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Cultura

2022-07-05 06:00

Ricardo Yáñez: donde pone el ojo pone la voz

El poeta, captado durante una entrevista en 2014.
El poeta, captado durante una entrevista en 2014. Foto Marco Peláez
Periódico La Jornada
martes 05 de julio de 2022 , p. 6a

Para hablar de lo lírico habrá que hacer trampa y recurrir a lo anecdótico. En realidad no sé bien, y quizás él tampoco, dónde y cuándo nos conocimos. Por mi parte puedo decir que el Ricardo Yáñez que mejor conozco data del Ricardo Yáñez leído. Sé que por muchos también es cantado, o escuchado, pero no es mi caso.

Nuestro encuentro data del mundillo de los años 70 de los nuevos poetas que, siendo tantos, acabaron en una asamblea, convocada con afán estadístico más que crítico, o digamos estético, por Gabriel Zaid en 1980. Lo menciono para darnos una idea. Los más numerosos autores del registro zaidiano eran de la capital del país, y algunos ni siquiera siguieron escribiendo poesía.

Veníamos de la jauja petrolera del lopezportillismo, no espectacular ni de pachá, pero hubo chamba para todos (no se acostumbraban todavía las becas del gobierno ni el titipuchal de premios) y con superávit para whiskis y viajes. Eso permitió la existencia de un territorio independiente, donde pequeñas editoriales más o menos artesanales publicaron poemarios más que presentables. La Máquina de Escribir, La Máquina Eléctrica, Taller Martín Pescador, Verdehalago y otras. Algunas universidades extendieron la mano con cuadernos y libros menores, como la UNAM, la Veracruzana, la de Zacatecas y la de Guadalajara.

Se trata, visto a la distancia, de una generación de editores que aprendieron el oficio ejerciéndolo, y escribiendo. Han dejado huella firme en las principales casas editoras y muchos ahí andan todavía.

Ya para entonces se tenía la noción de que Guadalajara resultaba una peña muy prometedora y, por qué no decirlo, simpática. De entonces data en mi mente (y en la de otros) la noción de un trío tapatío: Castillo-Yáñez-Torres Sánchez. Gran popularidad ganó Ricardo Castillo con su Pobrecito señor X, pero se hablaba de “los Ricardos” pues el otro era Yáñez y todos lo sabían, ahí sí ni lo que digo.

Rafael Torres Sánchez, aunque oriundo de Culiacán, afincó en Guadalajara una obra que sigue hasta hoy, rica y sin concesiones, aunque con inmerecido bajo perfil.

Andaban por ahí Raúl Bañuelos y Raúl Aceves, y poco después Luis Alberto Navarro, Sergio Cordero y Jorge Esquinca. Con ojo crítico, Carlos Monsiváis reconoció la frescura de sus voces poéticas, su cercanía con el habla popular y coloquial. Admiró a los dos Ricardos y a Rafael. Los antologó. Los publicó cuánto pudo en el suplemento de Siempre! Hoy sabemos que son una promesa cumplida de la poesía mexicana contemporánea. Había una huella ahí de Elías Nandino, maestro directo o indirecto de aquella banda, aunque rifara menos en los casos de Castillo y Torres Sánchez.

Ricardo Yáñez ya era entonces como el agua, fluía por donde hallaba cauces. Sus primeros lectores agradecíamos y admirábamos la “facilidad” de sus versos. Se intuía allí mucho trabajo, pero el lector no lo sentía. O no lo sufría. Lo mismo en las rimas, los sonetos, las miniaturas, sus cancioneros, su poderosa poesía en verso largo, no medido ni rimado, pero satisfactoriamente respirado y lleno de hallazgos.

Nos habíamos visto alguna vez, pero donde confluí con Ricardo Yáñez fue en la fundación del diario La Jornada, en 1984, cuando en la progresía todavía nos amábamos tanto. Si no mal recuerdo nos presentó Monsiváis. Tampoco que nos viéramos mucho a partir de entonces. Así se pasaron los años y 20 de ellos los trabajé en Chiapas. Y al cabo de, digamos, tres décadas, un día me descubrí preguntándome si en el periódico se sabía ampliamente que entre sus redactores tenía a un poeta de relevancia.

