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La batalla de las vacunas
C

omo en la película argentina De eso no se habla, dirigida por María Luisa Bemberg y protagonizada por MarcelloMastroianni, hay temas relacionados con la actual escasez artificial de vacunas para paliar la pandemia del virus SARS-CoV-2 que los gobiernos y los medios hegemónicos de Occidente −la glorificada prensa libre democrática− han ocultado a sus ciudadanías y audiencias. En particular, el poder político-mediático y el afán de lucro mercantilista carroñero de las corporaciones farmacéuticas monopólicas agrupadas en la Big Pharma. Pero también, la sujeción de los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea a las lógicas del capitalismo financiarizado, especulativo y monopolista de nuestros días, a lo que se suma el indecente acaparamiento de vacunas −en volúmenes superiores a los de sus poblaciones y en detrimento de los países pobres del Sur global− mediante millonarios contratos secretos cubiertos con cláusulas de confidencialidad impuestas por las corporaciones dominantes de la industria farmacéutica: Pfizer-BioNTech, Moderna, AstraZeneca, Johnson & Johnson y Sanofi-GSK, ligadas todas en el pasado con millonarios fraudes y sobornos a gobiernos en distintos países.

En el contexto de la pandemia declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en marzo de 2020, esas corporaciones −que se protegieron de las posibles reacciones adversas o efectos secundarios de las vacunas, la mayoría de las cuales, como la Comirnaty de Pfizer, un sector de científicos consideran terapia genética a base de ARN mensajero (ARNm), experimento de consecuencias imprevisibles y cuyo monitoreo de eficacia y seguridad por la Agencia Europea de Medicinas concluirá en diciembre de 2023− determinan los precios con la aquiescencia de los gobiernos del Norte industrializado, que reproducen la ideología y la cultura clasista dominante y salvaguardan los sacrosantos dogmas de la propiedad privada y las leyes del mercado. Ello, no obstante que en países como Estados Unidos y Alemania, buena parte de la investigación y el desarrollo de aspectos esenciales en la producción de las vacunas más exitosas se apoyan en laboratorios gubernamentales y universitarios, y reciben millonarios fondos públicos sufragados por los contribuyentes. Asimismo, el sector farmacológico cuenta con créditos fiscales, subsidios y otras generosas concesiones financieras para cubrir posibles riesgos (incluido el pago de indemnizaciones), y una vez que desarrollan las drogas las pueden patentar y vender a precios altos a gobiernos y consumidores, alcanzando márgenes de beneficio superiores a los de cualquier otra industria; según Marc Vendepitte, su rendimiento es 17.3 por ciento en comparación con un promedio de 11.5 por ciento en las otras industrias.

A la vez, en la coyuntura ha quedado demostrado que el desarrollo de la vacuna es una cosa, y la producción y la distribución son otras. Los monopolios que fabrican las vacunas, principalmente la estadunidense Pfizer, asociada con la alemana BioNTech, y la británica AstraZeneca/Oxford, con participación sueca, han regulado su producción y el abastecimiento según sus intereses y sin respetar compromisos adquiridos (Pfizer en 20 por ciento y AstraZeneca en una escala muy superior), alentando el mercado negro y la proliferación de vacunas falsas, lo que se combinó con el ya señalado acaparamiento de vacunas a fuerza de millones de dólares por países de la Unión Europea, EU, Canadá e Israel. Lo que llevó al hasta ahora obsecuente moralizador director general de la OMS, Tedros A. Ghebreyesus, a hablar del egoísmo de los países ricos y las farmacéuticas, que, dijo, ha colocado al mundo al borde de un fracaso moral catastrófico.

En ese contexto se ha venido dando la llamada diplomacia de la probeta o la geopolítica de la inmunización, que en la carrera por la vacuna incorporó a Rusia y China, la primera con su antígeno Sputnik V, y la segunda con las vacunas de los laboratorios Sinopharm (producida de manera convencional), CanSino y Sinovac (CoronaVac).

Tanto el presidente chino, Xi Jinping, como el ruso, Vladimir Putin, han insistido en la necesidad de convertir las vacunas anti-Covid en bienes públicos mundiales. Sin embargo, la vacuna para vencer a la pandemia está lejos de ser un bien común de la humanidad. Su gestación y suministro exhiben los rasgos de la condición humana: el egoísmo y la codicia, la guerra comercial por los mercados guiada por el deseo de optimizar beneficios económicos, la indolencia frente al sufrimiento de los pobres mortales. En Occidente manda la élite de la plutonomía (los amos del universo), incluido un puñado de megamillonarios accionistas de corporaciones farmacéuticas privadas;de allí que la mercantilización de la salud y la geoeconomía de la vacuna se basen en el principio rector del capitalismo: el eufemístico libre mercado. Lo que incluyó en la coyuntura manipulaciones ideológicas sobre el poder blando ( softpower) del Kremlin y Pekín, como propaganda negativa contra esas naciones que no son de fiar, y el resurgimiento de viejos estigmas dicotómicos (héroe/villano) de la guerra fría, singularizados en la etapa como encarnación del mal, en el virus chino (Donald Trump dixit) y la vacuna rusa (considerada chafa en México por histéricos políticos anticomunistas de Acción Nacional y los contadores de muertos del sicariato mediático).

Términos como solidaridad y cooperación internacional nunca estuvieron tan vacíos de sentido. Mientras, a pesar del feroz bloqueo de 60 años, la pequeña y digna Cuba sorprende al mundo con su vacuna Soberana 02.