Opinión
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Cuba, 1810: ¿Haití o México? ¿Washington o España?
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ómo transcurría la vida en Cuba a la hora de la emancipación hispanoamericana, y cuando la colonia pasó a ocupar el lugar de azucarera del mundo ocupado por Haití hasta su terrible guerra independentista y antiesclavista? En Cartas habaneras (1820), el viajero inglés Francis Robert Jameson apunta: La tertulia tiene lugar con la ceremonia y el orden debidos. La Habana puede ofrecer muchos salones con mujeres agradables y bonitas y hombres razonablemente caballerosos.

Añade: “… pero existe un aire de formalidad en las buenas maneras de estos últimos que resulta muy anticuado. Cuando un ‘caballero’ bien educado se despide después de haber hecho una visita, hace una reverencia con toda corrección, otra a la mitad del trayecto hacia la puerta, y una tercera al llegar al umbral”.

Concluye: Todo eso estaría muy bien, parece cortés y majestuoso y da la importancia de un alto concepto de los modales de salón, de no haber estado el caballero, durante todo el tiempo de la visita, escupiendo alrededor de su silla en forma tal como para revolverle a uno el estómago (Gustavo Eguren, La Fidelísima Habana, Ed. Letras Cubanas, 1986, p. 217).

Caminando por La Habana, el francés E. M. Masse ensaya otra mirada: En general hay aceras, pero son muy estrechas. Algunas no son más que terraplenes, y a cada paso se corre el riesgo de caer en el fango. Los negros raras veces ceden el paso. Se me ha explicado que, entre los españoles, es costumbre que la persona que se considera superior sea la que cede el paso, de lo cual procede esta costumbre de los negros, chocante e insolente a la vista de los extranjeros (L’lle de Cuba et La Havane, 1825, ídem, p. 214).

Jameson y Masse pintaron de cuerpo entero la relajada y a un tiempo general tranquilidad de la isla, de la que el capitán general José Joaquín de Muros (marqués de Someruelos) se ufanaba en misiva al Consejo de Regencia (formado en Cádiz tras la invasión de Napoleón y la fuga del rey Fernando VII): Mi sistema es procurar saberlo todo, disimular mucho y castigar poco; esto me basta para evitar desórdenes (ídem, p. 206).

Sin embargo, los hispanocubanos (españoles y criollos) andaban inquietos. De Francia les llegaba el miedo a las libertades consagradas por la Gran Revolución. De Haití, el miedo al vértigo justiciero de los negros y mulatos. Y de México, el miedo al bando de Miguel Hidalgo: Que siendo contra los clamores de la naturaleza, el vender a los hombres, quedan abolidas las leyes de la esclavitud (1810). Sólo la propuesta del aristócrata Thomas Jefferson a Napoleón les daba cierta tranquilidad: que Francia le entregara Cuba a Estados Unidos (1809). Así nació el anexionismo cubano.

El real decreto del 14 de febrero de 1810 (expedido por el Consejo de Regencia a nombre de Fernando VII) concedió a los cubanos que empezaban a discutir su nacionalidad real, el derecho a tener representación en las nuevas y liberales cortes españolas. Aparecieron entonces los promotores de una conspiración masónica, encabezada por Román de la Luz y Caballero y Joaquín Infante, quienes proponían la independencia de Cuba sin abolir la esclavitud.

Simultáneamente, en la cátedra de Filosofía del Seminario de San Carlos y San Ambrosio de la Universidad de La Habana, los jóvenes oían con devoción a Félix Varela, cura de 23 años que, según el masón De la Luz y Caballero nos enseñó primero a pensar. Varela sostenía que su cátedra era la de la libertad y los derechos del hombre, vocablos prohibidos.

El historiador Salvador E. Morales recuerda que en abril de 1811 las Cortes de Cádiz incorporaron las ideas del representante mexicano José Miguel Guridi y el liberal español Agustín Argüelles.

Guridi pedía la erradicación de la tortura y la importación de los esclavos en las colonias hispanas, y Argüelles solicitaba una gradual abolición del tráfico esclavista y de la propia esclavitud.

“En La Habana –escribe Morales– se produjo una fuerte reacción, la cual concertó fuerzas americanas e hispanas con el fin de frustrar las tímidas y eclécticas reformas al régimen esclavista. No obstante, a la postre triunfó y fundamentó el radical deslinde con los movimientos independentistas que se habían iniciado en el continente. Pocos fueron los que se arriesgaron a otorgar un adarme de simpatía a la causa anticolonial.” (México y el Caribe 1813-1982. Relaciones interferidas. Secretaría de Relaciones Exteriores de México, 2002, p. 18.)

Masse, el viajero francés, andaba bien encaminado: en Cuba “… los negros rara vez ceden el paso”. Y prueba de ello fue la rebelión dirigida por el negro libre José Antonio Aponte.

En febrero de 1812 estallaron levantamientos en los ingenios de Puerto Príncipe, Holguín, Bayamo, Trinidad y hasta en La Habana. La insurrección tendía a conseguir en Cuba lo que Touissant L’Ouverture en Santo Domingo. Las cabezas de Aponte y ocho de sus seguidores fueron colgadas en el puente de Chávez.

La guerra anticolonial, antiesclavista y antimperialista empezaba una larga y penosa marcha de liberación nacional.