Opinión
Ver día anteriorMiércoles 19 de agosto de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Laberinto partidario
L

a actualidad nacional juntó los destinos partidistas dentro de un tupido laberinto de rituales. Los llamados tres grandes (PAN, PRD y PRI) se sumieron en simultáneos envoltorios que, para un pronóstico inmediatista, se antojan de fatuo colorido. Más todavía, con buen margen de seguridad pueden convertirse en prácticas y prédicas ya bien conocidas por seguir la, nada envidiable, ruta de más de lo mismo. Ninguna de las vicisitudes que marcan sus propios derroteros proporciona a la ciudadanía la confianza de que tanto promesas como los ofrecimientos voceados, está vez al menos, se mancornarán con la esquiva realidad. Sin embargo, para invocar, un grado al menos, de justa apreciación, se tienen que aceptar particulares diferencias entre estos partidos que habrán de ser aquilatadas por el futuro elector del año entrante. Ese 2016 será el primer momento, ineludible, de la pendiente evaluación por venir.

El rejuego de fuerzas que se mueven en cada uno de esos organismos impone condicionantes a sus declarados afanes de cambio. En los tres esas mismas fuerzas también los obligan a girar sobre sí mismos y, sólo por imperativos momentos, atender algo de lo que afuera se vive y debate. Este, que parece un fenómeno particular de México, al extender la vista, se ve que también aqueja a la casi generalidad de los partidos del mundo. La diferencia estriba, entonces, en los contrapesos que se van encontrando en cada una de las diversas sociedades donde operan. Son estas, precisamente con su organicidad, las que logran reponer equilibrios e introducir, al menos en parte, la agenda propiamente ciudadana. En otras palabras, tanto PRI como PRD y PAN dieron una muestra renovada de sus trasteos cupulares. Viven, los tres, encerrados en ralas burocracias que se ven, oyen, olisquean y espían entre ellas mismas.

Quizá sea la selección que el priísmo hizo de M. F. Beltrones lo que marcará cierta diferencia en la competencia partidista de hoy en día. Es Manlio, qué duda, un acabado producto modelado por esa estancada militancia. Las maneras un tanto abiertas del forcejeo interno le acercaron cierto grado de legitimidad que, por lo general, es un bien harto escaso por los alrededores. Los usos y costumbres que determinaron su papel de conductor le permitirán, no sin vencimientos propios y un tanto de coraje para la aventura, atender lo que acontece más allá de su cuestionado partido. El mismo cuidado, por él puesto, en solventar temores y resentimientos, ciertamente anidados en el mero corazón de sus rivales, refleja esa sobre atención a los vericuetos de la grilla interna. La insistencia en ponderar la voluntad reformadora del presidente Peña lleva un propósito de salvaguarda sin la cual todo su trabajo podría tambalearse. El bien dibujado perfil de priísta someterá a Beltrones (y con él a los demás candidatos de su partido) a dura crítica posterior no exenta de rechazo por parte de la ciudadanía ya alejada de los políticos tradicionales. La insistencia en la efectividad de las reformas estructurales irá aparejada con el choque, directo y frontal, con la avasallante desigualdad, el real asunto de estos turbulentos días. Todas ellas fueron diseñadas a escala global para precarizar el empleo, controlar al sindicalismo remanente y dar indebidas ventajas a los grandes consorcios de la plutocracia. El ignominioso salario mínimo, los 2 millones adicionales de pobres en los últimos dos años (Coneval) y las angustias financieras de otro millón y medio de clase medieros que no se libran de penosas limitantes en su bienestar, son irrefutables pruebas de los acumuladores propósitos de tales reformas.

La reciente elección llevada a cabo por el PAN refleja con claridad meridiana su real problema: la sobreimposición de compactos grupúsculos en plena disputa por espacios de poder. El personaje triunfador del pleito cupular en poco se matiza por los exiguos militantes que acudieron a votar. La figura de Ricardo Anaya, aderezada por la edad y su meteórica carrera, plagada de saltos en patrocinadores y lealtades, refuerza la arraigada percepción de que el PAN está inmerso en una fase harto problemática de su historia. Los dos sexenios de gobiernos mal dirigidos, con resultados decepcionantes y peor concebidos en su trascendencia, le está pasando abultada factura en apoyos y simpatías. Su dirigente no tiene el empaque ni la imaginación para sacar a los panistas de su pequeño laberinto. Por el contrario, se empecina en emplear una retórica anclada en fantasmas (populismo) decadentes.

Pero es el PRD el que, sin exagerar, se encuentra en la peor de las encrucijadas éticas y gestionarias de su corta historia. Ha perdido todo rumbo y sus dirigentes, con inaudito impudor, se declaran incapaces de seguir desempeñando su frustrado rol de guías. Una larga década de manipulaciones burocráticas, que permitieron a los llamados chuchos encumbrase en posiciones claves, ha socavado el remanente aprecio de los votantes. En su reciente travesía por el Pacto por México se ha vaciado del talento político que una vez, hace ya tiempo, le hizo, en efecto, encabezar las ambiciones de la izquierda para ganar la Presidencia de la República.