Opinión
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Es Pemex
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ace unas noches fue percibido un olor mefítico por diversos vecinos del área metropolitana de Monterrey. Igual de diversas se esparcieron rápidamente múltiples interpretaciones. Algunas escatológicas: olía a orines de gato, ¿una pandilla de gatos meones salidos de un guion en modo Hitchcock?; otras impostadas en voces de técnicos silvestres: es una emisión de gases, y no faltaron las de resonancias medievales: fue como si el diablo anduviera suelto.

Sin mediar investigación alguna ni menos un primer diagnóstico, de la liana técnica se colgaron el alcalde de San Pedro y el gobernador de Nuevo León para concluir instantáneamente: fue Pemex. O sea, la refinería de Cadereyta.

A iniciativa del alcalde de San Pedro, vecinos de este municipio, de Monterrey, Santa Catarina y, se dice, otros municipios reunieron firmas para presentar una demanda de amparo en contra de la refinería de Cadereyta, a la que la Federación no ha obligado a reducir sus emisiones contaminantes.

El gobernador de Nuevo León hizo señalamientos en el mismo sentido: los olores procedían de esa refinería. La diputada morenista Anilú Hernández respondió: “No es la primera vez que huele mal la ciudad. El gobernador dijo hace un rato que había un protocolo. Es importante que lo dé a conocer… y sobre todo si se aplica o no a otras empresas”.

El municipio de San Pedro es de una larga tradición panista. En 1946, bajo el halo de la unidad nacional, copia de Ávila Camacho a ese partido, Antonio L. Rodríguez resultó diputado federal cuando ya el carro completo del PRI dominaba la escena política nacional.

En ese municipio viven algunas de las familias más ricas de México y su irradiación determina, en gran medida, la vida y la cultura de la población del estado. Una de las principales arterias de la cabecera municipal lleva el nombre de Manuel Gómez Morín, uno de los dos fundadores de Acción Nacional.

Gómez Morín, cuyo proyecto partidario fue patrocinado por los industriales de Monterrey, respondió a un discurso del presidente Cárdenas sobre las acciones de su gobierno, señalando que la expropiación petrolera debía retrocederse, para que esa organización responda a las necesidades nacionales y fines nacionales invocados como su fundamento.

En el arco de la sustitución de importaciones tales necesidades y fines fueron, fundamentalmente, los del proceso de industrialización. De hecho, todo se sacrificó a ese proceso: el campo, el ejido, los trabajadores y su organización sindical. La primera señal del sacrificio que se avecinaba tuvo lugar en la planta laboral de Pemex: el gobierno de Alemán, en respuesta a las demandas de los obreros del sindicato de la paraestatal, los reprimió mediante el Ejército. Los empresarios aplaudieron la enérgica acción del presidente.

En San Pedro se ha establecido el canon de que los empresarios privados son los únicos que pueden gestionar con éxito una empresa. En una mesa de discusión, uno de los empresarios más visibles de ese entorno llamó animal a Cuauhtémoc Cárdenas por oponerse a la privatización de Pemex. Lo peor fue que en la mesa donde así se expresó, los organizadores y opinantes (situados en la izquierda) nada dijeran y se fueran a celebrar junto con el hombre de negocios. La actitud reverencial ante quienes representan la riqueza se ha metido en no pocos hasta el tuétano.

Los gobiernos neoliberales entendieron que ese canon era un mandamiento imperativo. Y así, con la Fundidora de Monterrey, se inició la venta de garaje de numerosos bienes nacionales. Aceros Planos es una de las empresas de Fundidora que se administraba con números negros. Pasó mediante ese bazar a propiedad del empresario que insultó a Cárdenas.

Uno de los aspectos que se argumentaron para cerrar la antigua acerera norteña fue que contaminaba seriamente la atmósfera del Monterrey metropolitano. En los años siguientes, la contaminación ha crecido hasta niveles alarmantes. No se contabilizan ni miden con exactitud la depredación sistemática de los nichos y pulmones de las zonas urbanas (una de éstas, precisamente, la superficie de la fundidora convertida en parque), ni el creciente hormiguero vehicular, ni los desprendimientos agresivos de las pedreras ni las más de 15 mil industrias manufatureras. Pero nada efectivo se hace para atenuarla, salvo señalar con fogonazos mediáticos, como ahora con el olor hediondo percibido por algunos, que la culpable de los daños al oxígeno y a la salud (el cáncer es la segunda causa de muerte infantil en Nuevo León) es la refinería de Cadereyta.

En el supuesto extremo de que el chivo expiatorio de Cadereyta llegara a desaparecer, pues en el ánimo ingenuo se inocula la idea de que con los autos eléctricos de Tesla la mejora ecológica estará a la vuelta de la esquina, ¿la nata patológica de la atmósfera regiomontana será cosa del pasado, con los mismos actores públicos y privados?

Escribo este artículo en recuerdo de Carlos Payán (No, mano; así, no o Sí, mano; así, sí: la observación crítica o la anuencia hospitalaria escoltadas por el rigor y la souplesse d’esprit del primer director y guía de nuestro diario).