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México D.F. Jueves 10 de junio de 2004

Olga Harmony

Lecturas de la CNT

El éxito de las lecturas de la Compañía Nacional de Teatro (CNT) es una espada de doble filo. Por una parte nos hace conocer textos de autores mexicanos y de otras naciones, manteniendo, como ya se ha indicado, un núcleo de muy buenos actores a los que se puede recurrir en las escenificaciones de la propia compañía, pero por otra no cesa la inquietud de varias personas del gremio de que, en vista de lo alcanzado con tan pocos (poquísimos, en realidad) recursos se limiten aún más los presupuestos. De dos de las obras leídas se harán ensayos con vista a un montaje a la espera de que algún productor independiente se interese para presentarlas, pero sea cual fuere el resultado, se trata de una lección en vivo, y con los mejores elementos, para incipientes teatristas y aun para refrendar y comparar conceptos para aquellos más avezados.

El nido de Juan Tovar no tendrá ensayos públicos, sino que se hicieron dos lecturas consecutivas y su director, David Olguín, presentó una escenificación casi completa -a excepción de la memorización total- con un trazo que rebasa la mera lectura y con apoyo del espacio y la iluminación diseñados por Matías Gorlero, así como las proyecciones de la pintura de Manuel González Serrano, el pintor ''maldito" sin estudios formales de ninguna clase en cuya vida y obra se basa Tovar para su texto. Es bien sabido que el atormentado artista fue descubierto e impulsado al reconocimiento nacional por el maestro Ricardo Pérez Escamilla, autor de un libro acerca del mismo y cuya colección fue en parte proyectada durante la representación. A raíz de una exposición en el Palacio de Bellas Artes en 1998, curada por el coleccionista, los más importantes críticos de México repararon en ''el hechicero", como lo bautizara su promotor, aunque su obra no sea todavía lo suficientemente conocida por el público.

El dramaturgo toma aspectos de la vida de González Serrano, el desdén que le tienen los padres anteponiendo el recuerdo del hermanos muerto -El nido es el nombre de un cuadro del artista y Tovar lo refiere a la figura paterna-, la religiosidad familiar, los desequilibrios del personaje aumentados por alcohol y mariguana, su obsesión por la pintura -que registra sus muchos Cristos como un retorno a los orígenes familiares- sus estadías en hospitales siquiátricos, la lobotomía que se le practica y su muerte a los 43 años. David Olguín realiza un montaje de varios personajes con algunos actores que doblan papeles, a excepción del protagónico encomendado a Jorge Avalos, por lo que es notable el desempeño de Laura Almela, Mariana Giménez, Joaquín Cosío, Moisés Arizmendi, Enrique Arreola y Roberto Soto. El director tiene momentos muy brillantes, como es la supuesta escenificación de una obra de Magdalena Mondragón -mujer del artista y mucho más reconocida que él- con las butacas al fondo, o la imagen de los familiares de González Serrano enmarcados.

Otros lugares es el nombre con el que el director José Caballero agrupó tres obras de Harold Pinter. Voces de familia, el radio teatro del que existe una adaptación muy libre hecha por David Olguín, Cartas a mamá, se inscribe de algún modo en su teatro del temor y fue leída por Carmen Beato, Arturo Reyes y Rubén Cristiani -quien repite el papel que hizo en la versión de Olguín dirigida por Rodrigo Johnson- en un área del escenario ocupada por tres sillones. Inmediata a ésta, dos asientos con una mesita -una será un automóvil- es el espacio para Estación Victoria, divertida farsita casi del absurdo en que actúan nuevamente Arturo Reyes y Carmen Beato, en abierto contraste actoral con la obra anterior. El tercer espacio diseñado por Matías Gorlero -los tres son sucesivos, separados por cuadrángulos de luz- consta de un gran lecho en el que yace una mujer interpretada por Lucero Trejo y bastante alejados, un asiento y una mesita que ocupará el médico, al que incorpora Rubén Cristiani en Una suerte de Alaska, el más potente texto de los tres y en el que se añade la presencia de Erika de la Llave, hermana de esa paciente de mal del sueño que despierta 29 años después, tras una vida perdida y que se niega a esa realidad. Es evidente que la apuesta de Caballero está en los actores, a los que da ritmos y modos contrastados, pero yo quería distinguir sobre todo el excelente desempeño de Lucero Trejo, que da todos los desesperados matices de su niña avejentada y a Erika de la Llave que hace un papel muy pequeño después de haber sido una aclamada Fedra. Con elementos como todos ellos se tiene gran confianza en la CNT.

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