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El periodismo como fiesta
H

ace una treintena de años, cuando empezaba mis clases de periodismo en La Habana, ella dijo a los estudiantes que le escuchábamos hablar del oficio: Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente. Aquella mujer era Marta Rojas, legendaria por haber sido la cronista del Moncada, la que contaría lo que en verdad ocurrió el 26 de julio de 1953 en la fortaleza de Santiago de Cuba que asaltaron Fidel Castro y sus compañeros. Unos pocos murieron en el intercambio desigual con los soldados de la dictadura de Fulgencio Batista, pero a más de 70 los remató el ejército al cabo de una semana de tormentos.

Marta guardó en los pliegues de su falda acampanada las fotografías que probaron el crimen y asistió al juicio donde Fidel hizo su propia defensa y acusó a sus acusadores. La censura le impidió publicar sus reportajes de aquellos días, pero dio testimonio como pudo y, sin saberlo entonces, salvó a las mujeres que participaron en la aventura heroica: Haydée Santamaría y Melba Hernández. Los esbirros creyeron que el fotógrafo a quien acompañaba Marta había tomado imágenes de las dos muchachas poco después del asalto al Cuartel Moncada y, por tanto, si las asesinaban, se habrían visto obligados a reconocer que ellas no habían muerto en combate.

Marta, quien con 93 años seguía haciendo periodismo y literatura, murió en La Habana el pasado 4 de octubre de un infarto fulminante. En septiembre puso punto final a su última novela, Espejo de tres lunas, y cuando la sorprendió la muerte, llevaba una vida plena e independiente de señora que va a la peluquería, hace sus quehaceres domésticos, visita regularmente a los amigos y maneja su viejo Fiat azul cuando va de compras al mercado. Todos creíamos que era inmortal y ella, también, porque pasó a la otra vida con libretas de notas y recortes de periódicos sobre su almohada, soñando quizás su próximo libro.

Donde quiera que ella estaba transcurría la Historia. Fue enviada especial del órgano del Movimiento 26 de Julio en los primeros años de la revolución de 1959, y luego del diario Granma. Como corresponsal de guerra estuvo en Vietnam en los momentos más duros, donde la grabadora y hasta los cuadernos eran objetos inútiles que no sobrevivían a la humedad de los pantanos y a la depredación de los insectos, que estuvieron a punto de comérsela viva.

Sus clases en la universidad eran épicas. Si hacíamos una entrevista, ponía toda su atención en los detalles aparentemente más nimios y en las historias que nos contaban otros del personaje central. En su entrevista a Ho Chi Minh, el lirio recién cortado como único lujo de su casita de bambú era tan preminente como las palabras del líder vietnamita o las confesiones que logró de sus colaboradores. El conjunto nos decía que el Tío Ho, como lo llamaban sus camaradas, se parecía poco a los jefes de otras revoluciones. Recuerdo a Marta riendo con la anécdota del compañero que no lograba organizar a los militantes de su aldea, porque eran unos budistas atrasados que se pasan el día meditando. Pues vuelva y medite, recomendó Ho Chi Minh.

La pedagogía de Marta era la del saber mirar. La rutina me enseñó a fijar los detalles como si los estuviese mirando, decía. No hace tanto, mientras investigaba para un artículo sobre las primeras incursiones de Fidel Castro en la computación, terminé en casa de Marta entresacando del desván de su fabulosa memoria una anécdota que ningún experto había registrado nunca.

En los primeros días de octubre de 1963, el líder cubano recorrió las zonas afectadas por el ciclón Flora, que había devastado el oriente de la isla. Marta lo acompañaba como enviada del diario Revolución. Me sentí otra vez en el aula de la universidad cuando ella comenzó a recordar la montaña que se había deslizado espectacularmente por la fuerza de las lluvias y sepultado un caserío en las lomas de Pinalito, en Guisa, provincia de Granma. A pesar del peligro, los haitianos y los jamaiquinos se resistían a salir de los varentierras que habían quedado en pie. Alguno asomaba la cabeza, pero no hacía caso a los continuos llamados. Tenían más miedo a las autoridades que a las tormentas. Al borde de un precipicio, Fidel tomó de su jeep verde olivo el teléfono portátil que se activaba con una manigueta dentro, y dio instrucciones para que aquellas familias se beneficiaran de la seguridad social y se pusiera fin a la condición de parias. Usen la Ramac, y la palabra, dijo Marta, sonó como un graznido.

La Ramac 305 fue una de las primeras computadoras fabricadas en el mundo con discos magnéticos y había sido comprada por el dictador Batista. Pasó de inmediato a procesar los datos de la chequera de los más pobres entre los pobres, los antillanos dispersos y olvidados en la costa Caribe de la isla.

Color local, que los periodistas no somos taquígrafos, insistía Marta. Ella nos adentraba en lo pintoresco como en un mundo donde describir gentes y lugares sólo opera sobre lo verdaderamente significativo. El paisaje natural siempre está unido al paisaje humano, añadía. En el Cuartel Moncada, en Vietnam y en las montañas de Pinalito, con Fidel o con Ho Chi Minh, donde hay un reportaje también hay un cuento. Es decir, el periodismo como celebración posible de la verdad, de la belleza y de la ética, y como oficio que puede seguir sacando recursos de la ficción, que no es sinónimo de la mentira.

Gracias por esta fiesta, querida Marta.