Opinión
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Anna y Jean-Luc: flor y muerte del amor
L

a seducción es el tema fundacional de Jean-Luc Godard, desde sus dos primeros cortos. En Una mujer coqueta (1955), inspirado en Maupassant, la protagonista es libre, desenfadada, simpática, inocente, maliciosa, inexperta, curiosa, tímida. Como todos los personajes femeninos de su filmografía, es una chica que lee, tiene una imaginación literaria. En 1958 rueda con Francois Trufaut Una historia de agua, nuevamente una chica dispuesta a vivir, amar y llegar a París en medio de una gran inundación. Ese camino de encantamiento se afirma en la hoy canónica Sin aliento (1960) con Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo demostrando cuan peligroso es el amor (un presupuesto constante del cine godardiano).

El documental Godard, el amor, la poesía (Luc Lagier, 2007), historia de una mujer amada y filmada, reconstruye con toda seriedad la relación de Anna Karina y el cineasta, hurtando a éste el tono desapasionado, la voz en off tan característica. Describe, con el pietaje de las propias películas, el periodo flamboyante, el tránsito del blanco y negro al color. El ascenso, el drama, la caída. Y París, siempre París, más que escenario, parte fundamental de ese amor de película.

Nacida Hanne Karen Blarke Bayer en Dinamarca, ella es hija de un capitán de barco y una madre ausente. Tras una infancia difícil emigra a París con 17 años y modela para Chanel. El nombre artístico se lo sugiere la propia Coco Chanel: Anna Karina será en adelante. Conoce a Godard a los 19, y un año después protagoniza El pequeño soldado, prohibida por tres años. Siguen las encantadoras Una mujer es una mujer, Vivir su vida y Banda aparte. Pero incluso cuando Anna no actúa, su presencia gravita en las películas de Jean-Luc. El desprecio (1963), a partir de Alberto Moravia, con Brigitte Bardot, presenta una pareja que se hunde, habita cuartos vacíos, y pone en boca de Bardot frases que Anna Karina reconoce como suyas, de la vida real.

Juntos crean una poética, donde el habla y el silencio, el lenguaje en esencia, están en el origen de todo. Juntos exploran el valor de la expresión y hacen cine para enamorarse. Pocas veces el cine fue más consciente de sí mismo. En el documental de Lagier, los colaboradores de entonces describen la fusión de la pareja, comparándola con Jean Renoir y sus mujeres, o con Modigliani: sólo amándola podía pintarla así. Y Anna es magnífica en ese periodo. Su boda será recordada por ella como el día más feliz de su vida. Se embaraza y pierde al bebé. Comienzan las sombras, pero él hace Los carabineros y ella teatro. Se rencuentran en la creación con Banda aparte (1964), donde ella recupera la magia, pero hay cierta tristeza.

Será que el futuro se ha vuelto extraño, pero la distopía de Alphaville (1965), contemporánea a la literatura de Phillip K. Dick en el otro lado del mundo, sigue siendo actual. Una película oscura, donde Anna es la mujer cosificada, en servidumbre, en un futuro alterno que cuestiona al presente. Filme extraño, kafkiano, anterior a la sesentayochera radicalización política de Godard, presenta una sociedad sin memoria. La arquitectura de Natascha (Anna) está en su ropa, en sus ojos, sus gestos. El estilo lo es todo, por momentos. El futuro parece viejo. El amor va a la deriva.

Pierrot, el loco (1965) cierra el ciclo. La disputa cómplice. Los amantes no se entienden, ella se aburre, él está extraviado. Brillante, explosiva, revolucionaria en su nihilismo, la película nos devuelve la Anna encantadora. Su Marianne es bella como nunca. Es un adiós suntuoso, dice un colaborador del rodaje. Jean-Luc y Anna ya se divorciaron pero aún se aman, admiten. La huida es inversa a Sin aliento. Siempre brechtiano, Godard nos recuerda que todo es representación, sabe que ahí estamos los espectadores. Ella nos habla, o mira a la cámara enamorada, más allá de la película. Yo tengo ideas, tú sentimientos, dice Pierrot. Pero los sentimientos tienen ideas, replica Marianne. Pierrot la mata, se mata. Amarga libertad.

Al año siguiente Godard y Karina trabajan por separado pero el drama amoroso respira en las ficciones que emprenden. Él hace con Marina Vlady Dos o tres cosas que sé de ella, contraponiendo imagen y lenguaje, fuertes historias reales y una mujer que divaga, decepcionada y lúcida. Anna protagoniza memorablemente La religiosa (Jacques Rivette, 1966), su personaje más doliente y trágico. Pero como la novela de Denis Diderot en que se basa, sufre censura y descalificaciones por orden del Vaticano, y queda enlatada. Ambas cintas son otro un capítulo de su amor, ahora roto.

Todavía intentan Made in USA (1966). Anna es Paula Nelson, viaja a Atlantic City en el futuro cercano en busca de su galán. Otra vez oscuro, el filme usa sin permiso a Chandler y una novela de Donald E. Westlake, así que no circula. Anna domina la historia. Y una inquietantemente frágil Marianne Faithfull canta a capella en un café As Tears Go By, toda una invitación a la melancolía. Más allá del amor, el amor.