"La Jornada del Campo"
Número 158 Suplemento Informativo de La Jornada Directora General: Carmen Lira Saade Director Fundador: Carlos Payán Velver
 

Editorial Infiernos socioambientales

Londres no fue el primer infierno socioambiental que engendró el industrialismo capitalista, pero si es uno de los más documentados.

Hace alrededor de 350 años, conforme los grandes talleres y fábricas se iban expandiendo en Inglaterra, la población de la muy centralista capital también crecía exponencialmente rebasando el medio millón de habitantes. Londres era una orgullosa ciudad que después de la peste de 1655 y el devastador incendio de 1666 se había reconstruido espléndidamente. Pero era también un gran centro comercial y fabril, de modo que, en las afueras, lejos de sus palacios, salones, teatros y museos se hacinaban decenas de miles de familias obreras vestidas con andrajos, viviendo en medio de la basura y respirando el aire envenenado por la polución. En el siglo XVII Londres era un infierno; un infierno laboral y un infierno ambiental; que el daño a las personas y el daño a la naturaleza por lo general van juntos.

Veamos primero los efectos ambientales del naciente industrialismo.

John Evelyn, uno de los científicos fundadores de la Royal Society, no sólo alerta sobre los “prodigiosos estragos” que la creciente demanda de madera causa sobre los bosques, sino que en el libro Fumifugium: o la inconveniencia de la dispersión del aire y el humo de Londres, publicado en 1661, denuncia la contaminación provocada por: “emisiones pertenecientes únicamente a cerveceros, fundidores, cocedores de cal, jabonadores y otras industrias privadas (…) Mientras estos la arrojan por sus tiznadas mandíbulas, la ciudad de Londres se asemeja más al monte Etna, la corte de Vulcano, Strómboli o los suburbios del infierno (…) Es este (horrible humo) el que esparce negros y sucios átomos y cubre todas las cosas, ahí donde llega. Las consecuencias de todo eso son que la mitad de cuantos perecen en Londres mueren de males tísicos y pulmónicos; de modo que los habitantes no están nunca libres de toses”.

Industrialización desordenada, contaminación y enfermedad una asociación maléfica que denuncia Evelyn y que sigue vigente en nuestros días.

Casi doscientos años después, en sus manuscritos económico-filosóficos de 1844, el joven Carlos Marx combina la crítica de la irracionalidad económica y la injusticia social inherentes al capitalismo, con el señalamiento de sus nefastos efectos ambientales. En sus notas, el futuro autor de El capital alerta contra “la contaminación universal que se está ocasionando en las grandes ciudades”. Y continúa: “El hombre vuelve una vez más a vivir en una caverna, pero la caverna ahora está contaminada por el aliento mefítico y pestilente de la civilización (…) Una morada en la luz, que, como dice Prometeo en Esquilo, es uno de los grandes dones gracias a los cuales transformó a los salvajes en hombres, deja de existir en este caso para el obrero. La luz, el aire (…) dejan de ser una necesidad para el hombre. La suciedad -esta corrupción y putrefacción del hombre-, la cloaca de la civilización- llega a ser un elemento vital para él”.

El fabriquismo salvaje transforma a las grandes ciudades en vertederos de inmundicias, en las cloacas de la civilización, como señala Marx con elocuencia. Pero los males ambientales van acompañados de males sociales. Y es que en un mundo gobernado por la codicia y donde el lucro es el único motor, los perdedores son tanto las personas como su entorno; el capital desmecatado se ensaña con la naturaleza externa y con la interna, con el medio ambiente y con los cuerpos.

Miremos ahora ya no al entorno contaminado sino al sufrimiento de los trabajadores; de los hombres y mujeres, de los niños y niñas que se consumen en los infiernos fabriles del Londres victoriano. Hace doscientos años, el arrollador avance de la producción mecanizada a costa de los talleres y la manufactura, da lugar a grandes fábricas; usinas pasmosas que son a la vez infiernos laborales en los que se explota sin medida al nuevo proletariado industrial: una ajetreada muchedumbre que trabaja más duro y vive peor que el artesano y el manufacturero del viejo régimen.

En los años treinta y cuarenta del siglo XIX los obreros ingleses habitan pocilgas, visten harapos y trabajan turnos de 16 horas. Si les va bien comen papas, pan, tocino rancio y té, si les va mal solo papas y te, y cuando están desempleados se alimentaban de pieles de papa y verduras descompuestas que recogen de los basureros. La harina con que se hace el pan de los obreros tiene yeso, y arroz en polvo el azúcar con que el proletariado endulza su té.

“Los obreros industriales (escribe Federico Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra, libro publicado en 1845) son casi todos débiles, de osatura angulosa, pero no fuerte, flacos, pálidos, consumidos…”

Thomas Hood (1789-1845) da voz a las trabajadoras de las fábricas de ropa:

La canción de la camisa

(fragmento)

Pero ¿por qué hablo de la muerte,

Apenas temo su terrible forma

¡pues, se me parece tanto!