Ese pensamiento me llevó a otro. Al paso de los años, quizás en parte por la sensibilidad poética de Carlos Payán, La Jornada dio casa a varios poetas de importancia, como el gran Francisco Cervantes, nuestro lusitano honorario, y el querido por todos Hugo Gutiérrez Vega. Tuvimos de compañero reportero al chiapaneco Javier Molina. Han sido editores, de La Jornada Semanal José María Espinasa y Francisco Torres Córdova, y por épocas escribieron en el diario Luis Miguel Aguilar, José Joaquín Blanco, y lo hacen regularmente hoy en “la Semanal” Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva y Javier Sicilia.

Todos son, o fueron “de casa”. Pero, discretamente, Yáñez fue por años el poeta de la casa. Entre tanto su obra crecía, vivía. Tallereaba, cantaba y por ahí andaba. Entrado el siglo XXI, en su un tanto impersonal escritorio a media sala de redacción, estuvo Ricardo con silenciosa constancia y nos saludábamos. Éramos vecinos de piso.

Luego vino una interrupción. Acechado por las turbulencias corporales, casi se nos muere o se nos rompe. El deleite de encontrarse hoy con Armadillo, su libro de 2021 editado por Magenta, es doble. Por un lado seguimos ante la “facilidad” de su trabajada voz, y por otro celebramos al sobreviviente. La finitud de la existencia anda a sus anchas como duda, acento y certidumbre en estos poemas y otros que suelta en redes sociales, pero lo hace con tanta gracia que a veces uno hasta sonríe. No como en las “calaveras” de Día de Muertos, o sí un poco. Lo dice mejor su poema “Dación”:

Dueño no soy de mi vida, de ella el amor se adueñó. Otro que no fuera yo quizá se daría a la huida, pero yo voy de salida, así que cómo no. La vida me enamoró y enamorada me cuida y he de darle lo que pida por la vida que me dio.

Ahora anda en una nueva faceta de dibujante e ilustrador, que algo muestra en Armadillo, donde también se acompaña de otras amistades plásticas como Armando Brito, Alec Dempster y Alfredo López Casanova. Ahora resulta que tocan con él un mismo son.

Su vena pedagógica lo lleva desde hace años a reflexionar, suponer y concluir montón de detalles y máximas que ayudan a la poesía para ser, según elabora en la columna Isocronías.

La guía más completa de sus recorridos están en Desandar, amplia selección de sus obras hasta 2014. En sus bastantes páginas el lector puede constatar todo lo aquí dicho y hasta me quedo corto.

En Armadillo, las formas corren saltarinas pero bien ceñiditas, el soneto, la canción, el haikú y sus variaciones, la copla y, por qué no, el verso largo y la casi prosa, la remembranza puntual, la iluminación isocrónica que también es marca de quien donde pone el ojo pone la voz: “De la voz hay profesores, / más la maestra es la voz”. Cada libro es cada vez Ricardo. No seré yo quien se venga aquí a quejar, si “los múltiples caminos de la poesía enseñan: sólo hay uno, el que aún ignoramos”.

(Texto leído durante el homenaje a Ricardo Yáñez como “protagonista de la literatura mexicana” en el Palacio de Bellas Artes, julio 21, 2022.)

Toda la historia del mar encontré en sólo una perla que a mi palma vino a dar.

*

Cantar

Al pie de un árbol de limas lleno de limas y azahares me dio por cantar cantares. Corazón, cómo lastimas y cuántos me das pesares. Al pie de un verde ciruelo que verdes ciruelas daba mi vihuela yo afinaba y a la vez el desconsuelo que cierto amor me causaba. De un manzano iluminado al pie canté una mañana y me dije el canto sana y el corazón despejado quedó en esa hora temprana. Al pie de un alto guayabo que algo torcido creció di conmigo mismo yo, de mí mismo di en el clavo y del gusto no me acabo. Al pie de un árbol de limas lleno de luz y de azahares solté en sueños mis cantares y en sueños vi que me estimas a pesar de los pesares.

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