Opinión
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Claves para entender la quimera americana
L

levo años viviendo en Estados Unidos (EU), pero pareciera que nunca entiendo nada. Veo un debate entre candidatos, y pienso que uno ganó y el otro perdió. Al día siguiente resulta que todo era al revés. Preguntarme a mí por lo que vaya a suceder en EU puede ser bastante útil, porque es casi seguro de que va a suceder lo contrario de lo que yo diga.

Hace cuatro años, por ejemplo, cuando filtraron aquel famoso video en que Donald Trump le presumía a Billy Bush cómo se le aventaba a las mujeres, de qué maneras las besaba y las sobaba, y cómo las agarraba de su sexo, pensé: Trump ya perdió esta elección. Mi razonamiento tenía alguna lógica: imaginé que las mujeres evangélicas no votarían por un hombre así. La lascivia y los abusos del actor de Hollywood le perderían las elecciones.

Eso pensé. Pero Trump no sólo ganó, sino que aun en esta segunda elección, después de que han salido a la luz no menos de 26 quejas separadas de mujeres que fueron acosadas por él, Trump mantuvo el mismo 80 por ciento del voto evangélico que obtuvo en 2016. Pero esos mismos evangélicos no habían chistado querer deponer a Bill Clinton por su relación (consensual) con Monica Lewinsky. Quizá me cueste dimensionar la hipocresía que hay en el discurso moral estadunidense. Algo de eso hay, sin duda.

Sólo que ahora pienso que mi confusión resulta de una limitación más fundamental, que ha sido no entender que la vida pública pasa cada vez menos por espacios en que los hechos y las ideas se tienen que cotejar y enfrentar. Hoy, gracias a las llamadas redes sociales, y a su insuficiente regulación, la opinión puede mantener una insana distancia con la evidencia. Esa es la realidad que no he terminado de dimensionar.

Y es que la democracia liberal tiene un lazo fuerte con la circulación de impresos, que eran medios para discutir libremente e ir perfilando intereses comunes. Como mostró Jürgen Habermas, esa formación social afloró en los cafés de Londres, París y las ciudades hanseáticas en el siglo XVII, donde los papeles periódicos (noticias comerciales, revistas de novedades científicas, creaciones literarias) eran de importancia cardinal, gracias a ellos los ciudadanos podían articular posiciones de clase o ideología común que cruzaran amplias geografías. Es por eso que, como dijo en su momento Kant, la Ilustración fue un movimiento mundial.

La relevancia de los impresos para la cuestión pública llevó a que se fueran desarrollando géneros de escritura acotados y estándares de confiabilidad en los medios que así los requirieran. Esa demanda llevó a la creación del periodismo profesional, con sus costumbres para citar fuentes, confirmación de datos y restricciones respecto al libelo, etcétera. Cierto que el mundo de los impresos rara vez se ajustó rigurosamente a estas normas de objetividad y de equidad, pero el debate público pasaba en importante medida por ese cedazo.

En el siglo XX, el debate democrático entró en crisis, por la introducción de la radio, y luego de la televisión. Esos medios se prestaban para ejercer un control vertical de la información, y fueron aprovechados por regímenes totalitarios, donde se combinaba el acceso del dictador a la radio (o a la televisión) con la movilización de las masas en la plaza pública, para con ese acicate intimidar disidentes e impedir la asociación libre de cualquier público opositor. Este poder de desarticulación vertical de la opinión pública fue atendido –en parte, al menos– en los regímenes liberales, con políticas regulatorias de los medios, aun cuando el poder de la televisión mantuvo cierto efecto inhibidor del debate democrático.

Hoy me doy cuenta de que mi falta de comprensión de la política estadunidense no mana sólo de la incompresión –digamos que cultural– de una sociedad que no deja nunca de ser exótica. Hay además una dificultad de comprensión que mana de lo que ha prohijado la revolución de los medios que hemos vivido en los últimos 15 años, a partir del invento de Facebook y Twitter y su insuficiente regulación. Estos nuevos instrumentos permiten que un presidente como Trump se comunique con sus seguidores con cualquier cantidad de mentiras, sin pasar por el filtro del periodismo –con sus criterios de verificación– y permiten también que esos mismos seguidores conformen públicos cuya comunicación tampoco pasa por esos filtros.

Esta situación lleva a la coexistencia de realidades imaginarias radicalmente encontradas, incomensurables, que están enfrentadas unas con otras políticamente. Los nuevos medios han sido la condición para el surgimiento de una figura quimérica como Donald Trump: cabeza de león, cuerpo de chivo y cola de serpiente. No es necesario buscar la coherencia de la figura, cada parte del animal se dirije a otro público, y sus mensajes no necesitan ser consistentes. Así, las 26 quejas independientes contra Trump por abuso sexual, no pesaron en los circuitos evangélicos, que mantuvieron una línea de comunicación directa con el presidente, a través del Twitter, Facebook, Instagram, etcétera.

Antes de esta elección, me divertía un poco mi perplejidad ante las reacciones del público estadunidense; la interpretaba como falta de compenetración con la extraña cultura de ese país. Hoy mi confusión me divierte menos, porque me doy cuenta de que mi asombro se debe finalmente al hecho de que sigo siendo un lector de periódicos.