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P O L I T I C A
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México D.F. Jueves 8 de mayo de 2003

Armando Bartra /I

Lo difícil es ganar

Superando desconfianzas construyeron un amplio frente campesino; a finales de 2002 saltaron a las ocho columnas y consiguieron 15 mil millones más de presupuesto; la de enero fue la mayor movilización rural en la historia de México; en febrero integraron un programa de todas las organizaciones, CNC y CAP incluidos; en marzo el presidente Vicente Fox tuvo que negociar toda la agenda campesina y temas tabúes, como el artículo 27 constitucional y el TLCAN; en abril trastabillaron. No porque el gobierno derechista y neoliberal haya resultado derechista, neoliberal y poco dispuesto a una rectificación estratégica, sino porque ese mes el movimiento El campo no aguanta más (MCAM) se topó con sus propios demonios.

Presentado por el gobierno como "el pacto ciudad campo y nueva política rural" -que no es-, el saldo del primer ciclo de lucha y negociación fue evaluado severamente, soslayando que la derecha ganó las elecciones de 2000 y gobierna el país, que el movimiento es gremial -no político- y consiguió notables logros en la defensa del maíz blanco y el frijol, en la planeación agraria multianual, en la apertura de temas prohibidos -como el agrario- y en el reconocimiento de que el campo está en crisis y salvarlo es prioridad nacional. Acuerdos mínimos, vanos si quedan en el papel, pero buenos para avanzar si en verdad se persevera. Se entreabrió una puerta clausurada por 15 años y que ahora hay que empujar para poder abrirla más y evitar que se cierre.

Con el Presidente empeñado en travestir un módico acuerdo en el Gran Pacto, si el MCAM rompía se arriesgaba a que el éxito político se lo embolsaran los charros y el gobierno, los logros tangibles fueran a las arcas de la CNC y el CAP, y el clientelismo agrario lograra un entendimiento con Fox, quedando los campesinos ante una alianza PRI-PAN como la que enfrentan los obreros. Pero, además, se esfumaba la correlación de fuerzas que posibilitó el inusitado avance de los meses recientes, pues la coyuntura prelectoral (en la que apostándole al campo ganaba el mal gobierno, los charros y los campesinos) no se repetirá. El MCAM la libró bien, al proclamar lo corto del pacto, señalar los pendientes y anunciar la continuidad de la lucha; pero sobre todo al dejar que las bases de cada organización decidieran si firmaban o no, evitando que fuera asunto de ruptura.

Tránsito sereno que se dio entre aplausos y abucheos. Sobre todo abucheos, pues el movimiento ha tenido éxito de público pero mala crítica. Y paradójicamente los juicios más severos son de analistas vinculados con la izquierda social, que generalmente alientan estas luchas. Cierto: la dirigencia se embrolló en un documento farragoso en el que lo que el gobierno venía haciendo se mezcla con los saldos netos de la negociación. Así, los comentaristas criticaron su forma, coincidieron con los campesinos en que es limitado y algunos opinaron que pudo ser más. Lo normal. Pero además hubo regaños, denuestos ofensivos, censuras, acusaciones graves, difamaciones. Por momentos, la campesina parecía una lucha incómoda para cierta izquierda.

Era como si les diera coraje. ƑPor qué? Dos meses antes de que estallara el movimiento, Luis Hernández formuló un juicio lapidario que no ha rectificado: "Las grandes organizaciones sociales (...) viven hoy su nadir (...) Hace años (...) aspiraban a transformar el país (...) hoy son corrientes dentro de partidos de izquierda. (En cuanto a...) las organizaciones campesinas nacidas en los 70 en la lucha por la tierra o la apropiación del proceso productivo (...), su proyecto de hacer política desde abajo se esfumó (...) Irónicamente parte del espacio político que (...) ocuparon ha sido conquistado por la CNC" (La Jornada, 8 de octubre de 2002). Ocho semanas después se desataba el movimiento encabezado por las organizaciones que el analista da por muertas. Tres meses más tarde, Javier Elorriaga, del FZLN, escribía: "Quesque hay un movimiento campesino en boga, dicen los medios de comunicación y los miembros de la clase política. Y uno (...) sale a la calle y al campo y lo único que encuentra es que hay un movimiento de varios dirigentes de la clase política (...) que declaran mucho (...). Pero de campesinos en lucha, excepto algunas decenas de ellos que se manifestaron en algunas carreteras y puestos fronterizos por algunas horas, poco encontramos. Como casi siempre que habla la clase política, lo que encontramos es mucho ruido y pocas nueces." (Rebeldía, No. 3, enero 2003). Quizá el articulista lo ignoraba, pero mientras él tecleaba, hacían su itacate, no 10 sino 100 mil campesinos que días después llenarían el Zócalo. ƑA Luis y Javier se les descompuso la bolita de cristal? No creo. Lo que pasa es que habían apostado a otro escenario político y reacios de modificar sus cálculos prefirieron negar la evidencia.

Pero como el movimiento de todos modos se desató, entonces lo regañaron, y cuando entró en negociaciones lo descalificaron, y cuando tuvo resultados lo subestimaron, y cuando firmó el pacto le gritaron traidor. Lo cierto es que su veredicto condenatorio estaba escrito desde antes de que estallara el movimiento: una lucha gremial abierta a las alianzas sociopolíticas y a la negociación con el Ejecutivo y el Legislativo, que recurrió a la protesta, la desobediencia civil y las movilizaciones, pero sin romper las re-glas del sistema y usándolas en su favor.

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