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Reportaje Especial

2023-03-01 07:45

Perdió a esposo e hija y con el duelo llegaron también más carencias

Las carrozas fúnebres hacían fila afuera del panteón San Nicolás Tolentino, en Iztapalapa, donde ya no había cupo para cremaciones, el 14 de enero de 2021. Foto Luis Castillo

Ciudad de México. Gregorio estaba a punto de jubilarse, le faltaban unos cuantos meses; era operador en la maquiladora estadunidense Convertors, fabricante de productos médicos desechables en Ciudad Juárez, Chihuahua.

“No alcanzó a llegar” recuerda su esposa Adela Delgado. El covid-19 le arrebató a su compañero por más de 40 años y “único novio”. Un año después se llevó también a su hija menor, Selene.

En entrevista, cuenta que fue muy duro perder a su pareja: “nos quedamos solas, sin el respaldo del hombre; tuve muchas dificultades, sobre todo, la falta de dinero, uno vive al día y era el que llevaba la mayoría”.

En ese entonces y en la actualidad Adela trabajaba en lavar y planchar ropa, “ahora lo hago con la ayuda de una maquinita que me regalaron; “también hago costuras sencillas y cuido a niños de vecinos que trabajan”.

Tras el fallecimiento de su compañero, la señora de 68 años vivió un viacrucis para tramitar la pensión de su marido, un año mayor que ella. “Tenía mucho miedo de salir a la calle pero era mayor la necesidad por el dinero. Fueron momentos difíciles; me pedían papeles y más papeles, que muchas veces no sabía dónde estaban porque Gregorio era el que se encargaba de todo”, recuerda.

“La gente nos ve con compasión pero nos ignoran cuando tenemos que hacer trámites porque tiene uno que preguntar cómo se hacen las cosas”, reprocha.

Dice que un periodista de televisión le ayudó y la llevó al departamento de estudiantes abogados de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez “y ellos llenaron mis papeles y consiguieron los que me faltaban”.

Así fue como logró que le autorizaran la pensión y además gestionaron el apoyo de despensa porque no tenía dinero y aunque ella les ofrecía darles un pago, nunca aceptaron, “sólo unas gorditas que les preparé”.

Adela, residente de la colonia popular La Chaveña, rememora que su esposo ingresó a la clínica 66 del Instituto Mexicano del Seguro Social en mayo de 2020.

Gregorio fue de los primeros contagiados de covid-19 en la planta de Convertors, con sede en Ciudad Juárez, Chihuahua, una de las que tuvieron el permiso de las autoridades para laborar sin problemas a pesar de la pandemia.

El trabajador convaleció durante 15 días, “nunca me dejaron verlo hasta que murió, y luego para sacarlo y conseguir dinero para el funeral fue difícil, pero entre vecinos y algunos familiares nos ayudamos”.

Un año después, Adela perdió también a su hija menor, de nombre Selene, “por el bicho ese”. Comenta que ella se contagió por esos mismos días, “pero casi no tuve problemas.

“Mi hija me animaba, decía que era la voluntad de Dios, que era quesque el destino y cosas así, hasta que ella también murió y está con su papá esperando a que yo llegue con ellos.”

Agrega que Selene tenía dos hijos: “Los cuido de vez en cuando; vivían con nosotros, pero es el esposo el responsable y se los llevó a una casa que construyeron, y ahora sólo me pide ayuda cuando realmente la necesita, porque todavía no se ha vuelto a casar o rejuntar”.

Dice que no supera aún la partida de su compañero de vida: “Platicábamos bien, no era borracho ni mujeriego o golpeador; en las noches, luego de que regresaba del trabajo, entre semana nos tomábamos un café con pan, esos momentos los extraño, era la manera de decirnos te quiero y cuando me toque voy a rencontrarme con él”.

Adela, oriunda de Torreón, Coahuila, pero residente de Juárez desde los ocho años, cuenta que en la colonia La Chaveña, una de las más antiguas de Juárez, conoce a por lo menos 10 mujeres que enviudaron a causa de la pandemia. “Nos vemos en la iglesia, la mayoría son jóvenes que perdieron a sus maridos, que eran trabajadores de maquiladoras”.

