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México D.F. Domingo 17 de agosto de 2003

Robert Fisk

Testigos del genocidio

Estaba yo en Locarno esta semana, atacando a la juez suiza Carla del Ponte por atreverse a amenazar a periodistas que se niegan a aportar evidencias contra criminales de guerra serbios. ƑPor qué ella y sus "interrogadores" no someten a juicio a algunos de mis criminales locales de guerra en Medio Oriente, por ejemplo Rifaat al Asaad o Ariel Sharon? Y entonces, en esa misma calle, en una pequeña y atestada sala de cine, los suizos dieron una lección de lo que son crímenes de guerra. O de cómo el conocimiento de los crímenes de guerra -y la negativa a prestar testimonio sobre ellos- es un crimen en sí mismo.

Misión en el infierno es un filme aterrador que da cuenta de un capítulo vergonzoso y secreto de la Segunda Guerra Mundial, tan desconocido en Gran Bretaña como lo es aun en Suiza. Hay que elogiar, por lo tanto, al pequeño Festival Cinematográfico de Locarno por mostrar esta exposición de dos horas y media, dirigida por Frederic Gonseth, de las misiones de la Cruz Roja suiza en el frente oriental nazi, entre 1941 y 1944.

Todos sabemos, por supuesto, que el Comité Internacional de la Cruz Roja fue engañado por los alemanes para que escribiera informes resplandecientes sobre el trato humanitario dado a los judíos en Theresienstadt y otros campos de concentración. Todavía estoy dispuesto a creer en la palabra del historiador suizo del organismo en la Segunda Guerra Mundial -cuando lo entrevisté, hace 16 años- de que "la perversidad de Adolfo Hitler estaba en un nivel que dejaba a la Cruz Roja en un mundo moral diferente", pero estoy mucho menos convencido de que exista alguna excusa para lo que ocurrió con las cuatro misiones de la Cruz Roja en la Rusia ocupada por los nazis.

Lo que la película de Gonseth revela es algo único: un grupo de cirujanos, médicos y enfermeros morales, neutrales, ninguno de ellos alemán, fueron enviados a atender a las víctimas tanto rusas como alemanas de la operación Barbarroja de Hitler, pero poco a poco fueron siendo presas de la propaganda nazi, de la cobardía moral y, lo más doloroso de todo para Suiza, de las amenazas de un gobierno suizo desesperado por ocultar al mundo la evidencia que poseía de asesinatos en masa y genocidio.

En total, 200 médicos y enfermeros suizos tomaron parte en cuatro misiones a la Europa oriental ocupada. Incluso hay escenas de esos liberales de mirada brillante al partir de la estación de Zurich (todos habían afirmado por escrito que eran 100 por ciento "arios") y hay cantidad de documentos para demostrar que, sin que los médicos suizos lo supieran, estaban bajo el control di-recto de la Wehrmacht.

Ancianos sobrevivientes de las misiones relatan el horror que sintieron ante la muerte de jóvenes soldados alemanes en los alrededores de Smolensk, amputaciones sin anestesia -hay tomas horribles de una de esas operaciones- y el médico de la Cruz Roja que resultó ser amigo de Himmler y que más tarde recomendó que los misioneros suizos trabajaran en coordinación con las Waffen SS.

A lo largo de este catálogo de evidencias los ancianos médicos suizos recuerdan cómo fueron comprendiendo -con demasiada lentitud, podríamos agregar- que no se les permitiría auxiliar a los heridos rusos. A un suizo le ordenaron sacar rusos del hospital; otro recuerda los trenes cargados hasta de 3 mil prisioneros rusos de guerra, "con la cara cubierta de pelo y polvo", que peleaban entre sí por pan, o cómo se dieron cuenta de que 200 mil presos rusos quedaron reducidos a 20 mil durante el verano de 1941-1942. Una enfermera suiza repite una y otra vez: "los mirábamos por la ventana; algunos no traían ni zapatos".

