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Vuelve para dirigir a la OFUNAM dos fines de semana, en la Sala Nezahualcóyotl

El goce es la finalidad última del arte sonoro, manifiesta Ronald Zollman

Considera insana la permanencia durante largo tiempo en una orquesta

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Ronald Zollman, durante el ensayo con la OFUNAM en la Sala NezahualcóyotlFoto Cristina Rodríguez
 
Periódico La Jornada
Sábado 13 de junio de 2009, p. 5

Para el director de orquesta Ronald Zollman, la buena música no existe si no se cuenta con la participación y la cordialidad de todos quienes la hacen; es una labor en conjunto, no de una sola persona.

Al respecto, rebate que el director sea la figura principal de un concierto: Es la persona que le toca estar al frente, la que debe marcar la directriz, cierto, pero nada podría hacer si no contara con la disposición, el talento y la entrega de los músicos que conforman una orquesta.

El músico belga está en México para dirigir éste y el próximo fin de semana a la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM), de la cual fue titular durante nueve años, de 1994 a 2002.

Aunque ya había dirigido la agrupación universitaria en enero de 2008, lo que marcó su regreso al podio de la misma desde su salida, cinco y medio años atrás, así sea en calidad de huésped, como en esta ocasión, es hasta ahora que Zollman habla en entrevista con La Jornada de forma abierta y pública de su gestión al frente de la filarmónica.

–¿Cómo percibe ahora la OFUNAM, luego de que usted es considerado uno de los constructores de su sonido contemporáneo?

–Agradezco que se diga eso; es un cumplido. Cuando uno pasa tantos años con una orquesta, lo mínimo que puede esperar es haber dejado una impronta, lo cual es normal; una orquesta es un conjunto de 100 seres humanos, pero también un instrumento, y obviamente cuando hay un director que pasa 16 semanas con ella al año deja un sello. Si no ocurre eso, entonces hay un grave problema.

En cuanto a cómo he sentido y escuchado a los músicos ahora, puedo decir que los encontré muy contentos de poder tocar esta sinfonía de Dvorak, que es muy bella; se adaptan muy fácil a lo que les pido y lo hacen con mucho cariño. Eso es muy disfrutable para cualquier director de orquesta.

Crecimiento de la orquesta

–¿Encuentra diferencias significativas entre la orquesta que usted dejó y la de hoy?

–Personas e instituciones cambiamos, maduramos, mejoramos; eso es lo ideal. Alguien que no cambia está de cierta manera muerto. Hay nuevos músicos, cosas mejores y peores, pero no percibo una diferencia gigantesca.

Lo que sí puedo decir es que la de la UNAM es una orquesta que quiere hacer música, y eso es inocultable cuando los atrilistas sonríen en un pasaje lindo. Finalmente, ése es el objetivo de tocar música: disfrutar, gozar.

–¿Disfrutar incluso cuando la naturaleza de las obras es dramática, intensa, triste, fúnebre?

–No debe olvidarse que los músicos somos actores. Cuando interpretamos una obra triste, realmente no estamos tristes, sólo actuamos la tristeza. Cuando tocamos música que describe el suicidio no es que queramos suicidarnos. Tratamos de ser actores sinceros. En la mentira puede haber sinceridad.

Ésa es la gran dificultad de ser músicos. No digo que mentimos, tampoco que somos realmente sinceros, porque no corresponde a la verdad. La palabra arte se relaciona con el vocablo artificial; no es la realidad, pero es su imagen.

–¿Cuáles fueron los claroscuros de su gestión?

–No veo la vida de tal manera, así que no es algo que me pregunte. Nunca estoy satisfecho, siempre quiero ir hacia adelante; la realidad es que pienso que en nueve años sí progresamos mucho, así que no me preocupo por preguntarme cómo me siento. Es decir, no soy alguien frustrado.

“Mi proyecto tenía la misión de hacer programas bonitos y atractivos para el público y que al mismo tiempo sirvieran para la formación de los músicos. En ese sentido, sí tocamos obras que fueron verdaderos retos artísticos para la agrupación.

“Me siento orgulloso de que el público de la orquesta se incrementó considerablemente durante los años que estuve al frente, y más gusto me da ahora saber que que ha crecido, lo que habla muy bien del trabajo de quienes han sido mis sucesores.

Otro motivo de orgullo fue haber acercado a la orquesta y el público a la obra de compositores importantes del siglo XX poco conocidos aquí, como Alfred Schnitke y Witold Lutoslawsky.

–¿Que un director esté a cargo durante varios años de una orquesta no hace de esto una relación monótona, como ocurre con ciertas relaciones amorosas?

–No considero sano que uno deba quedarse largo tiempo, porque los músicos conocen todo del director y éste todo de ellos; ya no hay sorpresas y los conciertos ya no son una aventura. Cuando los conciertos dejan de ser una aventura, hay que pensar en salir.