Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 5 de enero de 2003
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Mundo
Hubo otro 11 de septiembre en Chile y fue provocado por EU, recuerda el escritor

Bush utiliza los atentados para justificar su política agresiva: Ariel Dorfman

El golpe pinochetista con apoyo estadunidense "derritió" un proyecto democrático, afirma

JIM CASON Y DAVID BROOKS CORRESPONSALES

Washington y Nueva York, 4 de enero. El "11 de septiembre" se convirtió a lo largo de 2002 en la justificación de toda la política estadunidense: desde nuevas medidas de control interno a los preparativos para una acción bélica contra Irak dentro del esquema de "guerra contra el terrorismo", de duración indeterminada.

Así, esa fecha se convierte en un momento que está en el centro del debate político nacional e internacional: el futuro inmediato del planeta parece girar en torno a esa fecha y el año nuevo promete más secuelas del 11 de septiembre. Pero esa fecha tiene más que un solo significado para el mundo, afirma el escritor Ariel Dorfman.

"Si los estadunidenses hubieran podido tomar conciencia del otro 11 de septiembre hace poco más de 29 años, es muy posible que este sería otro planeta", comenta Dorfman, al hablar del doble aniversario marcado con esa fecha.

Dorfman, profesor de la Universidad de Duke, agreg: "Nuestro 11 de septiembre, el chileno, es el símbolo de muchos otros 11 de septiembre. No todos esos 11 de septiembre son resultado de una intervención estadunidense, como el de nosotros."

Lo que ocurrió con los atentados en Nueva York y Washington, señala Dorfman, es que por primera vez los estadunidenses viven las consecuencias de "un terror injusto, como todo terrorismo", en su propio país, y como todos los otros que han sufrido eso "tampoco se lo merecen".

Agrega: "Esa experiencia puede servir... o era mi esperanza que iba a servir para que este pueblo creciera en compasión, en apertura al mundo, en comprensión y empatía hacia los demás".

Esta condición de "precariedad", añade, provoca diversas respuestas. "Lo que les está pasando a los estadunidenses no es algo inusual en el historia humana", indica al referirse a la tendencia de responder con lo mismo al atacante.

Pero es diferente, ya que "es la primera vez que a un poder mundial, y éste es el más grande de todos, le sucede algo como esto, que haya recibido este tipo de agresión contra un gigante".

Dorfman, quien presentó dos nuevos li-bros en 2002 -Más allá del miedo: el largo adiós a Pinochet, y uno de poesía-, señala que se presenta el 11 de septiembre estadunidense como si fuera algo mayor que el 11 de septiembre chileno.

"Cuando algo le ocurre a Estados Unidos, afecta a todo el mundo; mientras que cuando le ocurre a Chile, supuestamente afecta sólo los chilenos, y solamente a algunos." Y considera: "Está claro que el 11 de septiembre (estadunidense) se ha devorado al 11 de septiembre chileno".

Ataque contra la libertad

El golpe de Estado en Chile, estima Dorfman, debe entenderse tanto hoy como en su momento como la destrucción, algo que "fue derretido en el terror", de un proyecto de cambio social y estructural en América Latina que 30 años después se sigue necesitando tanto, y señala como prueba de esto las estadísticas más recientes del Banco Mundial, que afirman que las condiciones sociales de América Latina están peor ahora que hace tres décadas.

"La verdad es que yo creo que el 11 de septiembre chileno, en forma metafórica, afecta a toda la humanidad. Es el final de un proceso que buscaba la justicia social a través de medios democráticos", recuerda.

Al mismo tiempo, Dorfman subraya que cuando se expresa en Estados Unidos que este ataque fue contra "la libertad", aunque es irónico que este superpoder lo diga dada su propia historia de agresiones contra otros países, también es real. "Claro que es un ataque contra todos, un atentado contra la humanidad", dice el intelectual chileno.

"Lo que pasa es que la retórica oficial se ha apropiado de esa 'libertad' y la ha redefinido como solamente la libertad estadunidense y de ningún otro pueblo." Aquí, aña-de, hay un peligro, ya que esta apropiación se presta a un atentado contra la libertad y el diálogo en todas partes.

Explica: "Yo detesto mucho más a Saddam Hussein que al presidente George W. Bush... no tuve nada que ver, como sí Estados Unidos, en armar al régimen talibán ni a Osama Bin Laden. Pero es de suponer que porque que soy crítico de esta postura respecto de Irak o Afganistán, o a lo que Washington desea hacer, soy automáticamente enemigo de la libertad".

"¿Eso es irónico, no?", dice, y agrega que "desafortunadamente tengo la impresión de que Bush tiene gran sentido del humor pero muy poco sentido irónico".