Un médico relata cómo vio que un prisionero ruso, que dos camaradas traían cargado, se les desplomó entre los brazos. "No cumplí mi deber de doctor y de ser humano por miedo a meterme en problemas con los alemanes."

Hay unos cuantos héroes. Un médico, según recuerda otro en la cinta, ya no soportó ser testigo de semejante maldad. "Cuando vio lo que pasaba no pudo soportarlo y fue enviado a casa, yo creo que solo." Hubo también un suizo que se las ingenió para meterse en pleno gueto de Varsovia y atestiguar de primera mano el Holocausto.

Charlotte Bisregger-Breno, enfermera, dice: "Había personas acostadas en el suelo, vestidas con harapos". Y Charles Walderberger: "Había personas en el suelo, más o menos inconscientes, algunas tal vez muertas, no sé". O Therese Buhler: "Había una cabaña de madera. Y el guardia del cementerio se nos acercó y dijo: 'Vengan conmigo'. Nos llevó a una especie de cabaña y abrió la puerta. Sentí que tenía que vomitar. El olor era espantoso. Había montones de cadáveres, jóvenes, viejos, de todo tipo".

Como la cinta de Gonseth deja en claro, los suizos estuvieron entre los primeros testigos neutrales del genocidio de rusos -la intención de Hitler era dar muerte a sus millones de prisioneros soviéticos-, así como del Holocausto judío. Pero cuando los últimos misioneros suizos regresaron a su patria, en 1944 -escaparon por poco de ser capturados por el Ejército Rojo que avanzaba-, optaron por la discreción en vez del valor, y cerraron durante 60 años los libros que llevaban cuenta cotidiana de los horrores presenciados, con tal de no dañar la supuesta neutralidad de su país.

Uno de ellos -Rudolf Bucher- merece ser un héroe suizo. Dio conferencias en Zurich, contó a sus compatriotas lo que había visto, mostró crueles fotografías de la carnicería en el frente oriental y condenó la persecución de judíos. Un policía secreto suizo, presente en la conferencia, tomó notas y Bucher fue amenazado con el arresto, se le prohibió hablar en público y se le advirtió -horror de los horrores, pensé al oír esto- que no se le permitiría prestar servicio en el ejército suizo.

Tiempo después la hija de Bucher se referiría a la "opacidad del juego político", forma gentil, tal vez, de referirse a la extraordinaria declaración del ministro suizo del exterior, Marcel Pilet-Golaz, quien en 1941 escribió que "nosotros (los suizos) debemos continuar demostrando el indeclinable apo-yo que merece el esfuerzo alemán".

No, no es mi intención avergonzar a los suizos. Mis mayores elogios son para quienes elaboraron este notable documento. Mis respetos para los médicos que, aun demasiado tarde, aportaron su testimonio. "ƑQué podíamos hacer?", pregunta uno de ellos con voz lastimera.

Tampoco estoy convencido de que Carla del Ponte tenga derecho de coaccionar a periodistas para que proporcionen evidencias de los crímenes de hoy en día.

Aún deseo que los criminales de guerra de Medio Oriente sean llevados a juicio si los periodistas van a atestiguar ante esa juez. Pero recuerdo que hace 20 años escribí un largo reportaje para mi antiguo empleador -The Times-, relativo al uso del gas por Saddam Hussein en la guerra contra Irán -había visto jóvenes soldados iraníes arrojando los pulmones a toses en toallas, en un tren hospital militar que volvía a Teherán desde el frente de guerra-, y también a un funcionario del servicio exterior que esa misma semana dijo a mi entonces director que mi nota "no era útil"... porque, claro, en ese tiempo apoyábamos a Saddam, y Donald Rumsfeld se reunía con él por esas fechas para tratar de convencerlo de permitir que se reabriera la embajada estadunidense en Bagdad.

"No era útil." Sin duda eso era exactamente lo que pensaban los suizos de la evidencia que recabaron sus médicos en el frente oriental.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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