Opinión
Ver día anteriorDomingo 20 de febrero de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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De traje y corbata
R

esulta que por un libro mío recibí una suma de dinero tan insólita en mi historia editorial que se me ocurrió hacer con él algo más extravagante todavía, que fue invertirlo en una Casa de Bolsa.

Temo que hablar de esto no sea apropiado, y me preocupa más que al comentarlo denote que soy tonta o, algo de veras vergonzoso, desalmada. Además, no soy rica (al menos, no en valores monetarios) ni tampoco sé nada de finanzas, y si entonces lo que hice parece más irresponsable de mi parte todavía, ni modo. Lo cierto es que necesito poner mi experiencia en palabras.

(Antes y entre paréntesis tal vez no esté de más dejar registrado que la cantidad de dinero que puse en juego haría reír al inversionista más prudente, aunque por otra parte para un desempleado representara la salvación y para cualquier empleado menor una meta deseable pero a sabiendas inalcanzable. No hay que perder de vista el concepto de la relatividad, que no tiene nada que ver con la razón ni, mucho menos, con la justicia, ante ningún parámetro confiable y autorizado, o ante la falta total de parámetro ninguno.)

La prueba de que soy una ciudadana civil es que pago impuestos, aunque, si he de decir la verdad, diré que me gustaría más ser todo lo conscientemente incivil que pudiera y no pagarlos. Podría imitar a Thoreau, que después de todo es uno de mis héroes. Prefirió pasar una noche en la cárcel el siglo antepasado que pagar impuestos y contribuir así a la guerra de su país, Estados Unidos, contra el mío, que es México. Pero mi forma de ser es otra, y en todo caso doy peso y valor a las razones que yo seguí, por más faltas de razón que lo sean, para invertir ese dinero que recibí sin esperar, y en particular en esa Casa de Bolsa.

Sucede que un sobrino mío, que en un par de semestres se recibirá de financiero, entró a trabajar en el lugar que digo, y a mí me emocionó tanto su esfuerzo y su logro, ser universitario y empleado al mismo tiempo, que quise convertirme en su primera clienta. Así de sencilla fue mi argumentación, básica, quizá de mujer sin hijos o, menos dramáticamente, de adulta mayor, como se nos llama, con el agravante de no ser de profesión u ocupación más que escritora (para colmo, de literatura no comercial, como se la define). Es decir, con un futuro digamos que nublado por lo que hace a la seguridad, siempre que el sentido de este término incluya, por favor, una cantidad posible y coherente de carencias ante las que una mujer como yo necesitaría sentirse protegida de alguna manera.

En mi solicitud temí hacer quedar mal a mi flamante Agente de Bolsa (ignoro si es así como debo llamarlo), pues, a la pregunta de en qué consistía mi motivación para invertir en esa agencia suya en la que trabaja, contesté por escrito que no me movía otra cosa que la confianza en mi sobrino (me esforcé en controlar la emoción, lo que no conseguí con los mecanismos de mis lacrimales), al que veía delante de mí por primera vez de traje y corbata.

Recordé cuando a los 18 años fundé un dispensario con una amiga y con un par de pasantes de medicina, y la nana de mi familia, que se había encargado de mis hermanos, pero en particular del menor, el futuro papá de mi entonces no nato Agente de Bolsa, fue nuestra primera paciente. Como si no lo hubiéramos planeado, se presentó en el consultorio con una lista de dolencias con las que armó nuestro primer caso y que, aparte de justificar de sobra la inauguración y la necesidad de nuestro servicio, constituyó una de las mejores enseñanzas que he presenciado. A mí, que tomaba sus datos, me dio su nombre completo sin reírse y como si yo no la conociera, y al doctor que la revisó le numeró los síntomas de una vieja dolencia, como si con anterioridad no hubiera sido atendida para aliviársela.

En cuanto a por qué registro este recuerdo que tuve, diré que, aun cuando es menos ostentoso pretender seguir los pasos de un Henry David Thoreau, políticamente hablando el más consciente y honesto de los luchadores de su tiempo, que los de la nana de mi hermano, el papá de mi Agente de Bolsa, creo que me quedo con el modelo de la nana. Son más imitables los buenos principios que las buenas corazonadas. Pero cuando mi sobrino me comunicó que él había aprobado todas las pruebas que sus jefes le tendieron y que ya me podía extender un contrato, el ejemplo que recordé sin convocarlo fue el de la nana.