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Nosotros ya no somos los mismos

Mejor callado que predecir // Sin mula de seis // Sólo nos barrieron: panistas // Rumbo a 2024

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▲ Electoras en la casilla de San Bartolo Quialana, Oaxaca, uno de los cuatro estados en los que Morena triunfó en los comicios del 5 de junio.Foto Afp
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l domingo pasado me impuse la obligación de abstenerme de participar en la feria de los pronósticos, que se había obviamente agudizado conforme el Día D se aproximaba. Todos los canales televisivos se habían convertido en uno solo y, con raras excepciones, los conductores y corresponsales repetían a cada momento los datos más insulsos y las opiniones del todo descabelladas (¿o sea, calvas?). Me puse a pensar en cómo estarían las cosas en mi pueblo y, después de una hora de elucubraciones, recordé que en Coahuila no había elecciones. Mi mayor audacia fue comprometerme con unos amigos a invitarlos a comer el lunes si Morena ganaba en más de tres entidades. Pienso que era una razonable propuesta, pues de tres estados tenía mis propios datos. Yo siempre consideré que Durango, como el estado de México, Hidalgo y mi tierra, Coahuila, estaban asignados al PRI a perpetuidad. Aguascalientes, por su parte, era un pequeño artefacto dedicado a hornear el mejor PAN. Por lo que respecta a Tamaulipas, supuse que el consorcio delincuencial, el mejor que domina la entidad, iba a invertir cuanto fuera necesario a fin de no perder un territorio fundamental para la producción, trasiego y mundialización de sus productos. Pero en fin, Morena ganó una gubernatura más de las por mí enunciadas y, cumplidor que soy, invité a comer a quienes, con fe ciega en la 4T, aseguraban que la mula de seis era un hecho. Empate técnico, acepté: no fueron menos de tres ni tampoco las seis anheladas. La comida fue celebrada (aquí sí, la expresión es atinada: celebración). A partir de allí discutimos el porqué de esos resultados. No fue fácil, los puntos de vista eran muy diversos de por qué se ganó en cuatro y se perdió en dos. En lo que sí hubo consenso fue en la carcajada que nos provocaron las explicaciones que, sobre los resultados, hicieron públicas los dirigentes partidistas y, por supuesto, los expertos electorales.

Desde el sábado por la noche los voceros panistas corearon: ¿ya ven cómo los paramos en seco? Dijeron que ganarían seis de seis y sólo ganaron cuatro. Mentirosos, echadores. Más pronto cae un hablador que un cojo. Presumieron que iban a barrer y trapear a la oposición, y apenas si nos barrieron. El presidente del PAN, en un arranque inusitado de lucidez, dio al proceso electoral un nuevo sentido: ¿para qué pelear contra los opositores si lo podemos hacer contra nosotros mismos? Sostiene el dirigente que el avance de Acción Nacional es contundente e inobjetable y la prueba está en el número de votos obtenidos en 2018 y los alcanzados en la última elección. Comparen y reconozcan: el número de sufragios obtenidos por nuestros candidatos supera a los conseguidos por los abanderados en el pasado (y un metiche niño Montessori pregunta: ¿y no cuenta que el candidato del 2018 era un cerillo presuntuoso de larga cola y poca mecha?) El presidente panista decidió cambiar de rivales: los contendientes no son ya los opositores, ahora se conforma con ganarles a los panistas que lo antecedieron: Nuestra pujanza está a la vista. Ciertamente los oponentes de antaño lograron más votos que nosotros, pero qué tal nosotros, los panistas de hoy, que superamos a los de ayer.

Y qué pensar del diputado panista por el distrito de Fifilandia, el barón Creel de la Barra, que hace vibrante defensa de Alito, el presidente priísta, y mete las manos al fuego por él, asegurando que la promesa de ir juntos en el 24 está firme porque va su espada en prenda. Pues será porque ni a las monjitas del colegio Antonio Plancarte ni a los hermanos la sallistas que me educaron les logré entender mucho en eso de la aritmética, pero las cuentas que intento no me convencen. El PAN tiene sus mil votos, el PRI 600, El PRD tiene menos 100. Si la coalición lograra conjuntar esas sumas sin merma alguna, significarían mil 600 votos, cantidad que podrían (sueño guajiro) superar los mil 500 de Morena y sus aliados, pero resulta que son más los panistas que primero dejan de comulgar los primeros viernes de mes que ayuntarse con los masones (de los que ya no hay arriba de unas dos docenas en todo el país) y a su vez, los liberales después de una vida agnóstica y libre pensadora, que jamás votarían por los Caballeros de Colón que ahora ya no son sino caballerangos ideológicos de aquellos carcamanes de cuerpo y alma. O sea: esa alianza tiene más futuro que los matrimonios de Peña Nieto y la maestra gordillo. (Cada quien el suyo por supuesto).

Twitter: @ortiztejeda