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Charles Aznavour: un destino
E

l compositor e intérprete Charles Aznavour se consideró siempre un francés de alma y espíritu. Sin renegar sus orígenes armenios, el autor y cantante afirmó en 2013, a propósito de la inmigración en Francia: ‘‘Devine francés primero, en mi cabeza, en mi corazón, en mi manera de ser, en mi lengua… Abandoné una gran parte de mi armenidad para ser francés… Hay que hacerlo. O hay qué partir”. Su padre barítono y su madre actriz llegan a Francia huyendo del genocidio desencadenado por las autoridades turcas en 1915. El segundo hijo de la pareja, el pequeño Charles, nace por azar en París, donde sus padres esperan la visa para entrar a Estados Unidos. El nacimiento de Charles los decide a instalarse en Francia.

La familia Aznavour vive en un medio de artistas, bohemios y exiliados de países del Este, pues el padre funda un restaurante donde canta sobre todo música de origen ruso. Charles crece en un ambiente propicio a la creación y a la interpretación musical donde el teatro está presente. Su capacidad de trabajo es prodigiosa: miles de composiciones y alrededor de mil grabaciones. Sin embargo, los comienzos de su carrera artística fueron difíciles.

Su historia es la de un antidestino. Sin físico, sin relaciones, sin voz… Charles es bajo de estatura, su cara es ocupada por una nariz a la Quevedo (érase un hombre a una nariz pegado), y, de la voz de quien aspira a ser cantante, un cruel crítico comenta: ‘‘¿y por qué no un bailarín con una pata de palo?”, mientras un maestro de canto le recomienda escoger otra profesión.

La victoria de Charles Aznavour es la de un sueño. Todo parece oponerse a su realización, pero el artista convertirá, con su personal alquimia, la realidad en sueño.

Edith Piaf lo descubre en 1946 y lo invita a una gira por Estados Unidos con los Compagnons de la chanson y ella. Charles es designado compositor y administrador del grupo. En realidad es el ‘‘mil usos” de Edith: autor de sus canciones, confidente, compañero… durante varios años. Piaf lo forma y lo apoya, como lo hará con otros cantantes, célebres gracias a ella. Cuando Edith comprendió que el desafortunado Charles sufría mucho a causa de su nariz, Piaf se ocupó de hacerlo pasar por una operación de cirugía plástica para salvar, a menos, las apariencias de su rostro. Edith Piaf era generosa, apasionada, posesiva e, incluso, maternal con sus amantes. Las representaciones y las giras se suceden y multiplican a un ritmo endiablado durante años. Su energía es inagotable. Todavía entre 2014 y 2016 recorrerá más de 20 países de Europa, África, Asia y América. Sólo la fractura de un húmero lo obligará a cancelar representaciones en Rusia.

Como si la composición, las presentaciones y las grabaciones no le bastaran, Aznavour actúa en más de 60 películas y no sólo en papeles secundarios. En Fantasmas del sombrerero, basada en una novela de Georges Simenon y dirigida por Claude Chabrol, Aznavour interpreta el papel de un sastre pobre de origen armenio, el cual se convierte en testigo involuntario, primero, voluntario y obsesionado después, de los crímenes de un asesino en serie, un sombrerero vecino interpretado por Michel Serrault. El suspenso es angustiante como la agonía y la muerte del sastre en presencia del asesino de mujeres.

Charles, quien pensaba llegar a los cien años, se dio tiempo para escribir varias especies de memorias o ‘‘autobiografías”. Después de todo, la perspectiva de la propia vida no cesa de cambiar con el paso de los años: ¿por qué se escribiría la misma vida 10 o 20 años después? Acaso, se mentiría más creyéndose ser fiel a recuerdos escritos, borradores de otra época.

De ese antidestino, Cocteau escribió: ‘‘Antes de Aznavour, la desesperanza era impopular, él colocó la desesperanza en lo alto del cartel”. Este cantante tenía el genio de ser el primero en reír de sus propios infortunios. No lloraba sino a causa de las desgracias de los otros.