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Nada se ha puesto fácil
E

ntre más herramientas nos ofrece el nuevo milenio, más nos dificultan aprovecharlas. Aparentemente nunca fue más sencillo denunciar, convocarse, informarse, anunciarse, alertarse en tiempo real (quizá una de las manifestaciones más irreales del tiempo moderno). Pero juntarse y acordar no se facilita, al contrario. Reinan el ruido, la estática, los galimatías, la violencia. Los algoritmos obran en poder de unos pocos. Los Pocos. Tejes tus redes; otros las atrapan entre las suyas y las desanudan. Te globalizan la punta de los dedos pero te amurallan el cuerpo, la voluntad y la imaginación. Te liberas pero te esclavizan. Tú te inconformas; te pegan, te persiguen, te siembran drogas, te las inyectan, te endrogan con la tarjeta, con la salud, te agorzoman con el consumo y las necesidades imaginarias. Al final, sustituyen tu inteligencia.

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La gasolina es como la heroína, entre más la necesitas más cara te la venden y más mortal resulta. La energía atómica es como la heroína, entre más…

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Se vota más, pero se elige menos.

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Si acaso es cierto que la inteligencia humana evoluciona ¿por qué sigue fascinada por el oro y no controla su insaciable y suicida sed de conquista y sacrificio para sacarlo de la Tierra y volverlo el único valor sólido en este mundo líquido? Busquen si no el factor oro en el corazón de la guerra en el Cauca, en Guerrero o el centro de África. Primitivos como siempre, seguimos matándonos por esa pendejada.

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Ciclo del oro: lo sacas de la tierra de quien sea a como dé lugar, lo procesas con veneno, lo concentras en tablillas como las de los antiguos egipcios y lo entierras nuevamente a piedra y lodo en los sótanos de los bancos. Con las rebabas del metal se hacen cadenitas, pulseras, anillos, medallas; en el Museo Vaticano por ejemplo uno atraviesa entre tanto oro que dan ganas de vomitar.

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Se inventa más. Se crea menos.

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Se sabe más. Se entiende menos.

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Se viaja más. Se conoce menos.

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Nada sucede de repente. Ni siquiera la explosión de una bomba. En cada detalle del Universo hay una preparación, aunque no necesariamente un propósito. Puede ser un despropósito.

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Nos hace falta la solidaridad de la ternura. Pero la obstruyen la aglomeración de gente y de datos, de miedos, exaltaciones y engaños. La ponen a merced de las armas, los escudos, las rejas, los reglamentos, la venganza, el odio simple. La ternura se está volviendo dura por necesidad. Para marchar por muchachos y muchachas que desaparecen. Para proteger el agua. Para defender la comunidad, el bosque, la escuela, la milpa. Por eso la ternura se manifiesta, se atrinchera, acampa, bloquea, grita. A la ternura le imponen muros, le sueltan batallones y jaurías. La gasean. La encapsulan o encarcelan dentro de su propia esperanza para que, desesperada, se rinda. La ternura vive en resistencia, por eso la confundimos con la lucha. Y a veces, de tanto luchar se nos olvida la solidaridad y se nos cansa la ternura.

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Los teóricos de antaño recomendaban la acumulación de fuerzas. Sugerían paciencia. Así fermentaban sus revoluciones. Unas triunfaron, muchas perdieron. La paradoja actual es que las fuerzas están acumuladas, amontonadas casi, con la meta –consciente en unos, instintiva en otros– de cambiar el mundo, y el mundo siempre comienza en casa, aunque muchas veces desemboque en exilio. Cómo estarán de acumuladas las fuerzas que hasta los migrantes que nada tienen se juntan sin permiso en grandes multitudes y son vistos por todos.

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Las naciones militarmente poderosas confirman que, en este mundo, la tierra es del que se la roba.

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Hoy hasta las víctimas reclaman leyes para su condición de víctima. Los desaparecidos exigen que se reconozca su existencia. Se nace, trabaja y muere en cifras. El desempleo, el hambre: cifras, cifras.

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En realidad nadie desaparece: eso es imposible.

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La injusticia envenena el rasgo más humano que existe: la ternura.

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Se considera delito:
– cuidar las semillas propias;
– curarse con plantas silvestres;
– parir en tu casa;
– beber agua sin pagarla;
– cruzar determinadas vallas;
– impedir que se destruya el territorio donde vives;
– ser negro;
– ser árabe;
– ser indígena;
– profesar determinada creencia (otra);
– estar en el lugar equivocado en el momento equivocado;
– defenderte de tus asesinos;
– buscar a tus muertos.

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¿Requisitos para quitarles el mundo a los que lo controlan?
– organizarnos sin ellos.

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Requisitos para organizarnos:

– respetar los límites del sufrimiento;
– tolerar al distinto;
– identificar al hermano y la hermana;
– saber qué quieres y qué te resulta inaceptable;
– escuchar como quisiéramos que nos escuchen;
– pensar con luz en los ojos y el sol en el estómago.

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La paz es la única guerra que vale la pena pelear.

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Cueste lo que cueste, alimentar la ternura.

(Una primera versión de estas observaciones apareció en Desinformémonos en febrero de 2017.)