Se me parece tanto,

debido a los ayunos que paso.

¡Oh, Dios! ¿Por qué tendrá que ser tan caro el pan

y tan barata nuestra carne y nuestra sangre?

En 1840, en Liverpool, la esperanza de vida de la clase alta es de 35 años, mientras que los obreros y jornaleros viven en promedio menos de la mitad, apenas 15 años, debido sobre todo a que el 57% de sus hijos muere antes de los cinco. En sus años mozos el capitalismo mataba literalmente de hambre a sus trabajadores.

En su irreprimible compulsión por succionar plusvalía, el capital no respeta sexo ni edad. En los treinta y cuarenta del siglo XIX más de la mitad de quienes trabajan en telares algodoneros ingleses son mujeres y jovencitas, 25% muchachos y solo 25% varones adultos. Y es que las mujeres y los niños son más dóciles y baratos. Así, debido a la mecanización y descalificación del trabajo, el jornal semanal de los tejedores de Bolon pasa de 33 chelines en 1795, a 14 chelines en 1815 y a 5 chelines y 6 peniques en 1830. Y así quién no adelgaza.

Esto ocurría hace dos, tres o cuatro siglos atrás en Europa, mientras que en ultramar otras personas y otros entornos naturales se consumían en las llamas del colonialismo, pues es sabido que con la globalización del capital se globalizaron también los infiernos socioambientales. Y el molino satánico sigue triturando trabajadores y ecosistemas. Hoy prestamos mucha atención al ecocidio, quizá porque desde el siglo pasado el capitalismo parece haber alcanzado sus límites naturales. Pero el gran dinero también está llegando a sus límites sociales y a la depredación extrema de la naturaleza se añade el despojo despiadado de los pueblos, la explotación desmedida de los trabajadores y la inapelable exclusión de los “sobrantes”.

Los saldos del ecocidio y el etnocidio pueden dramatizarse identificando lugares donde el envenenamiento de la tierra, el agua, el aire y las personas es extremo. Pero también sería ilustrativo identificar infiernos laborales donde los trabajadores y trabajadoras padecen sufrimientos solo comparables con los que se enfrentaban en las primeras fábricas europeas y en las plantaciones coloniales. Hay muchos. Menciono dos: los campos agrícolas donde se expolia sin medida a jornaleros y jornaleras, y los “pocitos” de carbón donde dejan los pulmones y se juegan la vida los mineros

En el reclutamiento de los trabajadores agrícolas siguen operando sistemas de enganche o contratación de origen colonial y aun se recurre a la esclavitud por deudas, es decir a los pagos adelantados para asegurar la permanencia del jornalero; como en las antiguas fincas y haciendas, cabos y capataces se encargan de disciplinar a unos trabajadores que de por sí se esfuerzan al máximo pues son retribuidos a destajo; hombres mujeres y niños laboran entre ocho y 15 horas diarias y en los picos de las cosechas los siete días de la semana; los braceros son obligados a manejar agrotóxicos sin protección alguna, pero pocos cuentan con servicios de salud; las familias jornaleras cocinan, comen y duermen hacinados en inhóspitos galerones; los piscadores son “golondrinas” que viajan de campo en campo pues el empleo es temporal y pocos acabalan más de 150 días remunerados; cuando son indígenas reciben un trato racista y si son mujeres enfrentan agresiones sexuales. Está por demás decir que no se respetan sus derechos laborales y carecen de sindicatos…

Una parte de las minas de carbón que abastecen de combustible a la Comisión Federal de Electricidad son “pocitos”; angostas perforaciones verticales de hasta 300 metros de profundidad, por las que metidos en el mismo bote con el que sacan el carbón y que mueve un rústico malacate, los mineros descienden a galerías horizontales por las que se desplazan para extraer el mineral. No hay medidas de seguridad, de modo que si encuentran agua de alguna vieja galería que se inundó, se ahogan, y se encuentran gas y estalla mueren en la explosión. Esto si no falla en motor que jala el malacate y no pueden salir, o se rompe el cable y caen hasta el fondo. Las galerías horizontales tienen alrededor de un metro y medio de altura de modo que un minero adulto tiene que desplazarse agachado… por eso prefieren contratar niños, que son de menor estatura y salen más baratos.

Sí, es verdad que en los campos agrícolas se practica una agricultura industrial que agota y contamina los suelos y también es verdad que el carbón es uno de los combustibles más contaminantes que existen. Pero estos daños ambientales no deben oscurecer los daños sociales: el infinito sufrimiento de los jornaleros y las jornaleras, la corta y arriesgada vida de los mineros. •