El atentado, consideró Dorfman, "vuelve (a Estados Unidos) 'inocente' de nuevo, después de décadas de ambigüedad creada por la derrota en Vietnam. Lo que está pa-sando es que el pueblo estadunidense vuelve a sentirse víctima de veras por primera vez desde Pearl Harbor... ya que esto ocurrió en el corazón de este país y fueron atacados los símbolos más importantes".

Y abre un paréntesis: "Nueva York nos pertenece a todos, y este atentado fue contra un símbolo que es de todos".

Pero Estados Unidos, afirma, está en-trando en una dinámica que se define con la premisa de que por lo grave de este ataque y "por hacerse la víctima" se justifica toda respuesta. "Yo conozco la trampa que existe dentro de todo esto", advierte.

"Cuando a nosotros nos hacen algo muy terrible, automáticamente suponemos que tenemos el derecho de responder de la misma manera; eso, para mí, es una gran trampa", dice.

Explica que éste ha sido uno de los temas centrales de toda su obra: "Uno no debe olvidar el pasado pero tampoco puede vivir en función de ser víctima, porque entonces no se ve a sí mismo", y esto esta ocurriendo con Estados Unidos.

Dorfman afirma que durante años la cúpula de este país ha buscado superar una gran desaventura histórica: "En Vietnam el mundo logró decirles a Estados Unidos: ustedes no son invencibles y además no son buenos. El problema central para la política exterior de Estados Unidos durante 30 años ha sido éste, y ha buscado limpiar Vietnam de la conciencia del pueblo estadunidense. Este atentado lo logró".

Pero, recomienda, lo que se necesita es hacerles "recordar el pasado estadunidense para que entiendan que tal como ellos son víctimas hoy de un atentado, que yo y tantos otros repudiamos, también han sido, de otra manera por cierto, no de esta manera, responsables de otros tipos de atentados".

El escritor dice que hay que "invitar al estadunidense" a que se junte con "nosotros en las calles de la humanidad".

-¿Cómo deberían responder los latinoamericanos a todo esto?

-A corto plazo es difícil -responde Dorfman-, ya que cuando un gigante herido siente eso, rara vez se pone a dialogar.

Se necesita ver esto a largo plazo, añade. Por ahora, el gobierno estadunidense ha declarado que es una guerra entre la "civilización" , ellos, y la barbarie, todos los que no estén de acuerdo. "Los latinoamericanos tenemos algo que ofrecer a los estadunidenses", comenta.

"Cuando se dice que la civilización es Estados Unidos y su mercado globalizador, porque eso es lo que se está diciendo -continúa-, no la democracia, sino sólo en cuanto ésta sirve a ese mercado globalizador. Porque cuando la democracia en Chile no sirvió a ese mercado globalizador, los políticos estadunidenses no tuvieron ningún problema en destruirla", asegura.

Mercado globalizador antibarbarie

Esa idea de civilización "como mercado globalizador contra la barbarie, como fundamentalismo islámico o de otros tipos... Cuando se hace esa dicotomía como la central de la historia, podemos responder, y con nosotros muchos otros pueblos del mundo, que el problema central de la historia contemporánea no es ese".

El debate sobre este punto, destaca, se había desarrollado ampliamente antes del 11 de septiembre en torno a la llamada "globalización", y sobre quién participa y cómo en esta dinámica. En el interior, afirma, se realiza un debate central sobre la llamada "modernización" y cómo en nuestros países eso es imposible sin "la participación de las sabidurías ancestrales".

Y agrega: "no estoy en la posición de una ideologización utópica del pasado, porque sería absurdo decir que nuestros pueblos estaban mejor sin luz, teléfonos, agua potable etcétera, pero también es clave entender que hoy necesitamos utilizar nuestros celulares para escuchar esta sabiduría antigua".

Este punto es clave ante la insistencia de las cúpulas en descalificar todo lo que ellos han decidido que son cosas del pasado, de hecho incluyendo el Islam, los conocimientos indígenas, etcétera.

"Ahora está planteándose que la globalización solamente puede existir en la forma en que los estadunidenses se la han planteado", y añade que esto implica el mercado ante todo, antes que la democracia, como lo demostró el caso de Chile en 1973.

Así, Dorfman recomienda que los países latinoamericanos deberían revertir el lema de Teddy Roosevelt para abordar esta co-yuntura con Estados Unidos y "guardar los garrotes y hablar más fuerte".

¿Y que deberían entender los latinoamericanos de lo que pasa con el pueblo estadunidense en este momento?

Es importante, responde, dar a conocer que aquí "hay gran cantidad de personas que no se registran en las encuestas y que no desean otro Vietnam en Irak".

En otro frente, agrega, también hay una lucha, parte de la tradición estadunidense, por la defensa de la libertad, no retórica, sino real, ante las nuevas medidas internas en este país, que buscan reducir y hasta privar las libertades civiles.

Ante todo lo que se está atestiguando en este país, Ariel Dorfman concluye: "Yo soy optimista trágico, utilizando la frase de Umberto Eco".

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