotta, Madrid), pero se siguen intentando versiones.

Letra por letra, palabra por palabra, la poesía de Celan no sólo representa un reto lingüístico; ante todo presta voz a la sensibilidad contemporánea, tan proclive a los apocalipsis, el desencanto y la deconstrucción. Tendió un timbre nuevo entre el paisaje de la desolación y la calidez del canto humano. Que ahora lo tome por asalto el rock duro se antoja apenas la última carcajada de su calavera flotante. Depresivo, obsesivo, aplastado por su genialidad, Paul Celan sobrevivió al fin del mundo, pero no al hecho de haber sobrevivido.

Fue tan original que no faltó quien lo acusara delirantemente de plagio en Alemania, país que nunca vivió, apenas visitó, y ha debido tragárselo como su mayor poeta después de Rilke y Brecht. Los verdaderos ecos de Celan fueron René Char, Paul Eluard y sus queridas poetas Ingeborg Bachman y Nelly Sachs. Y más atrás, sí, Hölderlin, pero sobre todo la siempre inexplicable Emily Dickinson, a quien tradujo del inglés.

En dicha lengua, su pionero fue el gran John Middleton Murry, y su primer traductor en amplitud, el poeta inglés de origen alemán Michael Hamburger. Hoy dominan el campo John Felstiner (biógrafo y autor de una celebrada traducción en WW Norton, 2001) y Pierre Joris.

Pero el ámbito donde adquiere mayor interés cultural es el francés, a final de cuentas el espacio físico y filosófico que habitó Paul Celan entre 1950 y 1970. En Francia tuvo, en vida, sus verdaderos interlocutores, y sus primeros verdaderos admiradores (Edmond Jabés, Jacques Derrida). EM Cioran ofrece un retrato problemático (como también lo haría el dramaturgo suizo Friederich Dürrenmatt): Algo dentro de él debió romperse muy tempranamente, aún antes de las desgracias que cayeron sobre su gente y sobre él mismo, escribe Cioran en referencia al impacto del Holocausto judío y la muerte de sus padres a manos de los nazis, deportados de la Bukovina rumana a los campos de confinamiento en Transistria. ¿Era culpable de ser infeliz, condenado a no encontrar su lugar en ninguna parte? Había, en este hombre, algo parecido a un sentido de no-futuro; fue un ser trágico, concluye Cioran, y por eso representa para nosotros algo más que un poeta.

En el siglo XXI Celan está a merced del punk y los heavy metaleros. Tanto que cuidó le mot juste y la entraña misma del sentido (para lo cual destripaba las palabras y volvía a construirlas; violentó con saña y ternura al idioma alemán, dice Pérez Gay), ahora asoma en los alaridos y ladridos desesperados de Chris Spencer, vocalista de Celan, la banda (en el disco Halo, 2009). ¿Bienvenido a casa? A todo volumen.