Opinión
Ver día anteriorDomingo 18 de septiembre de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La faz claroscura de Roberto Escudero
L

os dos pedazos de la foto están pegados con cinta invisible. Las manos de Roberto, o tal vez la mías, rompieron en dos la fotografía. Es la única foto que tengo donde aparecemos él y yo. Debe haber sido tomada a fines de 1974 o principios de 75, durante los meses en que iba de visita a mi departamento. Cierto, las visitas de Roberto Escudero duraban en ocasiones 15 días, mes y medio. Pero, tenía a bien precisármelo, no eran sino eso: visitas. “¿Acaso de cortesía?, le pregunté. ¿Por qué no? Después de cada una de esas más o menos cortas estancias en Insurgentes, los amigos denominaban con el nombre de la avenida mi departamento ubicado en ella, Roberto se iba de mi casa sin despedirse. Las noches y días de insomnio, el desgaste producido por el delirio verbal de la embriaguez, los abusos a los cuales sometía su cuerpo y su alma, lo dejaban hecho pedazos. Al irse, su vida a mi lado se esfumaba de su memoria. Como si no hubiese tenido existencia, o como si esa existencia perteneciera a los espacios aéreos de la imaginación: se volatilizaban en su vuelo. Simples lagunas donde se hundían sus recuerdos y Roberto no iba a zambullirse en sus aguas fangosas para recuperarlos.

En esa foto, Roberto tiene los párpados bajos, casi cerrados, pero se adivina un palpitar, un leve temblor, cuando se ven sus dedos tamborilear sobre la mesa el ritmo de la música: “Cuando te veo con la blusa azul / mis ojos sin querer van hacia ti…” La canción estaba ya en desuso en la época, pero el conjunto que tocaba en ese acogedor antro de la Doctores también parecía en desuso, y los músicos no tuvieron la suerte de Buenavista Social Club de encontrar un Ry Cooder y un Wim Wenders.

Tardaría un buen tiempo en comprender que, durante esos meses, yo formaba parte de una existencia olvidada por Escudero. Semanas sin memorias, días y noches sin recuerdos. Es difícil pertenecer a un pasado desvanecido, del cual no quedan huellas en la mente de la persona amada.

Cuando, en un momento de desvío, un arranque de incredulidad, busqué a Roberto en la Facultad de Filosofía, tardó en reconocerme. De pie, frente a él, a unos cuantos centímetros de distancia, lo vi mirarme con desconcierto, tratando de recordar mi nombre. Escudero sabía vagamente que yo había sido una alumna de la facultad, mayor que yo, no llevábamos ninguna materia en común ni compartíamos amistades. Durante el movimiento del 68, cuando se construyeron las grandes complicidades, yo estaba embarazada y se había dado la consigna de quedarse en casa a las muchachas encintas.

Cierto, Roberto me recordaba platicando, antes del 68, con Salvador Elizondo a una mesa del café de la facultad. Pero ese recuerdo no le era grato porque Elizondo no prestó mayor atención a sus palabras y Escudero se tomaba, entonces, estando sobrio, muy en serio.

Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Escudero no tuvo necesidad de recurrir a experimentos químicos para transformarse en una persona distinta, para llevar casi una doble vida. Abstemio, era puritano, discreto, síquicamente casi rígido, consultaba su reloj, medía su tiempo, practicaba algún deporte, huía a los amigos que tomaban alcohol, asistía a reuniones políticas, iba a su trabajo, leía, era un flamante nuevo marido cuando no trataba de reconstruir la pareja disuelta por su última travesía alcohólica. Ebrio, perdía la noción del tiempo como la idea del bien y del mal, dejaba de ir a trabajar sin remordimientos, soñaba insomne, gozaba de las noches blancas, hablaba sin parar en un delirio explosivo de la imaginación, me narraba sus amores sin discreción, era dichoso mientras el alcohol no le hacía sentir sus estragos.

Cuando comprendí que estaba destinada a formar parte de un tiempo vedado en la memoria de Roberto, poco después de anunciarme su nuevo matrimonio, dejé mi país. No mi lengua, mi único territorio, único espacio donde el escritor vive invisible, duradero. Toma cuerpo en la palabra a que da cuerpo: escribí Gloria.