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Filántropos evasores fiscales // Medio billón de pesos en 14 años // Carlos Cabal Peniche: ¿ahora sí?

V

erdes de coraje están los grandes filántropos, porque les han cancelado un ejercicio que a lo largo de los años les resultó muy redituable: exención/devolución/evasión fiscal por el altruismo que dicen practicar. Y no se trata de cacahuates, sino de un asunto que en los pasados dos sexenios (Calderón y Peña Nieto), más los dos primeros años de López Obrador, involucraron alrededor de 505 mil millones de pesos en donativos que no pasaron por la caja registradora del SAT, aunque sí por la ventanilla del reintegro de impuestos.

Sin duda, muchas fundaciones y organizaciones de la sociedad civil actúan de buena fe, con compromiso social, y ayudan, realmente, a las personas que lo necesitan, a sectores vulnerables. No tienen fines de lucro –ni de evasión fiscal–, sino de servicio comunitario, de asistencia al prójimo, con sólidos principios.

Pero hay de casos a casos, porque todos los grandes corporativos empresariales tienen su fundación filantrópica y muchos se acostumbraron, por esa vía, a evadir una buena cantidad de impuestos y a obtener crecientes devoluciones a cargo del erario. Solo para dar una idea, de 2007 a 2020 las donaciones a agrupaciones de esa naturaleza –registradas por la Secretaría de Hacienda– se incrementaron más de 245 por ciento, con el impacto fiscal que ello implica (benéfico para los altruistas, altamente negativo para el erario).

Por ejemplo, el tóxico barón Germán Larrea y su Grupo México tienen su fundación filantrópica, la cual, según dicen, desarrolla programas innovadores y sostenibles que contribuyan al fortalecimiento de comunidades y organizaciones de la sociedad civil, generando alto impacto en diversos temas como salud, medio ambiente, educación y cultura. ¡Claro!, como con los mineros de Cananea, a quienes impunemente han reprimido, golpeado, desempleado, exiliado y cancelado (lista negra de por medio) todo tipo de programas innovadores. Y sólo es un caso, porque, según dicen, los barones son altruistas y muestra de conciencia social.

La discusión (y posterior aprobación) de la miscelánea fiscal 2022 de inmediato puso a trabajar a los cabilderos de esos barones, quienes en el pleno de San Lázaro lanzaron ajos, cebollas y mentadas en contra de los ajustes propuestos en materia de filantropía. Grotescos a más no poder, cuando menos esos cancerberos demuestran que desquitan las croquetas.

Al respecto, se pronunció el presidente López Obrador: ¿la filantropía, el fomento a la cultura? No, esa no es la función de las empresas; su función es invertir, producir, crear empleos y pagar sus contribuciones; no es como antes, cuando estaban constantemente inventando cómo bolsear a la gente, sacar dinero; hay grupos que buscan sacar algún provecho o consideran que sus planteamientos son relevantes, pero ya está establecido como norma de política que lo más importante es el interés general, el interés público ( La Jornada, Roberto Garduño y Fabiola Martínez).

Y fue más allá: ¿cómo una empresa no va a pagar sus impuestos, porque los va a destinar a programas sociales? ¿Cómo se le va a devolver impuesto a una gran empresa bajo el supuesto de que ellos van a invertir en beneficio de la gente, en obras sociales, en filantropía, en fomento a la cultura? Eso lo inventaron, ¿y saben para qué? Para no pagar impuestos, o presumir y saludar con sombrero ajeno. Nos ayudan muchísimo las empresas con lo que están haciendo, invirtiendo, creando empleos y pagando sus contribuciones. ¿Y cuál es la función del gobierno? Pues atender al pueblo con esas contribuciones. ¡Claro que es importante la filantropía!, pero es a partir de que yo tengo mis ganancias y de ellas voy a aportar.

Las rebanadas del pastel

Debe tener grandes padrinos políticos, porque en México nunca ha pisado reclusorio. Debieron encarcelarlo tras su extradición (2001, proveniente de Australia), pero Carlos Cabal Peniche (ejemplo de empresario, se pavoneaba Carlos Salinas de Gortari) se mantuvo libre a pesar del grueso inventario de delitos por él cometidos. Tampoco, por los cerca de 73 mil millones de pesos (alrededor de 9 mil millones de dólares, al tipo de cambio de entonces) que, siendo propietario de Banco Unión (gracias al innombrable), traspasó a la panza del Fobaproa –que los mexicanos siguen pagando– ni por tantos otros atracos. La ha librado, pero ahora está en la mira de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Ya es tiempo.