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Prosperidad o libertad, el dilema de los indocumentados
 
Periódico La Jornada
Domingo 29 de noviembre de 2020, p. 11

El sueño americano no existe cuando no tienes papeles. La vida en Estados Unidos sin documentos es dura.

Faustino Alanís no estaba dispuesto a seguir sintiéndose como un ciudadano de segunda y determinó regresar a México tras casi una década. No fue una decisión sencilla, había pasado la mitad de su vida en aquel país. A finales de los años 90, sus padres se lo llevaron al país del norte, Faustino tenía nueve años.

Se adaptó a esa vida cuando su familia se asentó en Dallas, Texas, pero algo no terminaba por convencerlo. Cuando llegó el momento de analizar las posibilidades para su futuro, como incorporarse a la universidad, la realidad le dio un duro golpe: las colegiaturas son impagables y una beca, impensable por su irregular situación migratoria.

Era 2007, aún no existía el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (Daca, por sus siglas en inglés), que comenzó un quinquenio después. No le quedaba de otra y Faustino regresó a su tierra natal, Monterrey, Nuevo León, donde estudió Comunicación y después se trasladó a la Ciudad de México para incorporarse al Centro de Capacitación Cinematográfica.

Su readaptación a México no fue sencilla, pero algo de lo que más valora es la gratuidad de la educación y de los servicios de salud. Las dos carreras que tengo, no las hubiera hecho en Estados Unidos, asegura Faustino, hoy de 31 años.

Extraña a su familia, y la vida en aquel país. Como yo, creo que muchos que fuimos deportados o decidimos regresar nos sentimos entre los dos países.

Juan Carlos Saravia, de 37 años llegó hace tres meses, luego de pasar casi dos décadas en Chicago, donde se empleó de lavaplatos, mesero o como obrero.

Una crítica situación familiar lo orilló a regresar: sus padres están enfermos. No podía dejarlos solos; además, quiero disfrutar de mi país, descubrirlo de nuevo. Es bellísimo, la cultura, la gente, la calidez, la comida. Quiero disfrutar la Ciudad de México, extrañaba todo esto.

Pero la realidad acá, se lamenta, es cruda. La violencia, la inseguridad, el crimen, la desigualdad y la pobreza lo tienen un tanto decaído emocionalmente.

Tras su experiencia en el país del norte, propone tres puntos para evitar que millones de connacionales migren: una mejor educación y más universidades, un sustancial incremento a los salarios y apoyo económico directo a quienes desean ir a otra nación. Aquí hay mucho talento, pero nos vamos por la difícil situación del país.

Sin chance de nada

Yuri Arriaga Ortega, de 45 años, estuvo más de 17 en Estados Unidos. Hace dos fue deportado por una simple multa de tránsito. Somos ciudadanos de segunda, afirma.

Ama México, pero aquí no le ha ido nada bien. En el gabacho era electricista y tenía un buen salario. Acá está desempleado desde hace varios meses y cuando llega a obtener algún trabajo, la paga es muy baja. “No es lo mismo ganar en pesos que en dólares, además, allá te pagan por hora. En cuestión de money, allá está mejor”.

Sus hijos, una de 14 años y un niño de ocho, nacieron en Estados Unidos, pero fue a la frontera por ellos; sin embargo, por la falta de opciones de prosperidad en su tierra natal, ha tomado una decisión: se irá de nuevo de mojado. No es fácil, pero aquí no hay chance de nada.