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Las bodas del arte con la tecnología
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Periódico La Jornada
Sábado 30 de enero de 2010, p. a15

El furor por los gadgets y la tecnología rampante resulta tema inagotable. Mientras a medio mundo le urge que ya sea junio para tomarse su tableta, como le llaman al Ipad por aparecer en el mercado y que no es más que un aifontelefonote, pero son teléfono, a la otra mitad del mundo le acude asombro tras asombro en este ritual asombroso que ocurre frente a nuestros sentidos: las bodas del arte con la tecnología.

Porque hay vida más allá del Ipod: contrariamente a la jeringonza que anuncia el fin de los tiempos, el crepúsculo de los dioses, el canto del cisne de la era del disco de música, las grabaciones discográficas se suceden a velocidad pasmosa y la calidad, los avances, las mejoras, las posibilidades de disfrute caen en cataratas, fluyen como ríos, brotan como géiseres.

El ejemplo más reciente es la aparición en los estantes mexicanos de novedades discográficas de un nuevo tesoro: Rachmaninoff Plays Rachmaninoff. Zenph Re-Performance, bajo el sello mancomunado Zenph Studios/RCA.

La convergencia de arte con tecnología produce magia: hoy existen sobre el planeta muy pocas personas que se precien de haber presenciado uno o algunos de los recitales inmortales de uno de los más grandes pianistas de la historia: Serguei Rachmaninoff (1873-1943), dueño de manos de coloso y que sucede que es también uno de los gigantes entre los compositores.

Los testimonios de los pocos sobrevivientes, aunados a los de historiadores, cronistas, espectadores la mayoría ya fallecidos, documentan episodios increíbles, hazañas asombrosas, momentos irrepetibles.

La buena noticia es que un grupo de científicos, expertos en hardwares, softwares y demás wares, acaban de lograr nueva hazaña: el disco que aquí reseñamos lo presentan como un recital de Serguei Rachamninoff elaborado a partir de una selección de 13 tracks de entre las decenas que grabó el maestro entre 1919 y 1942, en aquellos discotes gruesos y oscuros que rodaban a 78 revoluciones por minuto, y lo re-grabaron mediante un procedimiento que explicamos ya cuando reseñamos en este mismo espacio el capítulo anterior de esta metodología de punta: Piano Starts Here. Live at The Shrine (Zenph/ Sony Classics), disco en el que robotizan al mismísimo Art Tatum para que, sin ouija pero con gloria, nos deleite con un recital que quita el aliento.

Amerita resumir la explicación aquella: mediante complicado software, un equipo de acuciosos limpia las viejas grabaciones, elimina ruido, gis, imperfecciones varias pero va más allá: los algoritmos de una supercomputadora replican en un teclado Yamaha Disklavier Pro Mark II Concert Grand, que ejecuta de manera automática, sin que ningún ser vivo presione ninguna tecla, la música tal y como lo hizo Tatum hace más de medio siglo, como si fuese el mismísimo gordo genial quien estuviese sentado al piano. Art Tatum replicante.

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El episodio que ahora nos ocupa, es decir, el procedimiento mediante el cual los ingenieros de sonido geniales reproducen un recital ecléctico de Rachmaninoff, es similar, con la variante de que ahora lo hacen sobre un piano Steinway fabricado en 1909, es decir un integrante de la familia de pianos de entre los cuales Rachmaninoff hizo su música, pero éste sometido a minucioso proceso de restauración.

No se trata, vale la pena insistir, de una remasterización, ni del viejo sistema de pianos de rollo, de esos que tocan solitos, sin pianista. Se trata de un proceso de re-grabación, sin la presencia del pianista que grabó los discos originales.

En las fotografías de esta página se muestra la escena no del crimen sino de la boda: la sesión de re-grabación: la compu manda una señal MIDI al Steinway y suena la música como si la estuviera tocando Rach (maninoff), y frente al teclado se colocó una cabeza no parlante que en lugar de audífonos tiene un micrófono binaural, para captar lo que el pianista, es decir Rach, escucha, y eso es lo que escucha el escucha, es decir nosotros si escuchamos este disco con audífonos. Asu.

Pero, para utilizar el lugar común adecuado, esto tiene sus bemoles: en el primero de los hasta ahora tres discos así logrados, estos ingenieros hiperduchos cometieron un crimen de lesa pasión: a la hora de sacar de la tumba a Glenn Gould con esa obra maestra de toda la historia de la humanidad que es su grabación de las Variaciones Goldberg, los muy méndigos eliminaron, junto con el gis y las imperfecciones de origen, los cánticos, las guturaciones, los gemidos del maestro Gould, así como el dulce crepitar de su vieja, entrañable, remendada sillita que nunca abandonó en vida. Aaaassssuuuu.

El tercer episodio de estas hazañas, mientras tanto, es un manjar: Rachmaninoff y sus manotas de genio gentil, su corpulencia cortazariana, su don de enormísimo cronopio nos prodiga en partituras de su autoría y arreglos que realizó de obras de su amigo Kreisler, de piezas tan fulgurantes como El vuelo del abejorro, de Rimsky y, oh maravilla de maravillas, transcripciones que escribió el gran Rach a partir de obras del papá de todos los pollitos, don Johann Sebastian Bach.

¡A su mecha!

¡Que vivan las bodas del arte con la tecnología! ¡que vivan los novios!

¡Arriba el novio! ¡Arriba la novia! ¡Que se acomoden como quieran!

Y vivieron muy felices.