Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 16 de mayo de 2002
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Política

Sergio Zermeño

ƑMundialización de la derecha?

Francia parece lejos, pero los síntomas más profundos de lo que ahí aconteció nos conciernen de cerca. Los partidos democráticos, socialdemócratas y socialistas subieron al poder en Europa y en América Latina en los últimos 20 años apoyados en una masa ciudadana que veía amenazados o perdidos sus empleos y sus posibilidades de ascenso debido a la apertura salvaje y a la competencia desigual. Ascendieron esas fuerzas democráticas y socialistas gracias a tal malestar y al desordenamiento que trajo aparejado; ascendieron con un discurso crítico, aunque poco propositivo y, en el extremo, nacionalista y populista; en ningún momento con una propuesta alternativa de futuro y, sobre todo, muy imposibilitadas o muy temerosas de llevar adelante experimentos de reforma profunda en el terreno básico de lo social, del empleo, de los proyectos productivos, de la reorganización ciudadana; proyectos, por ejemplo, para redimir a una juventud que desperdicia sus potencialidades en el desempleo y cae fácilmente en la violencia y la delincuencia.

Más que pensar en estos términos, esas fuerzas políticas han pasado a preocuparse por su supervivencia en el poder, han bajado entonces la intensidad de sus propuestas (si alguna vez las hubo), aminoran los cambios reales que pudieran haber hecho y moderaron sus discurso buscando con ello atraerse a los votantes del centro, que son los que hoy definen las elecciones. Pero en esta dinámica silenciosa ha saltado una evidencia: el aparato del estado y sus agencias han comenzado a ser percibidos como una fortaleza ganada para quienes la han pasado a habitar; el gobierno, lejos de ser un elevador social, se vuelve un ente defensivo al servicio de las fuerzas democráticas o socialistas que en él se han acantonado y al servicio de sus propios asalariados. Se convierte, pues, en un motor más de exclusión de todos aquellos que no pertenecen a ese grupo o a esa federación de grupos que se encuentra en los aparatos de influencia, y el calificativo democrático o socialista pierde todo sentido; la masa de la población, la que está siendo más golpeada por la mundialización, pierde identidad con esas fuerzas y más bien recela de ellas.

En ese ambiente, explican sociólogos como Alain Touraine, "los que tienen más bajo nivel de instrucción y calificación se sienten más directamente amenazados" y pasarán a ser, quién lo duda, las anchas bases manipulables en busca de chivos expiatorios. Estos no serán otros que los que están aún más debajo de ellos: en el caso de Europa los trabajadores inmigrantes; en el caso de América Latina los allegados a las ciudades y los marginados de todo tipo (incluidos indígenas, naturalmente), los que invaden las plazas, los parques, las banquetas, las esquinas y cualquier espacio público mal vigilado, que se constituyen en el invernadero (según esta búsqueda de chivos expiatorios), de la delincuencia, del tráfico de drogas y de la violencia de todo tipo, y a quienes se descubre, para acabarla de amolar, coludidos en pandillas y en federaciones de pandillas con los partidos democráticos y populares en el poder, promoviendo liderazgos que exigen, apoyados en esas huestes, curules y posiciones de influencia en los aparatos de gobierno y gestionan a cambio permisos chuecos para sus clientelas.

Las votaciones presidenciales francesas del pasado 5 de mayo son elocuentes a este respecto: el candidato de la derecha Jean Marie Le Pen obtuvo 18 por ciento de los sufragios, pero entre la clase obrera alcanzó 33 por ciento y recibió 30 por ciento entre los que sienten amenazada su situación personal; obtuvo igualmente 27 por ciento entre quienes habitan en multifamiliares de bajas rentas (a proximidad de los inmigrantes). Cuarenta de cada 100 declararon que lo que más los motivó para ir a votar, en la segunda vuelta, fue la inseguridad; consecuentemente, 30 franceses de esos 40 dieron su voto a Le Pen. Y un dato singular: solamente 15 por ciento de las mujeres votaron por el ultraderechista, contra 22 por ciento de los hombres (Liberation, 7/05/02).

ƑMundialización de la derecha?, sin duda, pero más que nada un desgaste de la política y del contrato social, porque tampoco la derecha podrá darle un orden muy nuevo ni muy glorioso ni muy fascista a esta hecatombe, cuyo punto central es el pacto de los dominantes (incluidos los amedrentados gobiernos del tránsito a la democracia) para mantener economías abiertas, cuyo renglón de producción más sobresaliente es la exclusión ya irrefrenable de la población mundial.

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