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Migraciones sin fin
N

o hay pueblo que no haya sido sujeto activo o pasivo de una migración. Todos hemos sido en un momento peregrinos o anfitriones. El crecimiento poblacional hace que el universo terráqueo se recree más pequeño y mezquino cada día, así las migraciones no tendrán fin.

Es difícil encontrar casos en que las migraciones no se hubieran dado por causas ajenas a la búsqueda de paz, del bienestar soñado, por vínculos culturales o familiares.

Por más de 100 años, desde los tiempos revolucionarios, hemos enviado millones de nacionales a EU. Consecuentemente hemos sufrido las políticas estadunidenses antiinmigrantes que el nuevo gobierno plantea como interesantes mas no confiables.

En los cruentos años del militarismo latinoamericano dimos refugio a cientos de argentinos, chilenos y uruguayos. Recientemente estamos recibiendo hermanos centroamericanos a montones de los que nunca hemos tenido control, ningún gobierno les ha prestado atención permanente.

El río Suchiate no es un obstácu-lo, es un sendero que no se ha sabido descifrar. Cómo lo entenderían las altas autoridades responsables si no hay noticia de que lo conozcan. Nuestras autoridades equivalen a la de EU que es impotente en el río Bravo. Nuestros servicios migratorios y guardias son tan ineficaces como aquéllos ante el poder imparable que ni ríos ni muros ni tropas lo evitarán. Es enfrentar la fuerza volcánica del empuje social que reclama derechos.

El país está confrontando un fenómeno de mil caras. A su interior tiene implicaciones de responsabilidad humanitaria ante la población que huye de lo violento y lo escaso en busca sólo de paz y mejor prospectiva de vida.

Al no gestionarse acertadamente su atención básica, su absorción se hace fortuita, ¿dónde están los migrantes de hace un año? El Triángulo del Norte de ser una relativa solución lo será hasta dentro de décadas.

La experiencia de la áspera relación con la autoridad estadunidense y de distinta manera a las centroamericanas ha sido motivo de estudio y proyectos en muy respetables instituciones. El Consejo Nacional de Población (Conapo), El Colegio de la Frontera Norte, el propio de la Sur, la UNAM y El Colmex tienen ricos acopios que no son aprovechados.

Preocupa más si reconocemos que las migraciones no cesarán, más bien se incrementarán y que esta realidad se reconozca sólo en silencio, que oficialmente, tanto en Estados Unidos como acá, sea disimulada en su fuerza histórica.

En su fuero interno ni Biden ni AMLO, ni sus gabinetes creen que sea posible estabilizarlas, pero están obligados a actuar contra lo imposible. Biden recién ha anunciado nobles medidas paliativas a situaciones ya dadas, como los dreamers.

Aunque para lo ya existente plantea algo ordenado, justo y permanente, para el futuro mediato, del que no habla, no puede ser optimista. Inocultable verdad es que como siempre, más pronto que tarde los dos países volveremos a encararnos.

Estamos obligados a hacer previsiones a las que no estamos acostumbrados, sería un caso de inteligencia política que no se advierte. Debemos anticipar el futuro inmediato y medio y proyectar respuestas. El Conapo tiene el talento, experiencia y estructura para hacerlo, pero para acertar una directriz de su central, necesita saber qué se quiere.

Bajo detalladas orientaciones el automóvil de 2030 ya se está diseñando, pero nuestro conflicto poblacional parece que sólo sabe esperar una nueva crisis. Son nuestros modos.

El problema de las migraciones, si bien tiene como foro primario la línea fronteriza sur, el impacto en materia de absorción temporal o definitiva es en casi todo el territorio. La conocida imprevisión oficial nos lleva a asentar que el gobierno no sabe con precisión dónde están miles de migrantes de hace un año.

En una nación de secrecías, misterios y simulaciones, el afirmar por parte de particulares que las migraciones no menguarán, para el gobierno es un acto perturbador, y sostener que nuestro actuar se condiciona a la política de Estados Unidos equivale a traición a la patria.

Nuestra reacción ante esos flujos humanos ha sido hasta ahora de carácter reactivo. Saltamos e improvisamos ante cada ola. Pasada esa emergencia volvemos la cara a otras urgencias. Tal actitud es y ha sido una postura determinada por factores expulsores previsibles y los personajes políticos a cargo.

Los factores expulsores se crean con las crisis redundantes en países o regiones críticas. Los personajes han sido nuestros presidentes, los estadunidenses y los caudillos centro y sudamericanos que hicieron la vida imposible a sus pueblos.

La verdad más auténtica es que por hoy sólo los científicos sociales reconocen que el problema atañe con apremio al interés nacional. Recoger su sapiencia y convertirla en un programa especial de investigación y acción es urgente. Se ha simulado mucho, lamentablemente pronto se revelarán los efectos. La Secretaría de Gobernación, titular de la responsabilidad, no da señas de apreciarlo y menos de preocupación.