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Enésimo llamado a cambiar los modelos de crecimiento
E

l lunes pasado, una noticia desplazó en los medios de comunicación al Covid-19 y sus variantes: el informe elaborado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), integrado por 517 destacados científicos de todo el mundo. Lo que señalan en el informe no es nada alentador: este siglo el aumento de las temperaturas no tiene precedente en cientos de miles de años y causa estragos por doquier. Por ejemplo, suben el nivel del mar y las temperaturas; lluvias torrenciales, incendios y sequía en extensas áreas. Todo indica que no será posible evitar que tengamos más calor a corto plazo. Llevará siglos y hasta milenios estabilizarlo si no se reducen radicalmente, y a la brevedad, las emisiones de los gases de efecto invernadero, en especial el dióxido de carbono (CO2).

El informe lo aprobaron las 195 naciones que hacen parte del IPCC y es una gran contribución a la Cumbre Climática a celebrarse en noviembre próximo en la ciudad escocesa de Glasgow. Además, es el enésimo llamado para que los gobiernos y los políticos comprendan la necesidad de cambiar los actuales modelos de crecimiento económico, que van en sentido contrario al compromiso acordado a escala internacional para alcanzar en 2030 el desarrollo sostenible. Esos modelos son depredadores de recursos naturales, fincados especialmente en el petróleo y sus derivados, y en el carbón, origen de los gases de efecto invernadero. En el informe se asienta que si esos gases disminuyen notablemente, habrá un avance significativo en estabilizar la temperatura. Pero esto no sucede, hoy caminamos hacia un escenario en que se rebasará el nivel de calentamiento global de 1.5 grados en los próximos 20 años.

Dicho calentamiento será de mayor intensidad en algunas áreas del planeta y prueba de ello es lo que viene ocurriendo: lluvias más torrenciales y grandes inundaciones, como las de hace poco en Alemania y Bélgica; sequías y calores intensos que echan a perder las cosechas; el derretimiento de los glaciares, en especial en el Ártico; huracanes más destructores; incendios provocados por la sequedad del ambiente y las altas temperaturas, como hace un mes en el noroeste de Estados Unidos y Canadá y las últimas semanas en Grecia, California, Italia, Turquía, Rusia, España y Argelia. El saldo: más de mil muertos y 200 mil desplazados. Todos los países están en riesgo y el pasado julio fue el mes más caluroso de la historia.

Un efecto muy visible es el calentamiento de los mares y el aumento de su nivel lo que afecta a las poblaciones costeras, a las numerosas actividades económicas que allí se realizan y a la infraestructura pública y privada. En México se observa en el Caribe y Golfo de México, asiento de la mayor parte de la industria petrolera y petroquímica y del principal polo turístico. Pero las autoridades no toman una sola medida para proteger y contrarrestar el avance del agua marina hacia tierra firme en los 11 mil kilómetros de litoral nacional. El gobierno federal y el Poder Legislativo siguen sin ampliar la llamada Zona Marítima Federal. Apenas comprende 20 metros tierra adentro desde donde rompen las olas. Además, permiten obra pública y privada en esa pequeña franja y que se destruyan los ecosistemas que allí existen. Un ejemplo es la barrera de piedra y concreto hecha por particulares para proteger del avance del mar los desarrollos inmobiliarios, en Puerto Aventuras, Quintana Roo. Con su silencio, las autoridades son cómplices de esos daños.

El informe contiene suficientes datos que dejan sin piso, y de manera contundente, las teorías de que el calentamiento global no se debe a las actividades humanas, algo que sostienen científicos y políticos (como el ex presidente Trump) al servicio de las poderosas empresas que explotan y/o utilizan en sus procesos los hidrocarburos y el carbón.

También muestra que el gobierno de México está lejos de cumplir con las metas que se fijó para contrarrestar los efectos del cambio climático. Uno fundamental: reducir sustancialmente las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero. Por el contrario, sigue apostando por la explotación y el uso de los energéticos que los generan. No debe extrañar entonces que aumente el calor en las ciudades y el campo, tengamos inundaciones, sequías y pérdida de biodiversidad. Más pobreza. El peor de los escenarios.