En Ciudad Juárez se realizaron algunos paros en maquiladoras que no cumplieron con las disposiciones de autoridades. Foto Afp.

La sexagenaria considera que las mujeres que quedaron viudas a causa del covid u otras enfermedades deberían de recibir apoyo, no compasión, así como capacitación en alguna actividad que les permita valerse por sí mismas.

Las autoridades, propone, deberían tener una dependencia que las asesore en trámites como las propiedades de las casas, herencias, la forma de obtener la pensión del cónyuge y otros beneficios cuando llegan a morir sus parejas.

Tragedias en Baja California

Lourdes Cañez, nacida en Mexicali, Baja California, hurga en la memoria; su mirada se pierde en recuerdos, solloza, musita, hace silencios: su esposo Miguel Ángel López Ramírez empezó con tos, un problema en los bronquios y molestias en el cuerpo.

En casa se pensó en la hipocondría, fue con un médico a un consultorio contiguo a una farmacia. En tan sólo unos días, el virus acabó con la vida del hombre, dedicado al deporte, a la docencia deportiva y a su familia: su esposa e hijas. Su hogar se quebrantó ante el deceso repentino.

En la entrevista, los tiempos se extravían en ese tramo de 2021. “La última vez que lo vi fue en mis brazos, se apoyó para poder llegar al baño y en el pasillo su cuerpo quedó inerte, se desplomó. Todo fue inútil, nada, ni la respiración de boca a boca; no hubo intento que le devolviera la vida”, narra con voz pausada.

Hay ausencia, vacío, no está una parte de su ser, fueron 38 años de estar juntos. Lourdes, directora del Instituto del Deporte en Baja California, considera que el matrimonio es la segunda educación donde hay aprendizaje mutuo.

Dice que Miguel era noble, paciente, tranquilo, reflexivo, mesurado, a diferencia de ella, que se describe como una mujer de acción y firmeza. “Me fortalecía a diario, me convertí en una mujer positiva ante la vida, optimista, fuerte.

“Es doloroso llegar a tu casa, que está vacía, durante meses tuve sus cenizas en casa, conversaba con sus cenizas, cuestionas a Dios y preguntas: ¿por qué murió? Todavía no sé. Es difícil aceptarlo y acostumbrarte a no tener su presencia, a cubrir el vacío y no sentirte sola.”

Recuerda que empezó a tener taquicardias, “perdí la noción del tiempo, la cordura, era una situación atípica en todos los sentidos”. Fue entonces que decidió refugiarse en sus actividades laborales porque “la mejor terapia es servir”.

Lourdes, quien cuenta con estudios de posgrado, tomó la decisión de esparcir las cenizas de su compañero en Ensenada y sacar la ropa del armario y los libros de su esposo.

Otra historia es la de Priscila Zárate, quien también en 2021 perdió a su compañero de vida. Una mañana, Rigoberto Bedoya salió hacia La Paz, en Baja California Sur, para realizar trabajos de la Comisión Federal de Electricidad, donde era empleado en campo.

A su regreso a casa ya era portador del virus y el 9 de abril de 2021 ingresó al centro hospitalario para no salir más, no volvió a verlo, sólo estuvo pendiente del reporte de Trabajo Social sobre su estado de salud. Un día, el informe fue diferente, pues le anunciaron de la muerte de su cónyuge.

“Me afectó en el vacío, porque fue algo repentino, no por una enfermedad en la que pudimos saber el desenlace. Me agarró de improviso, pensé: ‘¿qué voy a hacer?’ Porque dependía económicamente de él, dije: ‘ahora, ¿qué procede, enfrentarme a la vida sola?’

“Fue un vacío grande, emocional y económico, que se mantiene a pesar del tiempo”, reconoce y expresa que extraña su presencia, la fuerza con la que la impulsaba a seguir adelante y su compañía “porque era mi pareja”.

Advierte que al escuchar la palabra covid lo relaciona con él y con la muerte, con la tristeza, la incertidumbre “porque nunca imaginamos hasta dónde llegaríamos con esta enfermedad y todavía hoy no sabemos, también hay miedo, más que nada porque aún tengo a mi madre, hijos, hermanos, mis seres queridos”.

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