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Ver día anteriorMartes 21 de abril de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Saber para resolver
D

esde la remota antigüedad las relaciones entre la ciencia y la tecnología han sido un tema altamente polémico para los hombres.

Marx percibió que Platón había establecido una distinción en favor del conocimiento teórico abstracto frente a la actividad manual basada en la práctica, y que para Aristóteles, su discípulo predilecto, el conocimiento científico (episteme) era deseable por sí mismo, mientras que la técnica (techne) era sólo un medio para satisfacer las necesidades humanas. Lástima grande: sólo para eso.

En el siglo XVII, el filósofo inglés Francis Bacon, trabajando en Cambridge, concluyó que los métodos usados y los resultados obtenidos por las diversas ciencias eran erróneos, y defendió la tesis de que el conocimiento para manipular las cosas materiales era más útil para el progreso social que el saber abstracto; había que reducir el dogma teoricista, siempre presente en la civilización occidental.

Pero el dogma teoricista continuó reinando. De hecho, a finales del siglo XIX la actividad científica empezó a ser institucionalizada con rapidez, con lo cual la ciencia moderna occidental se apropió de la tecnología, por así decirlo, la subordinó a lo abstracto y la presentó como muestra de la aplicación de los conocimientos científicos teóricos; esto es, como el resultado tangible de un conocimiento de orden superior. Ese sentimiento provinciano sigue tan vivo como siempre.

Reacciones contrarias de tecnólogos contemporáneos: Layton y Storer escribieron: La ciencia moderna tiene poca importancia para la gran mayoría de las personas del mundo, incluso para las poblaciones de las naciones más avanzadas e industrializadas [...] La ciencia y su esfuerzo por hacer progresar el conocimiento teórico no tienen prácticamente efecto alguno en la gente corriente de cualquier sitio. Debe agregarse que aunque las cosas son así, ello no significa, en modo alguno, que la ciencia no importe; nada más lejos de ello.

Ciertamente, conforme más lejos vayamos hacia atrás en la historia, hallaremos un número mayor de realizaciones autónomas de la ciencia y de la tecnología. La máquina de vapor fue inventada y utilizada mucho antes del nacimiento de la termodinámica. A su pesar, la historia de ambas es la de un viaje de convergencia permanente hasta fundirse.

Una exploración mínima en el tema nos muestra que, tanto la clonación de la oveja Dolly como el campeonato mundial de ajedrez que ganó por primera vez una computadora (bautizada como Deep Blue), dos ejemplos entre miles, son producto de la ciencia y de la tecnología; lo que el filósofo belga Bernard Hottois ha llamado tecnociencia.

Hoy por hoy dos grandes ámbitos parecen dominar este campo de la actividad humana: la biotecnología y las tecnologías de la información y las comunicaciones: tecnociencia, sin más. Sin pensar en ello, tecnociencia se hace en la NASA desde su nacimiento, como en Silicon Valley o en Bangalore o en los muchos espacios del mundo donde la actividad humana consiste en conocer cada vez más profundamente la naturaleza (los hombres incluidos), a efecto de transformarla y adaptarla a las necesidades humanas en cambio perpetuo.

La tecnología de punta ya no procede de artefactos sencillos como en los pasados siglos, sino de la aplicación de conceptos complejos y sofisticados de la ciencia (como pasa, digamos, con la energía nuclear o el aprovechamiento del efecto túnel de la mecánica cuántica), y prácticamente hoy no hay ciencia básica que no recurra a la utilización de un complejo aparato tecnológico (superaceleradores de partículas, telescopios como el Hubble, por ejemplo). Conocer y transformar es un proceso mediado por la innovación permanente: es el corazón del desarrollo socioeconómico en nuestros días. Un proceso inexorable, que, de otra parte, exige una crítica social alerta y permanente.

Es claro que las universidades han de reformarse para llevar a cabo sus tareas en línea con la naturaleza de la tecnociencia de nuestros días. Los patrones de organización universitaria, como los modelos pedagógicos, han de ser consistentes con las formas como se genera y usa el conocimiento del presente.

Hace unos días se reunieron en Cancún el Conacyt, el IPN, la UNAM, el Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal, el Consejo Quintanarroense de Ciencia y Tecnología, el Foro Consultivo y Tecnológico, y el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Guanajuato.

El director general del IPN, Enrique Villa Rivera, propuso analizar dos posibilidades: modificar las instituciones educativas y las universidades o crear nuevas bajo otro paradigma. Dijo que México requiere transformar sus instituciones de educación superior, porque de lo contrario la comunidad científica nacional seguirá hablando, como durante los pasados 20 años, de la poca relación entre los sectores de investigación y producción, y que el país todavía no pasa de 0.4 por ciento del PIB para la investigación y el desarrollo tecnológico, pero tampoco ha cambiado lo que se hace en la universidad; por eso es necesario iniciar procesos de transformación.

Juan Pedro Laclette, coordinador de la reunión, dijo que la política de Estado en México, en cuanto a ciencia y tecnología, carece de objetivos y metas regionales, así como de apoyo para la formación de recursos humanos y asignación de presupuesto. Sergio Alcocer, de la UNAM, destacó que una transformación pendiente es vincular las políticas industriales con las educativas, científicas y de innovación.

Palabras necesarias que indican que en México no hemos dado los primeros pasos para poner al día nuestras instituciones educativas y de investigación con los nuevos tiempos del saber y del hacer tecnocientífico para el desarrollo del país.