Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 23 de noviembre de 2002
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Cultura
LA MUESTRA

Carlos Bonfil

Kedma

HACIA EL ORIENTE, Kedma, en hebreo. A principios de 1948 el barco Kedma transporta de Europa a la ''tierra prometida" a cientos de exiliados judíos, sobrevivientes de los campos de exterminio nazi. A bordo se entrecruzan las lenguas de la diáspora: hebreo, yiddish, ruso, polaco, y los relatos del terror y la supervivencia, traducidos con febrilidad, en tono de confidencia, en literas apenas distintas de las recién abandonadas. Poco después en esta secuencia inaugural, la cámara abandona las oscuras entrañas del navío para subir hasta una cubierta luminosa donde se descubre una multitud de hombres y mujeres, anhelantes. El itinerario inverso de América, América, de Elia Kazan; la épica contraria al Exodo de Otto Preminger. Un gran momento del mejor cronista fílmico de la historia de Israel, Amos Gitaï, realizador de Kippour, Edén y Kadosh, nombres todos simbólicos.

POCOS MESES ANTES de la creación del Estado de Israel, en mayo de 1948, las Naciones Unidas habían decidido que dos estados, el judío y el palestino, de-bían compartir el territorio de Palestina. El marco de acción de Kedma son los combates entre colonos judíos y la población palestina obligada a abandonar sus tierras. Los inmigrantes recién desembarcados deben enrolarse en el ejército judío clandestino -perseguido por los ingleses, perseguidor a su vez de la resistencia árabe-, y aprender el manejo de armas. Buena parte de la cinta describe las escaramuzas de la guerrilla improvisada, el saqueo y humillaciones que padece la población palestina, y la virulencia de las represalias. Una suerte de ensayo general de la violenta situación que prevalece hoy, con semejanzas irónicas que medio siglo después se ven exacerbadas por la inclemencia terrorista.

EL PUNTO DE vista de Gitaï es, como de costumbre, muy crítico. Evita la falsa objetividad y toma partido, no por su propia nación judía, ni por sus adversarios, sino en contra de la irracionalidad y el fundamentalismo religioso que se ha apoderado de ambos bandos. Hombre de izquierda, y cineasta de primer orden, Amos Gitaï elige dar la voz, una voz muy recia, a dos protagonistas, uno árabe que lanza una advertencia (con tintes de maldición) a las futuras generaciones judías (''llenaremos de dignidad palestina todas sus cárceles"); y otro judío, que en un soberbio monólogo final, se interroga sobre la exclusión de los judíos de la Historia, sobre una condición no elegida de pueblo mártir, y la dificultad de construir una identidad nacional al margen de la fatalidad y el determinismo (''Si quieres sobrevivir, tienes que olvidar"). Los dos parlamentos enardecidos provienen de dos poetas de los años 40, el palestino Toufik Zayad, y el judío Hayim Hazaz. Kedma es así algo más que una crónica de guerra, o una épica nacionalista; filme poético, saludablemente autocrítico, que condena cualquier tentación extremista. Hasta ahora, lo mejor de la muestra.

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