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No sólo de pan...

De perseverar en el desierto

E

l anecdótico fundador de la organización Poder del Consumidor (septiembre, 2006), Alejandro Calvillo, antiguo dirigente de Greenpeace-México y promotor cofundador de la Alianza por la Salud Alimentaria (octubre, 2012), consiguió unir voces en el desierto para lograr que el Congreso mexicano aprobara una ley sobre un etiquetado veraz y visible en los productos comestibles, con una perseverancia y coherencia de lustros y una capacidad de convocatoria sobre grupos y personas igualmente comprometidos. Aunque, es cierto, no podría ignorarse la coyuntura de un nuevo Estado que cuestiona y acota ciertos parámetros neoliberales.

Un Estado que, por lo mismo, sería sensible a la lucha complementaria, si no es que precedente, por una reforma antineoliberal del campo, a fin de reconquistar las estratégicas autosuficiencia y soberanía alimentarias, con pleno empleo campesino que pare en seco la migración a ciudades nacionales y extranjeras. Un Estado que reconozca ya que, sólo facilitando, si no es que exigiendo, la producción de nuestros alimentos en policultivos, que no requieren de nocivos fertilizantes y plaguicidas químicos prohibidos o restringido su uso en algunas partes de Europa e India, como seremos independientes para transformarnos. ¿Se temería con ello desempleo obrero? Infundado, pues las fábricas de venenos no conservan empleos, sólo van remplazando contingentes de quienes consideran sobrepoblación mundial, mientras obtienen beneficios de su plusvalía, enfermedad y muerte.

¿Cómo convencer al gobierno de que los monocultivos históricamente han agredido a la naturaleza y simultáneamente desarrollado parches para lo destruido, entre los cuales la construcción de una ideología sobre la superioridad de la tecnología frente a la práctica milenaria de las razas no blancas, creando nebulosas sobre las ciencias del conocimiento humano para conseguir transformar los sistemas de producción de alimentos? Quizá perseverando en un desierto de todavía pocas voces. Porque, si la información previa sobre lo que se come es indispensable en un entorno social donde todo está disfrazado para ser consumido, cualesquiera sean las consecuencias sobre el cuerpo y la mente de los consumidores, ¿cuánto más necesario no será poner a disposición de toda la población, e independientemente de la capacidad adquisitiva, alimentos saludables y agradables a los sentidos, de manera asequible y en cantidades suficientes?

Para esto habrá que enfrentar una poderosa industria de comestibles (que no alimentos) y, simultáneamente, promover y confiar en la agricultura tradicional, rechazando prejuicios racistas. Experiencias ejemplares en varias partes del mundo podrían quitarnos las orejeras egocéntricas heredadas que nos obligan a aplicar tecnologías cada vez más sofisticadas al servicio de capitales cuya crisis de acumulación resucita periódicamente al monstruo ante el que se inclina la globalidad mundial. Ya es tiempo de una revolución a esta escala.