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La sólida transparencia de Ramón Xirau
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a geometría de Ramón Xirau, nacido hace 100 años en Barcelona, siempre lo mantuvo entre dos polos. Fueran los ángeles o los demonios de la lengua, fueran el catalán de la poesía o el castellano del pensamiento, fueran lo llano y cotidiano o lo indecible y sagrado, fueran la noche de San Juan de la Cruz o el día de Ungaretti que se ilumina de tan inmenso. Esa dualidad entre lo claro y el misterio también, cruelmente, lo hiere entre dos tragedias: la muerte de su padre y mentor Joaquín cuando él es joven y suele caminar con él rumbo a la facultad de Filosofía en Mascarones desde la vecina colonia San Rafael, y la pérdida absurda de su joven hijo Joaquín, pupilo suyo y también poeta. También cabe imaginarlos llegando juntos a la escuela, el padre maestro del Liceo Franco-Mexicano y el hijo alumno del hoy desaparecido Instituto Patria, a cuatro cuadras de distancia sobre la misma calle.

Aunque no sea evidente en una primera impresión, Ramón Xirau es un poeta que no teme a ninguna imagen ni a su opuesto, la imposibilidad que dicta lo invisible. Por donde se le asedie es un caso raro. Único. Mexicano la mayor parte de su vida, como poeta es, y sólo es, catalán. Porque no es un autor, sino dos. Piensa, enseña y conversa, filósofo congénito, en castellano. Mas la poesía, desde el primer momento en los 20 de la edad sucede en catalán, a tal grado que él nunca se traduce. Tan cercanos que podrían estar, el pensar y el cantar son mutuamente intraducibles. Lo harán sus amigos Octavio Paz, Pere Gimferrer, y sus pupilos como Marco Antonio Campos; finalmente, Andrés Sánchez Robayna nos dará la versión bilingüe de su Poesía completa (Fondo de Cultura Económica, 2007).

Es, con Agustí Bartra, el gran poeta catalán de México. Una poesía delicada, escueta, precisa (más en el original de su lengua tan económica, a la manera del inglés, que en nuestro desbocado y deslenguado idioma español). A la vez, como su paisano Luis Villoro, ocupa un lugar decisivo en nuestra tradición filosófica, comenzando por su Introducción a la historia de la filosofía que miles de bachilleres recorren desde hace 60 años, o su clásico Palabra y silencio (1968), hasta el más fino y cristalino ensayo teórico o crítico de su obra mayor, tan cercana con frecuencia a la poesía como lenguaje de lo sagrado, así en San Juan como en César Vallejo.

Siendo un maestro de ideas, es un artista de imágenes, sólo imágenes. Poeta mediterráneo que evoca las piezas para piano de Satie, Ravel, Messiaen y Mompou, el celo de Valéry, la sensatez de Juan de Mairena, sin ceder a la fijeza en las cosas que prosaicamente predica Francis Ponge. El nombre de cada cosa en su espacio de realidad no evita un oído atento a la voz intangible de los pájaros. Y sí, Miró, Tàpies, y como el poeta Rafael Segovia recuerda, Vicente Rojo.

El propio Xirau escribe en referencia a su amado Juan de Yépez: Las imágenes, más que espejos, son ventanas. Así, recorrer su poesía a partir de 10 poemas (1951) y El espejo enterrado (1955), a la amplitud de Gradas (1979) y Naturalezas vivas (1991), nos muestra siempre la misma voz sosegada. De éste último libro escribió Verónica Volkow: “En Natures vives la voz más que alzarse parece, por momentos, que se desnuda, que se hunde bajo el pudor de lo más hondo. Ciertos poemas hablan como diamantes, comprimidos por el dolor, el peso, el frío de las pruebas más difíciles, forzados a lo esencial. Es esa palabra esencial la única que, contra el abismo del mal y de la muerte, es capaz de sostenerse, sostenernos, la única capaz de convertir la noche en luz blanca”.

Diríase que lo suyo son el bodegón, el paisaje, la estampa, pero su poder no reside en lo que vemos en sus versos, sino lo que descubrimos a través de ellos. Gatos de cristal, punzadas de luz, olas brillantes que llevan en su cresta la del gallo de Stravinski, fresas tan frescas que remiten al naturalismo de William Carlos Williams o a la música concreta de Paul Cézanne.

Su vida descomienza en la guerra civil española. A partir de exilio la rehace en la soledad del pensamiento y en una melancolía afín a la del muy subestimado Emilio Prados, quien palideció como prefecto del viejo Colegio Madrid. Participa discretamente en la escritura hija de ese exilio tan importante para la cultura mexicana, con los numerosos autores que llegaron escribiendo, y los que aquí se hicieron, como Manuel Durán, Tomás Segovia o él mismo.

En su recomienzo vital, la poesía se le reveló, en un sentido teológico y en el freudiano trasfondo inconsciente, como una raíz clavada en la infancia. Contra lo que pareciera indicar su poesía de estampas casi castas, guarda una fuerte deuda con el libertino Catulo, según confesó varias veces.

Todo poema es visible, no explicable, afirma en 1978. Allí, la cosa es la cosa, el nombre es el nombre, pero el poema, esa construcción de palabra y silencio, en las manos suaves y precisas de Ramón Xirau es una ventana. Sean la vidriera de San Juan de la Cruz, las insinuaciones cromáticas de un vitral gótico o la inexistencia del cristal en la ventana abierta, donde la luz llega con el aire, entre lo que vemos y nosotros está el poema.